Es siempre el Espíritu - San Juan 20, 19-23 -
Siempre y de nuevo Pentecostés: cuando te sientes perdonado y amado, quizá incluso más tras tu error, es Él, el Espíritu.
Cuando sientes que nace en ti esa humilde red de
fuerza y paz mientras afrontas la prueba, es de nuevo Él, el Espíritu.
La capacidad de vislumbrar, de mirar con esperanza,
con ojos «diferentes» capaces de sorprender más los brotes que las cosas
evidentes y acabadas, es de nuevo Él, el Espíritu.
La capacidad de contemplar y confiar en la
desconcertante debilidad de las cosas en su nacimiento; el valor de estar a
menudo solos velando por los primeros pasos de los encuentros, solos mirando
lejos y hacia adelante, es Él, el Espíritu creador.
A cada
uno, sin embargo, se le da una manifestación particular del Espíritu. Si Cristo ha reunificado a la humanidad, el Espíritu
ha diversificado a las personas. A la unidad de la sangre de la cruz se
acompaña la diversidad del fuego: en el día de Pentecostés las llamas del Espíritu se dividen y cada una ilumina
a una persona diferente, se une a una libertad irreducible, anuncia una
vocación.
El Espíritu da a cada cristiano una genialidad que le
es propia, y cada uno debe ser fiel a su propio don. Y si tú fracasas, si no
realizas lo que puedes ser, se producirá una desarmonía en el mundo entero, una
ralentización de todo el inmenso peregrinar del cosmos hacia la vida, una
herida a la Iglesia: como cuerpo de Cristo, exige adhesión y unidad; como Pentecostés
quiere la inventiva, la libertad creadora, la batalla de la conciencia.
Su tarea, en estos tiempos en que Pentecostés se
vuelve secretamente más intenso, es generar en el mundo hombres libres,
responsables y creativos. Todos los iconos de Pentecostés están llenos de
rostros: el reino de los rostros individuales es el reino del Espíritu Santo, belleza
que se posa sobre hombres y cosas como una llamada perenne, camino hacia el
fondo inagotable del alma.
Todos
oyen hablar su lengua materna. Me
gusta pensar en el Espíritu que hace que la Palabra de Dios se convierta en tu
lengua: tu lengua, tu pasión y tu corazón.
El Espíritu no hace otra cosa que, como en María, encarnar también en ti la Palabra. Porque lo divino y lo humano solo encuentran su plenitud así: el uno en el otro. Dios habla con tus palabras, llora tus lágrimas, te sonríe como nadie. Y tus manos son sus manos, tu palabra le da palabra, tu vida sacia su sed de vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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