martes, 5 de mayo de 2026

Una nueva creación - San Juan 20, 19-23 -.

Una nueva creación - San Juan 20, 19-23 -


La Palabra de Dios narra de cuatro maneras diferentes la venida del Espíritu Santo, para decirnos que Él, el aliento de Dios, no se ajusta a ningún esquema. 

En el Evangelio, el Espíritu viene como una presencia que consuela, ligera y tranquila como un aliento, como el latido del corazón.

 

En los Hechos de los Apóstoles viene como energía, valor, estruendo de trueno que abre de par en par las puertas y las palabras. Mientras tú estás ocupado trazando los límites de tu hogar, Él abre de par en par las ventanas, te abre el mundo ante ti, te llama más allá.

 

Según San Pablo, viene como un don diferente para cada uno, la belleza y la genialidad de cada cristiano.

 

Y un cuarto relato se encuentra en el versículo del salmo: «La tierra está llena de tu Espíritu, Señor». Toda la tierra, sin excluir nada ni a nadie. Y está llena, no solo rozada por el viento de Dios, sino colmada: se desborda, rebosa, no hay nada ni nadie sin la presión suave y poderosa del Espíritu de Dios, que lleva polen de primavera al seno de la historia y de todas las cosas. «Que da vida y santifica el universo», como rezamos en la Eucaristía.

 

Mientras las puertas del lugar estaban cerradas por miedo a los judíos, he aquí que ocurre algo que da un vuelco a la vida de los Apóstoles, que revuelve como un guante a ese grupito bloqueado tras puertas cerradas. Algo ha transformado a hombres tambaleantes de angustia en personas que danzan de alegría, «ebrias» (Hechos 2,13) de valor: es el Espíritu, llama que reaviva las vidas, viento que se extiende desde la sala alta, terremoto que derriba las construcciones peligrosas, erróneas, y deja en pie solo lo que es verdaderamente sólido. Ha llegado Pentecostés y la vida se ha desbloqueado.

 

La noche de Pascua, mientras las puertas estaban cerradas, vino Jesús, se puso en medio de los suyos y dijo: ¡paz! El Abandonado regresa junto a quienes lo habían abandonado. No acusa a nadie, inicia procesos de vida; maneja la fragilidad de los suyos con un método muy humano y creativo: les asegura que su amor por ellos está intacto (les mostró las manos heridas y el costado abierto, heridas de amor); reitera su confianza obstinada, ilógica y total en ellos (como el Padre me envió, yo os envío a vosotros). Vosotros como yo. Vosotros y no otros. Aunque me hayáis dejado solo, sigo creyendo en vosotros, y no os abandono.

 

Y, por fin, va más allá, ofrece un plus: sopló sobre ellos y dijo: recibid el Espíritu Santo. El Espíritu es el aliento de Dios. En aquella habitación cerrada, en aquella situación asfixiante, entra el aliento amplio y profundo de Dios, el oxígeno del cielo.

 

Y como al principio el Creador sopló su aliento de vida sobre Adán, así ahora Jesús sopla vida, transmite a los suyos lo que le hace vivir, ese principio vital y luminoso, esa intensidad que le hacía diferente, que hacía única su forma de amar, y abría de par en par los horizontes. 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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