La escucha compartida de lo que el Espíritu dice a la Iglesia (cf. Ap. 2, 29) - algunos apuntes de discernimiento eclesial sinodal -
Hay un hecho que sorprende en el Nuevo Testamento: inmediatamente después de la Ascensión de Jesús, las dos primeras acciones de la comunidad cristiana son la oración comunitaria (Hch 1,14) y el discernimiento comunitario (Hch 1,23-26).
Como si la ausencia corporal de Jesús o su presencia
en el Espíritu exigieran un esfuerzo
adicional de meditación y reflexión compartida.
En ambos casos, sobre todo, es relevante —y no casual—
el hecho de que la comunidad orante y discerniente no se limite a los once
(dada la muerte de Judas, que debía ser sustituido), sino que incluya
explícitamente, en el primer caso, «a algunas mujeres y (…) María, la madre de
Jesús, y (…) sus hermanos», mientras que, en el segundo caso, nada
menos que «ciento veinte (…) personas» (Hch 1,15).
Si, por tanto, es una comunidad muy amplia la que
propone a los dos «candidatos» para sustituir a Judas y la que reza para que Dios,
mediante el «sorteo», designe al nuevo duodécimo apóstol, ¿cómo podemos
pensar que las comunidades cristianas posteriores no continuemos habitualmente
esta práctica?
También por eso, y a pesar de las complejidades,
dificultades, resistencias,…, el relanzamiento del discernimiento comunitario
y, en su seno, de la escucha de la Voz de Dios mediante la conversación en el
Espíritu es un elemento crucial de cualquier itinerario cristiano y, muy
especialmente, de cualquier camino eclesial sinodal.
En el discernimiento se trata de escuchar esa Voz y de
interpretar y de acoger lo que dice. En la oración y en el diálogo fraterno, se
reconoce que el discernimiento eclesial es una de las prácticas con las que
respondemos a la Palabra que nos indica los caminos de la misión.
Este discernimiento es un instrumento que resulta
fecundo, incluso son su complejidad, porque «transforma a las personas, a los
grupos y a la Iglesia y entrelaza de manera armoniosa el pensamiento y el
sentimiento, generando un mundo vital compartido…
De hecho, se trata de un dato antropológico que se
encuentra en pueblos y culturas diferentes, unidas por la práctica de reunirse
solidariamente para tratar y decidir las cuestiones vitales para la comunidad.
No se trata de un recurso organizativo sino de una
oración abierta a la participación, de un discernimiento vivido en común, de
una energía misionera que nace del compartir y que se irradia como servicio.
Por eso es un instrumento que requiere de profundidad espiritual.
La importancia y el carácter central de este momento de discernimiento en cualquier proceso eclesial que quiera ser sinodal se concreta, por ejemplo, en algunos elementos clave que no deberían faltar:
a) la
presentación clara del objeto del discernimiento y la puesta a disposición de
información e instrumentos adecuados para su comprensión. Más en concreto:
Todo
discernimiento, de hecho, se desarrolla siempre en el seno de un contexto
concreto, cuyas complejidades y peculiaridades es necesario conocer lo mejor
posible y para cuya comprensión seria y efectivamente “eclesial” son necesarias
las aportaciones de las ciencias humana.
Pero
siempre hay que definir con claridad el objeto de la consulta y de la
deliberación e identificar a quienes deben ser consultados, también en razón de
competencias específicas o de su implicación en la cuestión. Y, por supuesto,
velar por que todos los participantes tengan acceso efectivo a la información
pertinente, de modo que puedan formular su opinión con conocimiento de causa.
b) un
tiempo adecuado para prepararse con la oración, la escucha de la Palabra de
Dios y la reflexión sobre el tema. Más en concreto:
Para
que podamos hablar de un discernimiento efectivamente “eclesial” se requiere
una exégesis adecuada de los textos bíblicos, que ayude a interpretarlos y
comprenderlos evitando enfoques parciales o fundamentalistas; un conocimiento
de los Padres de la Iglesia, de la Tradición y de las enseñanzas magisteriales,
según su diverso grado de autoridad; las aportaciones de las diversas
disciplinas teológicas
Y todo
ello porque dicha escucha «es el punto de partida y el criterio de todo
discernimiento eclesial» (cf. DV 2), tanto cuando tiene lugar en la «liturgia»
(cf. SC 7) como en la meditación personal y comunitaria; y
porque la voz de Dios susurra (cf. 1 Re 19,13) también en la «Tradición
viva de la Iglesia», en el «magisterio», en la «piedad
popular», en el «grito de los pobres y en los acontecimientos
de la historia», en los «elementos de la creación» y «en la
conciencia personal» (cf. GS 16).
