martes, 5 de mayo de 2026

Yo también, como ella, estoy buscando.

Yo también, como ella, estoy buscando

El 25 de diciembre de 1886, en la catedral de Notre-Dame de París, un joven de dieciocho años entra durante las Vísperas sin ninguna intención religiosa: por curiosidad, tal vez por el canto (es el Magnificat).

 

Se llama Paul Claudel. Lo que le ocurre en pocos minutos, ante el coro de niños, no tiene nada de progresivo ni de razonado: es una irrupción.

 

Paul Claudel tardará años en dar forma completa a esa experiencia, en pedir el bautismo, en construir un lenguaje a la altura de lo que ha recibido. Pero el punto de partida es esa hora de una tarde de Navidad en la que Dios simplemente lo encontró, sin previo aviso.

 

No sé si la historia se repite en un día cualquiera… en un encuentro fortuito… con personas que no tienen vocabulario religioso ni formación cristiana. Tal vez una circunstancia casual. Quizá una Iglesia con las puertas abiertas y, en su interior, algo que llevaba mucho tiempo buscando un nombre…

 

Hay personas que no buscan la fe, o que no saben que la buscaban, y que en un momento dado se encuentran llamando a la puerta de la fe.


Viernes, última hora de la tarde. Vuelvo del paseo, el día va de caída. Entro en la Iglesia para un momento de silencio.

 

La Iglesia está casi vacía, la luz del atardecer ilumina las vidrieras. En uno de los bancos laterales hay una joven sentada, con el rostro entre las manos. Algo en ella indica que no se trata de una tristeza cualquiera. Es un llanto auténtico, de esos que surgen cuando algo grande ha derribado las defensas.

 

Se fija en mí y se levanta haciéndome una señal. «¿Es usted sacerdote?». Tiene veinte años y es estudiante y vive en una residencia.

 

Hace unos días, en la biblioteca, abrió por casualidad Historia de un alma de Santa Teresa de Lisieux. No ha podido dejarlo. Y de vuelta a casa, al pasar por delante de la Iglesia, entró por primera vez.

 

«Padre, no consigo explicarme lo que me está pasando».

 

Empezamos a hablar. La joven es un torrente. Me cuenta cosas de sí misma con una franqueza que me sorprende: no sabe absolutamente nada de lo que atañe a la fe, no tiene ningún vocabulario religioso, y, sin embargo, las palabras que encuentra son muy acertadas.

 

Le pregunto: «¿Por qué te ha impactado tanto Teresita, en particular?».

 

«Porque es tierna, íntima con Dios. Pero está sola. Ha perdido a alguien y lo busca».


Qué cierto es. En esa frase hay una lectura espiritual de Santa Teresa más penetrante que la de muchos ensayos que he leído (no digamos que las homilías a las que estoy acostumbrado…).

 

Luego, con cierta vacilación, añade algo que se me ha quedado grabado: «Desde pequeña, siempre he confiado mi vida a alguien, he pedido perdón, he dado las gracias. Quizás he entendido quién es. ¿Estoy divagando?».

 

«De esto, en casa, no puedo hablar con nadie, ni siquiera con mis amigos».

 

Sin embargo, al dialogar, sale a relucir una amiga con la que ella espera poder abrirse. Al final de nuestro encuentro le brillan los ojos, con una sonrisa radiante, casi sorprendida de sí misma.

 

Antes de despedirnos dice algo que no olvidaré: «Nunca he creído en Dios, pero siempre lo he amado».


Caminé mucho, aunque ya era tarde, tratando de entender qué me había impactado tanto.

 

Quizás esto: la joven no había encontrado argumentos para creer. Había conocido a una persona, Santa Teresa, que buscaba a alguien a quien ella había buscado siempre sin saberlo. Y luego una Iglesia abierta, un diálogo.

 

Dicen que Europa se vuelve cada año más laica y más alejada de cualquier referencia religiosa explícita.

 

Y, sin embargo, me doy cuenta de que acontecimientos como este son no son infrecuentes.

 

Algo se mueve bajo la superficie, con la misma discreción y la misma tenacidad con las que Santa Teresa decía querer pasar su cielo haciendo el bien en la tierra.

 

No sé si aquella joven habrá llegado a dar forma completa a su intuición. Pero sus palabras, aquella tarde (y cuando el día iba ya de caída), me hicieron bien: yo también, como ella, estoy buscando.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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