Yo también, como ella, estoy buscando
El 25 de diciembre de 1886, en la catedral de Notre-Dame de París, un joven de dieciocho años entra durante las Vísperas sin ninguna intención religiosa: por curiosidad, tal vez por el canto (es el Magnificat).
Se llama Paul Claudel. Lo que le ocurre en pocos
minutos, ante el coro de niños, no tiene nada de progresivo ni de razonado: es
una irrupción.
Paul Claudel tardará años en dar forma completa a esa
experiencia, en pedir el bautismo, en construir un lenguaje a la altura de lo
que ha recibido. Pero el punto de partida es esa hora de una tarde de Navidad
en la que Dios simplemente lo encontró, sin previo aviso.
No sé si
la historia se repite en un día cualquiera… en un encuentro fortuito… con
personas que no tienen vocabulario religioso ni formación cristiana. Tal vez
una circunstancia casual. Quizá una Iglesia con las puertas abiertas y, en su
interior, algo que llevaba mucho tiempo buscando un nombre…
Hay personas que no buscan la fe, o que no saben que
la buscaban, y que en un momento dado se encuentran llamando a la puerta de la
fe.
Viernes, última hora de la tarde. Vuelvo del paseo, el día va de caída. Entro en la Iglesia para un momento de silencio.
La Iglesia está casi vacía, la luz del atardecer
ilumina las vidrieras. En uno de los bancos laterales hay una joven sentada,
con el rostro entre las manos. Algo en ella indica que no se trata de una
tristeza cualquiera. Es un llanto auténtico, de esos que surgen cuando algo
grande ha derribado las defensas.
Se fija en mí y se levanta haciéndome una señal. «¿Es usted sacerdote?». Tiene veinte años y es estudiante y vive en una residencia.
Hace unos días, en la biblioteca, abrió por casualidad
Historia de un alma de Santa
Teresa de Lisieux. No ha podido dejarlo. Y de vuelta a casa, al pasar por
delante de la Iglesia, entró por primera vez.
«Padre, no consigo explicarme lo que me está
pasando».
Empezamos a hablar. La joven es un torrente. Me cuenta
cosas de sí misma con una franqueza que me sorprende: no sabe absolutamente
nada de lo que atañe a la fe, no tiene ningún vocabulario religioso, y, sin
embargo, las palabras que encuentra son muy acertadas.
Le pregunto: «¿Por qué te ha impactado tanto Teresita, en
particular?».
«Porque es tierna, íntima con Dios. Pero está
sola. Ha perdido a alguien y lo busca».
Qué cierto es. En esa frase hay una lectura espiritual
de Santa Teresa más penetrante que la de muchos ensayos que he leído (no
digamos que las homilías a las que estoy acostumbrado…).
Luego, con cierta vacilación, añade algo que se me ha
quedado grabado: «Desde pequeña, siempre he confiado mi vida a alguien, he pedido perdón,
he dado las gracias. Quizás he entendido quién es. ¿Estoy divagando?».
«De esto, en casa, no puedo hablar con nadie,
ni siquiera con mis amigos».
Sin embargo, al dialogar, sale a relucir una amiga con
la que ella espera poder abrirse. Al final de nuestro encuentro le brillan los
ojos, con una sonrisa radiante, casi sorprendida de sí misma.
Antes de despedirnos dice algo que no olvidaré: «Nunca
he creído en Dios, pero siempre lo he amado».
Caminé mucho, aunque ya era tarde, tratando de entender qué me había impactado tanto.
Quizás esto: la joven no había encontrado argumentos
para creer. Había conocido a una persona, Santa Teresa, que buscaba a alguien a
quien ella había buscado siempre sin saberlo. Y luego una Iglesia abierta, un
diálogo.
Dicen que Europa se vuelve cada año más laica y más
alejada de cualquier referencia religiosa explícita.
Y, sin embargo, me doy cuenta de que acontecimientos
como este son no son infrecuentes.
Algo se mueve bajo la superficie, con la misma
discreción y la misma tenacidad con las que Santa Teresa decía querer pasar su
cielo haciendo el bien en la tierra.
No sé si aquella joven habrá llegado a dar forma
completa a su intuición. Pero sus palabras, aquella tarde (y cuando el día iba
ya de caída), me hicieron bien: yo también, como ella, estoy buscando.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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