c) una
disposición interior de libertad respecto a los propios intereses, tanto
personales como de grupo, y el compromiso con la búsqueda del bien común. Más
en concreto:
Quienes
expresan su opinión en una consulta asumen la responsabilidad de ofrecer un
parecer sincero y honesto, en conciencia y con conocimiento de causa; de
respetar la confidencialidad de la información recibida; de ofrecer una
formulación clara de su opinión, identificando los puntos principales
El
discernimiento, de hecho, requiere libertad interior, humildad, oración,
confianza recíproca, apertura a la novedad y abandono a la voluntad de Dios.
En
concreto, el clima de confianza recíproca por eso es
necesario promover procedimientos que hagan efectiva la reciprocidad en la
asamblea que discierne en un clima de apertura al Espíritu y de confianza
mutua, en busca de un consenso a ser posible unánime.
d) una
escucha atenta y respetuosa de la palabra de cada uno. Más en concreto:
El
discernimiento nunca es la afirmación de un punto de vista personal o de grupo,
ni se reduce a la simple suma de opiniones individuales. Cada uno, hablando
según su conciencia, se abre a escuchar lo que otros comparten en conciencia,
para tratar juntos de reconocer “lo que el Espíritu dice a las Iglesias”
(Ap 2,7).
Sobre
la base de una corresponsabilidad diferenciada se debe respetar a cada miembro
de la comunidad, valorando sus capacidades y dones con vistas a la decisión
compartida.
e) la
búsqueda del consenso más amplio posible, que surgirá a través de lo que más «enciende
los corazones» (cf. Lc 24,32), sin ocultar los conflictos y sin buscar
compromisos a la baja. Más en concreto:
De
hecho, los Padres de la Iglesia hablaban de un «triple “nada sin” (nihil sine): «nada
sin el obispo» (San Ignacio de Antioquía, Carta a los tralianos,
2,2), «nada sin vuestro consejo [de los presbíteros y diáconos] y sin el
consentimiento del pueblo» (San Cipriano de Cartago, Carta a los
hermanos presbíteros y diáconos, 14,4).
Allí
donde se rompe esta lógica del nihil sine, se oscurece la identidad de
la Iglesia y se compromete seriamente su misión.
f) la
formulación, por parte de quien guía el proceso, del consenso alcanzado y su
presentación a todos los participantes, para que manifiesten si se reconocen en
él o no.
Seguramente puede haber y hay una no pequeña variedad de enfoques del discernimiento y de metodologías que siempre habrá que saber adaptar a los diversos contextos para que se pueda realizar efectivamente un diálogo cordial, sin dispersar las especificidades de cada uno y sin atrincheramientos identitarios.
La escucha de todos,
el consenso amplio y reconocido
hacen comprender lo fundamental que es la cuestión de la correspondiente amplia
participación porque cuanto más se escucha a todos, tanto más rico es el
discernimiento;
De hecho, está en juego «toda la verdad» (Jn
16,13): por un lado, enseñada por el Espíritu que nos guía hacia ella (Jn
14,26), favoreciendo y garantizando el progreso de la «Tradición» (cf. DV 8);
pero, por otro lado, mediada por la lectura de los signos de los tiempos (cf.
GS 11) practicada por todo el Pueblo de Dios, el cual, en el ejercicio de su
función profética (cf. LG 12), se vale de todos los dones de sabiduría que el
Señor distribuye en la Iglesia y se arraiga en el sensus fidei comunicado por el Espíritu a todos los
bautizados.
Cuantas más
personas de diferentes cualidades
participen en el proceso, más probabilidades hay de que el discernimiento eclesial
se beneficie de una mayor apertura, capacidad de análisis de la realidad y
pluralidad de perspectivas, acercándose así al modelo de «sabiduría evangélica» del
llamado Concilio de Jerusalén, al término del cual se pudo exclamar: «Nos
ha parecido bien, en efecto, al Espíritu Santo y a nosotros…» (Hch
15,28).
¿Realmente en la vida de las Iglesias Locales —y en
qué medida realmente— está creciendo la práctica del diálogo en el Espíritu,
del discernimiento comunitario?
¿En qué medida las Iglesias Locales están viviendo su camino cotidiano con una metodología sinodal de consulta y discernimiento, identificando modalidades concretas e itinerarios formativos para realizar una conversión sinodal tangible en las diversas realidades eclesiales?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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