El Espíritu: Dios en libertad - San Juan 20, 19-23 -
Dios en libertad. Que hace cosas que no esperas. Que le da a María un hijo «fuera de la ley», a Isabel un hijo profeta. Y a nosotros nos da todo lo que necesitamos para dar, a nuestra vez, vida, o mejor aún: para dar a la vida. La Palabra de Dios hoy prueba una sinfonía de lenguajes para intentar decir algo de la inmensidad del Espíritu: no son más que simples rendijas, aberturas abiertas al misterio.
Los Apóstoles quedan «ebrios», embriagados por
algo que los ha aturdido de alegría, como un vértigo, una seducción divina,
violenta y feliz. Y la Iglesia primitiva, atrincherada a la defensiva, es
lanzada hacia fuera y hacia adelante.
Nuestra Iglesia, tentada, hoy como entonces, a
atrincherarse y cerrarse, porque está en crisis de números, porque aumentan los
que se declaran indiferentes o molestos, esta Iglesia, amada e infiel, aún
puede recurrir a ese impulso originario.
«Envía tu espíritu, y son creados, y renueva
la faz de la tierra». Una de las afirmaciones más bellas y revolucionarias
de nuestra fe nos la ofrece la Plegaria Eucarística III, cuando el presidente
proclama: «Tú, que por medio de Cristo y por obra del Espíritu das vida y
santificas el universo».
No solo al hombre, sino a todo lo que existe; no solo
das vida, sino que siembras santidad en el universo, la santidad de la luz, la
humilde santidad del bosque, del niño que nace, del corazón que ama, del
anciano que piensa. Una liturgia divina santifica el universo.
El Espíritu da a cada uno una manifestación particular
para el bien común. Une vidas diferentes, consagra vocaciones distintas,
bendice la genialidad y la singularidad de cada vida. El Espíritu no quiere
repetidores banales, sino discípulos geniales, edificadores de una Iglesia que
encuentra unidad en torno a la cruz, variedad y creatividad en torno al
Espíritu.
Pentecostés es un encuentro ligero en la tarde de Pascua: «sopló sobre ellos y dijo: recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). En aquella habitación cerrada y de aire viciado, entra el gran, amplio y profundo oxígeno del cielo. Entra el aliento de Dios que no soporta esquemas ni cerrazones, que viene a darnos vida, sutil y profundo como el aliento, humilde y obstinado como el latido del corazón.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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