Elogio del pudor
Hubo un tiempo en que la falta de pudor era un vicio. Hoy es una competencia. Ya no denota un exceso: más bien indica una disposición. Hay que exponerse, contarse, hacerse comprensible, convertir lo privado en superficie y la superficie en moneda de cambio. No solo se nos pide que hablemos: se nos pide que nos entreguemos.
El viejo ideal de la sinceridad se ha transformado en una nueva exigencia: «muéstrate; y hazlo ya, sin demora». Si te resistes, si retrocedes, si no colaboras en tu propia exposición pública, corres el riesgo de convertirte en un individuo sospechoso: «en fin, ¿qué es lo que tendrás que ocultar…?».
Esta es la lógica desvergonzada del presente: que va desde la simple ausencia de pudor hasta su deslegitimación preventiva. El pudor no goza de buena prensa. Suena anticuado y parece conservar una reticencia vagamente religiosa, clerical...
Y, sin embargo, el pudor no es una virtud triste. Es ante todo un gesto, un retraerse del individuo, una sustracción que precede a la norma y a la teoría, y que precisamente por eso dice algo esencial sobre lo que somos.
Lo contrario del pudor no es la libertad, sino muy a menudo la plena disponibilidad. El sujeto sin pudor es un individuo que se ha adaptado a un modus vivendi en el que todo debe ser visible, y por tanto accesible, en el fondo moneda de cambio.
La desvergüenza, lejos de coincidir con una energía excedente, con un excedente de vida finalmente liberada, es la postura perfecta de la mercancía, la forma grácil y despreocupada de quien se ofrece al consumo.
El imaginario contemporáneo no se limita a ordenarnos que vivamos: nos invita a hacernos visibles. El cuerpo debe exhibirse, claro, pero también el trauma, el deseo, el duelo, la fragilidad, la vergüenza, las emociones. Todo está llamado a convertirse en contenido. Todo debe poder traducirse en testimonio inmediato.
Es curioso que hoy todo disponga de una conexión permanente y de plataformas dispuestas a transformar la “desnudez” en capital simbólico. El confesionario de otras épocas ya no está en penumbra: ahora está retroiluminado.
Pienso por ejemplo en la fuerza que ha adquirido la siguiente afirmación: «no tengo nada que ocultar». Esta fórmula no tiene nada de inocente. Es la traducción de una nueva servidumbre interiorizada: una pomposa exhibición de transparencia, que se presenta como emancipación, pero que tiende cada vez más a parecerse a una obligación.
Es nuestra individualidad la que se entrega, dócil y sonriente, a su espectacularización pública. Debemos ser accesibles y descifrables, y somos accesibles y descifrables en la medida en que estamos disponibles.
En un escenario así, el pudor o la modestia ya no aparece como una virtud o una defensa del individuo. Por el contrario, hasta puede considerarse como una práctica sospechosa.
No, no quiero que me entienda mal. No me refiero a que haya que celebrar el silencio del claustro o el culto masónico al secreto.
Me refiero a que me gusta reconocer que una vida humana nunca coincide con lo que muestra. Dicho de otro modo: el sujeto no se agota en su propia exposición, porque existe (y resiste) en cada uno de nosotros un margen, un pliegue, un residuo que no pueden reducirse a la visibilidad completa.
Por eso el pudor puede considerarse hoy el gesto más obsceno. «Obsceno» es lo que se sitúa fuera de la escena (ob-scaena) dramática en la que somos protagonistas. La modestia rechaza el imperativo contemporáneo que nos quiere plenamente accesibles y descifrables, acabando por adquirir un carácter escandaloso.
Es una postura que nuestro presente tiene dificultades para aceptar, asfixiado como está por el mito de la transparencia, una instancia que vigila al tiempo que moraliza. El ideal paradisíaco de la visibilidad absoluta nos deja más expuestos y, por tanto, más indefensos.
Sí, yo pertenezco a aquella cultura que valoraba el pudor como defensa de la singularidad y como ejercicio concreto de contenerse, de detenerse con paciencia en el umbral, de no entregarse de pies a cabeza al imperativo categórico de una visibilidad absoluta. El pudor custodiaba aquel margen o resto que marcaba el inicio de nuestro misterio más individual y singular.
Como digo, hoy parece que se privilegia la disponibilidad total. El presente, parece, no soporta la sustracción. Lo quiere todo en escena. Expuesto y declarado.
La idea misma de opacidad resulta sospechosa: si no te muestras, si no te cuentas, si no te dejas cartografiar, significa que opones resistencia a la desenvoltura de tu misterio a la luz pública.
En este contexto, la modestia vuelve a ser una palabra obscena y escandalosa en la medida en que protege y preserva el núcleo vital de la experiencia.
No creo que se trate de recuperar no se sabe qué paraíso perdido de cultura y educación, ni de restaurar viejos códigos de decencia. Pero sí creo que hay que entender el pudor como memoria y custodia de nuestra singularidad y de nuestra identidad, es decir, de nuestro misterio que también es secreto.
En un mundo que llama libertad a la obligación de exponerse, el pudor se convierte en una forma de resistencia. No prohíbe aparecer, pero se opone a la exigencia de aparecer siempre y en cualquier caso.
Por paradójico que pueda parecer, quizá el gesto más humano no sea ofrecerse siempre a la luz (y a cualquier luz), sino sustraerse a su pretensión de estar expuesto a cualquier y a toda mirada.

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