sábado, 9 de mayo de 2026

La gran mentira de tanta prisa.

La gran mentira de tanta prisa 

Vivimos inmersos en una carrera sin fin. Cada día transcurre con la misma frenesí: reuniones, plazos, notificaciones, objetivos. 

Ya no hay distinción entre el horario laboral y el tiempo personal. Trabajamos incluso cuando no deberíamos, respondemos a mensajes por la noche, nos sentimos culpables si nos tomamos una tarde tranquila. 

El tiempo, que antes pertenecía a las personas, hoy pertenece a las empresas, a los algoritmos, a los ritmos impuestos por un mercado que nunca duerme. 

Alguien creyó que el mayor logro había sido el de las ocho horas: ocho para trabajar, ocho para vivir, ocho para dormir. Un equilibrio sencillo y humano. Pero al observar la realidad actual… ese principio hasta parece un recuerdo lejano. 

Las ocho horas ya no bastan, y a menudo ni siquiera bastan las veinticuatro. El trabajo se ha colado en cada rincón de nuestra vida: en el hogar, en los pensamientos, incluso en los momentos de descanso. 

La velocidad se ha convertido en la nueva medida del valor. Quien va despacio queda rezagado, quien frena corre el riesgo de ser excluido. 

Pero a fuerza de correr, hemos perdido la capacidad de entender hacia dónde vamos. Llenamos nuestra vida de actividades, de objetivos, de plazos, pero la calidad de lo que hacemos —y de quienes somos— se va diluyendo. 

Trabajamos para acumular tiempo libre que luego ya no sabemos cómo vivir, porque la mente sigue anclada en ese ritmo incesante que nos ha moldeado. 

La paradoja es que esta frenesí no surge solo desde arriba. Se ha convertido en una costumbre colectiva. Incluso quien podría reducir el ritmo, a menudo no lo consigue. 

Nos sentimos en la obligación de «ser productivos» incluso en el tiempo libre: cursos, deporte, compromisos, viajes planificados como proyectos. Hemos interiorizado la lógica del rendimiento hasta convertirla en un estilo de vida. 

Pero detenerse no significa rendirse. Reducir el ritmo no es un lujo, sino un acto de resistencia. Es decir no a un sistema que reduce al ser humano a una suma de resultados. Es una forma de recordar que la productividad no puede ser la única medida de la vida. 

El tiempo es nuestra verdadera riqueza, pero lo tratamos como un bien de consumo. Lo malgastamos, lo perseguimos, lo vendemos. Deberíamos aprender a considerarlo, en cambio, como un bien común, que hay que proteger, compartir y respetar. 

Quizás la verdadera libertad comience cuando dejemos de perseguir la productividad y volvamos a perseguir el sentido. Cuando comprendemos que la vida no es una carrera que hay que ganar, sino un equilibrio que hay que construir. Cuando redescubrimos que el tiempo, más que un recurso, es la esencia misma de lo que somos. 

Porque, al fin y al cabo, la lentitud no es solo una forma de vida. Es una forma de dignidad. Es el derecho de toda persona a habitar su propio tiempo, sin tener que justificarlo ante nadie. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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