martes, 5 de mayo de 2026

Es siempre el Espíritu - San Juan 20, 19-23 -.

Es siempre el Espíritu - San Juan 20, 19-23 -

Siempre y de nuevo Pentecostés: cuando te sientes perdonado y amado, quizá incluso más tras tu error, es Él, el Espíritu. 

Cuando sientes que nace en ti esa humilde red de fuerza y paz mientras afrontas la prueba, es de nuevo Él, el Espíritu.

 

La capacidad de vislumbrar, de mirar con esperanza, con ojos «diferentes» capaces de sorprender más los brotes que las cosas evidentes y acabadas, es de nuevo Él, el Espíritu.

 

La capacidad de contemplar y confiar en la desconcertante debilidad de las cosas en su nacimiento; el valor de estar a menudo solos velando por los primeros pasos de los encuentros, solos mirando lejos y hacia adelante, es Él, el Espíritu creador.

 

A cada uno, sin embargo, se le da una manifestación particular del Espíritu. Si Cristo ha reunificado a la humanidad, el Espíritu ha diversificado a las personas. A la unidad de la sangre de la cruz se acompaña la diversidad del fuego: en el día de Pentecostés las llamas del Espíritu se dividen y cada una ilumina a una persona diferente, se une a una libertad irreducible, anuncia una vocación.

 

El Espíritu da a cada cristiano una genialidad que le es propia, y cada uno debe ser fiel a su propio don. Y si tú fracasas, si no realizas lo que puedes ser, se producirá una desarmonía en el mundo entero, una ralentización de todo el inmenso peregrinar del cosmos hacia la vida, una herida a la Iglesia: como cuerpo de Cristo, exige adhesión y unidad; como Pentecostés quiere la inventiva, la libertad creadora, la batalla de la conciencia.

 

Su tarea, en estos tiempos en que Pentecostés se vuelve secretamente más intenso, es generar en el mundo hombres libres, responsables y creativos. Todos los iconos de Pentecostés están llenos de rostros: el reino de los rostros individuales es el reino del Espíritu Santo, belleza que se posa sobre hombres y cosas como una llamada perenne, camino hacia el fondo inagotable del alma.

 

Todos oyen hablar su lengua materna. Me gusta pensar en el Espíritu que hace que la Palabra de Dios se convierta en tu lengua: tu lengua, tu pasión y tu corazón.

 

El Espíritu no hace otra cosa que, como en María, encarnar también en ti la Palabra. Porque lo divino y lo humano solo encuentran su plenitud así: el uno en el otro. Dios habla con tus palabras, llora tus lágrimas, te sonríe como nadie. Y tus manos son sus manos, tu palabra le da palabra, tu vida sacia su sed de vida.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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