Dios en nosotros - San Juan 20, 19-23 -
Y esto, tras el relato de la casa en llamas, de un
viento de valor que abre de par en par las puertas y las palabras. Y la Iglesia
primitiva, atrincherada a la defensiva, es lanzada hacia fuera y hacia
adelante.
Nuestra Iglesia, tentada, hoy como entonces, a
atrincherarse y cerrarse, porque está en crisis de números, porque aumentan los
que se declaran indiferentes o resentidos, sobre esta Iglesia, amada e infiel,
viene su pasión que nunca se rinde, su energía imprudente y hermosa.
«De tu Espíritu, Señor, está llena la tierra».
Una de las afirmaciones más bellas y revolucionarias de toda la Biblia: toda la
tierra está preñada, cada criatura está como embarazada del Espíritu, aunque no
sea evidente, aunque la tierra nos parezca preñada de injusticia, de sangre, de
locura, de miedo.
Cada pequeña criatura está llena del viento de Dios,
que siembra santidad en el cosmos: santidad de la luz y del hilo de hierba,
santidad del niño que nace, del joven que ama, del anciano que piensa. La
humilde santidad del bosque y de la piedra. Una liturgia divina santifica el
universo.
El Espíritu viene consagrando la diversidad de los
carismas: belleza, genialidad, singularidad propias de cada vida. El Espíritu
quiere discípulos geniales, no repetidores banales. La Iglesia como Pascua pide
unidad en torno a la cruz; pero la Iglesia como Pentecostés quiere diversidad
creativa.
El Evangelio sitúa Pentecostés ya en la tarde de
Pascua: «Sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo». El
Espíritu de Jesús, lo que le da vida, viene a darnos vida, ligero y tranquilo
como un aliento, humilde y obstinado como el latido del corazón.
Hay un Dios en nosotros. Esta es toda la riqueza del
misterio: «¡Cristo en vosotros!» (Col 1,27). La plenitud del misterio es
de una sencillez deslumbrante: Cristo en vosotros, Cristo en mí.
Ese Espíritu que encarnó al Verbo en el seno de Santa
María fluye, inagotable e ilimitado, para continuar la misma obra: hacer de la
Palabra carne y sangre, en mí y en ti, hacernos a todos gestantes de Dios y de
genialidad interior.
Para que Cristo se convierta en mi lengua, mi pasión, mi vida, y yo, como los locos y los ebrios de Dios, me ponga en camino tras Él, el único pastor que nos hace caminar por los cielos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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