El arte de la ralentizar
Jonathan Swit describía con sutil ironía las impresiones de los liliputienses quienes, tras registrar a Lemuel Gulliver, informan al rey de lo que habían encontrado, entre otras cosas, su reloj de bolsillo:
«Suponemos que se trata… de una deidad a la que este hombre adora… porque él [Gulliver] nos ha dicho… que nunca hacía nada sin consultarla, ya que era su oráculo, el que marcaba el tiempo para cada acción de su vida».
Ya en 1726 (año de publicación de Los viajes de Gulliver) Jonathan Swift captaba de lleno y con gran antelación uno de los temas que marcarían nuestra época: ¡el dominio del tiempo y el reloj elevado a la categoría de divinidad!
Sin duda, el pastor anglicano irlandés no podía imaginar los avances que alcanzaría la tecnología, hasta tal punto que hoy, en lugar de reloj, deberíamos decir móvil: pero el origen es el mismo y el segundo no es más que el desarrollo del primero.
La nueva divinidad, por usar el relato de los liliputienses, domina sin oposición la vida de muchos hombres que no solo la consultan antes de emprender cualquier acción, sino que no se separan de ella ni un momento.
La principal característica de la nueva divinidad es proporcionar inmediatez: todo en tiempo real, ya se trate de la última noticia, de la publicación de los influencers o de los mensajes de los amigos.
El paso del tiempo se borra y se absorbe en un vórtice imparable. Todo ya. Es la gran oportunidad en la que se basa el éxito de Amazon: ¡con un clic, en pocas horas recibes el producto deseado directamente en tu casa!
El consumismo mismo se basa en una carrera continua hacia las compras y la satisfacción bulímica de necesidades inducidas, en la convicción implícita de que, si nos quedamos quietos, perdemos irremediablemente algo.
La lentitud, en cambio, es propia de la reflexión, de la profundización, del crecimiento, de la esperanza.
La lentitud, si no deriva obviamente de la indolencia o la pereza, nos permite saborear las experiencias, vivir los acontecimientos en profundidad, detenernos a admirar lo que nos rodea y mirar a los ojos a las personas que amamos.
No es un lujo ni una pérdida de tiempo, sino una forma de ser que es exactamente lo contrario de la superficialidad.
Para amar, a menudo también debemos sincronizarnos con los ritmos de los demás, aunque no sean los nuestros; pienso en los niños o en las personas mayores, pero hay que estar disponibles, hay que creer en ello, hay que entrar en una dimensión humana y espiritual diferente a la impuesta por el ritmo frenético de la sociedad actual.
Así pues, la espera no es un tiempo vacío, una nada sin sentido, sino un camino que gradualmente nos acerca al acontecimiento y, mientras tanto, nos transforma.
Incluso la oración - como la contemplación y la meditación - requiere cuidado, atención, silencio, abandono. Quien reza se pone a escuchar, meditar, dirigir la mirada a lo Otro que no es esclavo de la prisa.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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