No os dejaré huérfanos - San Juan 14, 18 -
En la Primera Carta de San Pedro solemos quedarnos solo con la primera parte, la más conocida: «Estad siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de la esperanza que hay en vosotros». Dar razón, es decir, responder a todo aquel que pregunte por el motivo de nuestra esperanza.
Pero San Pedro continúa, con una palabra que a veces olvidamos, y que con demasiada frecuencia hemos olvidado en el pasado: «hacedlo con mansedumbre y respeto».
He aquí la mansedumbre: esa dulzura de corazón, esa ternura que nace de la conciencia de la humildad.
Por tanto, ser mansos, amables, tiernos al responder cuando alguien quiera saber en qué se basa nuestra esperanza es una invitación clara, no una posibilidad entre otras muchas.
Significa tener en el corazón al otro, tratarlo con mansedumbre, evitando la arrogancia, los sentimientos de superioridad, la soberbia intelectual o los juicios morales. La dulzura, esa desconocida en nuestras comunicaciones cotidianas, es la más perdida entre las pequeñas virtudes. Pero es tan necesaria, hoy…
Nosotros, en el fondo, hemos sido tomados de la mano, hemos sido llamados por un Dios de dulzura, un Dios que, en el Evangelio, dice: «No os dejaré huérfanos».
Y es que a nosotros, en comparación con los discípulos, nos puede pasar más a menudo sentirnos huérfanos de Dios: no lo vemos, no lo escuchamos, no camina con nosotros como sucedió a aquellos hombres y mujeres que decidieron compartir el camino y el tiempo con el Maestro de Nazaret.
Pero si nos preguntamos, tal vez podamos recordar, podamos aún sentir la dulzura de un momento en el que «no nos sentimos huérfanos» de Dios. Un momento en el que percibimos una mano, una cercanía, una ternura de Dios, que tocó nuestra existencia. Porque, de lo contrario, de nuestra fe haríamos solo un ejercicio intelectual, una producción de categorías mentales.
En cambio, la dulzura de decir, la dulzura de responder, si nace de la conciencia de una dulzura que nos ha sido mostrada por Aquél que no nos ha dejado huérfanos, desarma nuestros discursos grandilocuentes, nuestras acciones poderosas: este no es el estilo que exige el Evangelio.
Por otra parte, también deberíamos recordar que, más que con las palabras, es con toda nuestra existencia con lo que deberíamos «dar razón» de nuestra esperanza; que toda nuestra existencia, en la medida de lo posible, debería tender a la dulzura.
Y luego, como siempre recuerda San Pedro, al «respeto», es decir, a ese detenernos en el umbral de la vida del otro, sin violarla, sin invadirla; detenernos, con temor y temblor, con benevolencia.
En una época de violencia y de exaltación de la fuerza, detenernos en la virtud de la dulzura, recordarnos el valor del respeto, recordando que es ternura la de un Dios que se inclina sobre nosotros y no nos deja huérfanos, es un mensaje revolucionario, poderosamente profético.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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