martes, 19 de mayo de 2026

La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -.

La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -

Hay un hecho que sorprende en el Nuevo Testamento: inmediatamente después de la Ascensión de Jesús, las dos primeras acciones de la comunidad cristiana son la oración comunitaria (Hch 1,14) y el discernimiento comunitario (Hch 1,23-26).

 

Como si la ausencia corporal de Jesús o su presencia en el Espíritu exigieran un esfuerzo adicional de meditación y reflexión compartida.

 

En ambos casos, sobre todo, es relevante —y no casual— el hecho de que la comunidad orante y discerniente no se limite a los once (dada la muerte de Judas, que debía ser sustituido), sino que incluya explícitamente, en el primer caso, «a algunas mujeres y (…) María, la madre de Jesús, y (…) sus hermanos», mientras que, en el segundo caso, nada menos que «ciento veinte (…) personas» (Hch 1,15).

 

Si, por tanto, es una comunidad muy amplia la que propone a los dos «candidatos» para sustituir a Judas y la que reza para que Dios, mediante el «sorteo», designe al nuevo duodécimo apóstol, ¿cómo podemos pensar que las comunidades cristianas posteriores no continuemos habitualmente esta práctica?

 

También por eso, y a pesar de las complejidades, dificultades, resistencias,…, el relanzamiento del discernimiento comunitario y, en su seno, de la escucha de la Voz de Dios mediante la conversación en el Espíritu es un elemento crucial de cualquier itinerario cristiano y, muy especialmente, de cualquier camino eclesial sinodal.

 

En el discernimiento se trata de escuchar esa Voz y de interpretar y de acoger lo que dice. En la oración y en el diálogo fraterno, se reconoce que el discernimiento eclesial es una de las prácticas con las que respondemos a la Palabra que nos indica los caminos de la misión.

 

Este discernimiento es un instrumento que resulta fecundo, incluso son su complejidad, porque «transforma a las personas, a los grupos y a la Iglesia y entrelaza de manera armoniosa el pensamiento y el sentimiento, generando un mundo vital compartido…

 

De hecho, se trata de un dato antropológico que se encuentra en pueblos y culturas diferentes, unidas por la práctica de reunirse solidariamente para tratar y decidir las cuestiones vitales para la comunidad.

 

No se trata de un recurso organizativo sino de una oración abierta a la participación, de un discernimiento vivido en común, de una energía misionera que nace del compartir y que se irradia como servicio. Por eso es un instrumento que requiere de profundidad espiritual.


La importancia y el carácter central de este momento de discernimiento en cualquier proceso eclesial que quiera ser sinodal se concreta, por ejemplo, en algunos elementos clave que no deberían faltar:

 

a) la presentación clara del objeto del discernimiento y la puesta a disposición de información e instrumentos adecuados para su comprensión. Más en concreto:

 

Todo discernimiento, de hecho, se desarrolla siempre en el seno de un contexto concreto, cuyas complejidades y peculiaridades es necesario conocer lo mejor posible y para cuya comprensión seria y efectivamente “eclesial” son necesarias las aportaciones de las ciencias humana.

 

Pero siempre hay que definir con claridad el objeto de la consulta y de la deliberación e identificar a quienes deben ser consultados, también en razón de competencias específicas o de su implicación en la cuestión. Y, por supuesto, velar por que todos los participantes tengan acceso efectivo a la información pertinente, de modo que puedan formular su opinión con conocimiento de causa.

 

b) un tiempo adecuado para prepararse con la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la reflexión sobre el tema. Más en concreto:

 

Para que podamos hablar de un discernimiento efectivamente “eclesial” se requiere una exégesis adecuada de los textos bíblicos, que ayude a interpretarlos y comprenderlos evitando enfoques parciales o fundamentalistas; un conocimiento de los Padres de la Iglesia, de la Tradición y de las enseñanzas magisteriales, según su diverso grado de autoridad; las aportaciones de las diversas disciplinas teológicas

 

Y todo ello porque dicha escucha «es el punto de partida y el criterio de todo discernimiento eclesial» (cf. DV 2), tanto cuando tiene lugar en la «liturgia» (cf. SC 7) como en la meditación personal y comunitaria; y porque la voz de Dios susurra (cf. 1 Re 19,13) también en la «Tradición viva de la Iglesia», en el «magisterio», en la «piedad popular», en el «grito de los pobres y en los acontecimientos de la historia», en los «elementos de la creación» y «en la conciencia personal» (cf. GS 16).

