Es obra del Espíritu - San Juan 20, 19-23 -
En Jesús, Dios ha reunificado a la humanidad en un
pueblo de hermanos. En el Espíritu, hace de mi singularidad y diversidad una
riqueza. La Iglesia como Cuerpo de Cristo es comunión; la Iglesia como
Pentecostés continuo es invención, poesía creadora, búsqueda.
Como dos tiempos de un mismo movimiento. En Cristo
somos uno, en el soplo del Espíritu somos únicos. El libro de los Hechos narra
que los Apóstoles aquella mañana parecían «como ebrios»: embriagados,
excesivos, desmesurados.
Hay que ser así para hablar de Cristo, un poco
desmesurados, un poco inconscientes, un poco «embriagados», de lo contrario
no calentarás el corazón de nadie. Ebrios, pero de esperanza, de confianza, de
generosidad, de alegría.
Mientras las puertas del lugar estaban cerradas, vino
Jesús, sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo». En los Apóstoles
respira ahora el aliento de Jesús, ese principio vital y luminoso que lo hacía
diferente, esa intensidad que hacía única su manera de amar, que empujaba a
Jesús a hacer de los pobres los príncipes de su Reino, que hizo fuerte su
rostro, escribe Lucas, como el de un héroe, y tierno como el de un enamorado.
Lo que ocurrió en Jerusalén, 50 días después de la
Resurrección, ocurre siempre, ocurre para cada uno: estamos perennemente
inmersos en Dios como en el aire que respiramos.
¿Qué nos corresponde a nosotros? Acoger este
extraordinario soplo de Dios que nos devuelve al corazón a Jesús y sus palabras
y nos transforma; acogerlo, porque mi pequeño yo debe expandirse en el infinito
yo divino.
Y luego la misión: a aquellos a quienes perdonéis
los pecados, les serán perdonados; a aquellos a quienes no perdonéis, no les
serán perdonados. El perdón de los pecados es el compromiso de todos
aquellos que han recibido el Espíritu, mujeres y hombres, adultos y niños.
Perdonad significa: plantad a vuestro alrededor oasis
de reconciliación, pequeños oasis de paz en todos los desiertos de la
violencia; cread a vuestro alrededor caminos de acercamiento, abrid puertas,
reavivad el calor, restableced la confianza.
Multipliquemos pequeños oasis y estos conquistarán el
desierto. «Perdonar significa des-crear el mal» (Raimon Panikkar).
Que venga entonces el Espíritu, que devuelva la inocencia y la confianza en la vida, que disperse las cenizas de los miedos, que consolide en cada uno de nosotros la certeza más humana que tenemos y que nos une a todos: la aspiración a la paz, a la alegría, a la vida, al amor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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