martes, 5 de mayo de 2026

Plenitud de Pascua - San Juan 20, 19-23 -.

Plenitud de Pascua - San Juan 20, 19-23 -


Mientras las puertas de la casa estaban cerradas por miedo a los judíos... Siempre ocurre lo mismo cuando actúas dejándote llevar por tus miedos: la vida se cierra. El miedo es la parálisis de la vida. Los discípulos también tienen miedo de sí mismos, de cómo lo han negado. 

Y, sin embargo, Jesús viene. Es una comunidad con puertas y ventanas cerradas, donde falta el aire y se respira dolor, una comunidad que se está enfermando. Y, sin embargo, Jesús viene. Una Iglesia cerrada, encerrada en sí misma, que no se abre, es una Iglesia enferma. Y, sin embargo, Jesús viene. Viene en medio de los suyos, entra en contacto con sus miedos, con sus límites, sin temerlos. Sabe manejar nuestra imperfección.

 

Les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz sea con vosotros! Como el Padre me envió, así también yo os envío».

 

El Abandonado regresa y elige precisamente a quienes lo habían abandonado y los envía. Él inicia procesos de vida, no acusaciones; maneja la fragilidad y el cansancio de los suyos con un método muy humano: el del primer paso.

 

En cualquier situación, incluso en la más perdida, nos toca indicar un paso, un primer paso siempre es posible, para todos, un paso en la dirección correcta. No seremos juzgados por haber alcanzado el ideal, sino por haber caminado en la dirección correcta, sin rendirnos, con caídas e infinitas recuperaciones, con los ojos fijos en una estrella polar.

 

Gestionar la imperfección significa esto: poner en marcha procesos de vida y tratar de obtener el mejor resultado posible cada día. Muchos te restriegan en la cara su idea de perfección. Son la mayoría, convencidos además de expresar la verdadera sabiduría, pero con ellos las cosas nunca cambian; los perfectos, la mayoría de las veces, están inmóviles.

 

Dicho esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Sopló... El Espíritu es el aliento de Dios. En aquella habitación cerrada, en aquella situación que era asfixiante, sin aliento, ahora respira el aliento de Jesús, ese principio vital y luminoso, esa intensidad que lo hacía diferente, que hacía única su forma de amar y abría horizontes.

 

A aquellos a quienes perdonéis los pecados, les serán perdonados; a aquellos a quienes no perdonéis, no les serán perdonados. El perdón de los pecados no es una misión reservada a los presbíteros, es un compromiso confiado a todos los creyentes que han recibido el Espíritu, mujeres y hombres, pequeños y grandes.

 

El perdón no es un sentimiento, sino una decisión: a la Iglesia le toca plantar a su alrededor oasis de reconciliación, abrir puertas, reavivar el calor, restablecer la confianza en las personas, inventar sistemas de paz. Y cuando los oasis se multiplican, se acaba por conquistar el desierto.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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