 

c) una disposición interior de libertad respecto a los propios intereses, tanto personales como de grupo, y el compromiso con la búsqueda del bien común. Más en concreto:

 

Quienes expresan su opinión en una consulta asumen la responsabilidad de ofrecer un parecer sincero y honesto, en conciencia y con conocimiento de causa; de respetar la confidencialidad de la información recibida; de ofrecer una formulación clara de su opinión, identificando los puntos principales

 

El discernimiento, de hecho, requiere libertad interior, humildad, oración, confianza recíproca, apertura a la novedad y abandono a la voluntad de Dios.

 

En concreto, el clima de confianza recíproca por eso es necesario promover procedimientos que hagan efectiva la reciprocidad en la asamblea que discierne en un clima de apertura al Espíritu y de confianza mutua, en busca de un consenso a ser posible unánime.

 

d) una escucha atenta y respetuosa de la palabra de cada uno. Más en concreto:

 

El discernimiento nunca es la afirmación de un punto de vista personal o de grupo, ni se reduce a la simple suma de opiniones individuales. Cada uno, hablando según su conciencia, se abre a escuchar lo que otros comparten en conciencia, para tratar juntos de reconocer “lo que el Espíritu dice a las Iglesias” (Ap 2,7).

 

Sobre la base de una corresponsabilidad diferenciada se debe respetar a cada miembro de la comunidad, valorando sus capacidades y dones con vistas a la decisión compartida.

 

e) la búsqueda del consenso más amplio posible, que surgirá a través de lo que más «enciende los corazones» (cf. Lc 24,32), sin ocultar los conflictos y sin buscar compromisos a la baja. Más en concreto:

 

De hecho, los Padres de la Iglesia hablaban de un «triple “nada sin” (nihil sine): «nada sin el obispo» (San Ignacio de Antioquía, Carta a los tralianos, 2,2), «nada sin vuestro consejo [de los presbíteros y diáconos] y sin el consentimiento del pueblo» (San Cipriano de Cartago, Carta a los hermanos presbíteros y diáconos, 14,4).

 

Allí donde se rompe esta lógica del nihil sine, se oscurece la identidad de la Iglesia y se compromete seriamente su misión.

 

f) la formulación, por parte de quien guía el proceso, del consenso alcanzado y su presentación a todos los participantes, para que manifiesten si se reconocen en él o no.

 

Seguramente puede haber y hay una no pequeña variedad de enfoques del discernimiento y de metodologías que siempre habrá que saber adaptar a los diversos contextos para que se pueda realizar efectivamente un diálogo cordial, sin dispersar las especificidades de cada uno y sin atrincheramientos identitarios.

 

La escucha de todos, el consenso amplio y reconocido hacen comprender lo fundamental que es la cuestión de la correspondiente amplia participación porque cuanto más se escucha a todos, tanto más rico es el discernimiento;

 

De hecho, está en juego «toda la verdad» (Jn 16,13): por un lado, enseñada por el Espíritu que nos guía hacia ella (Jn 14,26), favoreciendo y garantizando el progreso de la «Tradición» (cf. DV 8); pero, por otro lado, mediada por la lectura de los signos de los tiempos (cf. GS 11) practicada por todo el Pueblo de Dios, el cual, en el ejercicio de su función profética (cf. LG 12), se vale de todos los dones de sabiduría que el Señor distribuye en la Iglesia y se arraiga en el sensus fidei comunicado por el Espíritu a todos los bautizados.

 

Cuantas más personas de diferentes cualidades participen en el proceso, más probabilidades hay de que el discernimiento eclesial se beneficie de una mayor apertura, capacidad de análisis de la realidad y pluralidad de perspectivas, acercándose así al modelo de «sabiduría evangélica» del llamado Concilio de Jerusalén, al término del cual se pudo exclamar: «Nos ha parecido bien, en efecto, al Espíritu Santo y a nosotros…» (Hch 15,28).

 

¿Realmente en la vida de las Iglesias Locales —y en qué medida realmente— está creciendo la práctica del diálogo en el Espíritu, del discernimiento comunitario?

 

¿En qué medida las Iglesias Locales están viviendo su camino cotidiano con una metodología sinodal de consulta y discernimiento, identificando modalidades concretas e itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en las diversas realidades eclesiales? 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Laudato si’… once años después.

Laudato si’… once años después No se ha quedado encerrada en las sacristías: se ha desbordado hacia las plazas, las universidades y los deba...