Una nueva creación - San Juan 20, 19-23 -
En el Evangelio, el Espíritu viene como una presencia
que consuela, ligera y tranquila como un aliento, como el latido del corazón.
En los Hechos de los Apóstoles viene como energía,
valor, estruendo de trueno que abre de par en par las puertas y las palabras.
Mientras tú estás ocupado trazando los límites de tu hogar, Él abre de par en
par las ventanas, te abre el mundo ante ti, te llama más allá.
Según San Pablo, viene como un don diferente para cada
uno, la belleza y la genialidad de cada cristiano.
Y un cuarto relato se encuentra en el versículo del
salmo: «La tierra está llena de tu Espíritu, Señor». Toda la tierra,
sin excluir nada ni a nadie. Y está llena, no solo rozada por el viento de
Dios, sino colmada: se desborda, rebosa, no hay nada ni nadie sin la presión
suave y poderosa del Espíritu de Dios, que lleva polen de primavera al seno de
la historia y de todas las cosas. «Que da vida y santifica el universo»,
como rezamos en la Eucaristía.
Mientras las puertas del lugar estaban cerradas por
miedo a los judíos, he aquí que
ocurre algo que da un vuelco a la vida de los Apóstoles, que revuelve como un guante
a ese grupito bloqueado tras puertas cerradas. Algo ha transformado a hombres
tambaleantes de angustia en personas que danzan de alegría, «ebrias»
(Hechos 2,13) de valor: es el Espíritu, llama que reaviva las vidas, viento que
se extiende desde la sala alta, terremoto que derriba las construcciones
peligrosas, erróneas, y deja en pie solo lo que es verdaderamente sólido. Ha
llegado Pentecostés y la vida se ha desbloqueado.
La noche de Pascua, mientras las puertas estaban
cerradas, vino Jesús, se puso en medio de los suyos y dijo: ¡paz! El Abandonado regresa junto a quienes lo habían
abandonado. No acusa a nadie, inicia procesos de vida; maneja la fragilidad de
los suyos con un método muy humano y creativo: les asegura que su amor por
ellos está intacto (les mostró las manos heridas y el costado abierto, heridas de amor);
reitera su confianza obstinada, ilógica y total en ellos (como el Padre me envió, yo os
envío a vosotros). Vosotros como yo. Vosotros y no otros. Aunque me
hayáis dejado solo, sigo creyendo en vosotros, y no os abandono.
Y, por fin, va más allá, ofrece un plus: sopló
sobre ellos y dijo: recibid el Espíritu Santo. El Espíritu es el
aliento de Dios. En aquella habitación cerrada, en aquella situación
asfixiante, entra el aliento amplio y profundo de Dios, el oxígeno del cielo.
Y como al principio el Creador sopló su aliento de vida sobre Adán, así ahora Jesús sopla vida, transmite a los suyos lo que le hace vivir, ese principio vital y luminoso, esa intensidad que le hacía diferente, que hacía única su forma de amar, y abría de par en par los horizontes.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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