La relación: una lección de la Trinidad - San Juan 3, 16-18 -
Quizá también nosotros formemos parte de aquel grupo
de personas que consideran el misterio de la Trinidad como algo ajeno a la
experiencia humana, una realidad que concierne a Dios y solo a Él, encerrado en
su bienaventurada eternidad.
Pero, si lo pensamos bien, no hay nada más cercano a
nosotros que lo que profesamos cuando reconocemos a Dios Padre, Dios Hijo y
Dios Espíritu Santo.
¿Por qué el encuentro con alguien nos seduce cada vez
como si fuera la primera vez? ¿Por qué tanta inversión en querer descubrir qué
se esconde detrás de un rostro, detrás de una persona? ¿Por qué, por mucho que
podamos estar desilusionados por experiencias negativas del pasado, de hecho,
cuando alguien asoma en nuestra vida atrae el interés y cataliza energías como
ninguna otra cosa en el mundo?
No podría ser de otra manera. Cuando salimos de las
manos de Dios, de hecho, fuimos moldeados en la relación: «No es bueno que el hombre esté
solo», había exclamado Dios.
En el principio, la relación. Así es. Y cuando digo «en el principio» no me refiero a algo que se remonta a un pasado lejano, sino a algo que sigue ocurriendo porque es una especie de rasgo universal de la historia.
Si las manos del Padre nos creaban, esto ocurría
mirando a la imagen del Hijo mediante el soplo vital del Espíritu Santo.
Es una seña de identidad el hecho de que estemos
hechos para la relación y solo cuando finalmente nos vemos reconocidos y
acogidos saboreamos la paz, como si volviéramos a ser moldeados como en la
mañana de la creación.
Realmente nos parece tocar el cielo con un dedo si
saboreamos la alegría de un encuentro en el que sabemos que podemos ser
nosotros mismos. Experimentamos una auténtica salida de nosotros mismos, un
éxtasis.
Cuando eso no ocurre, se ve minada nuestra propia identidad, aquello para lo que fuimos pensados y deseados, un auténtico infierno. Cuando nos parece que la única salida de ciertos atolladeros es retirarnos resentidos, fallamos al proyecto de los orígenes, haciendo caso a quienes desde siempre han querido sembrar división y enfrentamiento.
Si contemplar el misterio de Dios nos lleva a concluir
que no es posible vivir sin el otro, el escuchar la voz del que nos divide nos
convence, en cambio, de que «el infierno son los demás».
¿Qué ocurre, de hecho, en la relación? Que somos
reconocidos en nuestra igualdad, pero también en nuestra singularidad.
Exactamente como las tres personas divinas, que son iguales y distintas,
iguales en cuanto a la naturaleza, distintas porque el Padre no es el Hijo ni es
el Espíritu Santo.
Así comprendemos por qué tanta insistencia por parte
del Apóstol San Pablo en «tener los mismos sentimientos, vivir en paz».
Es la única manera de no fracasar en nuestra existencia.
En el encuentro con el otro, cuando este es auténtico, percibimos una especie de terreno común —nos une, precisamente, la misma humanidad—, pero al mismo tiempo nos sentimos acogidos en nuestra diferencia, con nuestra historia única, con nuestro rostro inconfundible, con nuestros sueños y con nuestras heridas.
Cuando alguien nos conoce por nuestro nombre (con todo
el valor que tiene una experiencia así), se manifiesta lo que Dios hace con
cada uno de nosotros: ninguno de nosotros ante Él será jamás un número o una
sigla o un algoritmo si es cierto que nuestro nombre está escrito en la palma
de su mano (cf. Is 49,16).
Cuando alguien presta atención a nuestro rostro con
toda la carga de fatiga y alegría que de él se trasluce, ¿qué es eso sino ser
iluminados por la luz misma de Dios?
Cuando alguien se preocupa por nuestra historia, ¿qué
es eso sino perpetuar la obra de Dios, que nunca relega a ninguno de nosotros
al olvido?
Cuando alguien respeta los caminos personales, ¿qué es eso sino continuar la obra de Dios ante quien nunca seremos una masa indistinta?
Si para el Padre, el Hijo y el Espíritu ser alguien no
es encerrarse en uno mismo contrayéndose en la propia identidad, sino salir de
sí hacia el otro para que este exista, de ello se deduce que la verdadera
persona no es el individuo preocupado solo por sí mismo.
Se es persona en la medida en que se descubre y se
vive la propia vocación a la relación y a la comunión. No es casualidad que la
palabra «existir» signifique salir de uno mismo. De otro modo, no es
posible.
Hacer memoria de la Trinidad también significa revisar
toda nuestra forma de relacionarnos: ¿qué huellas llevan nuestras relaciones, y
nuestro estilo de relacionarnos, con la relación entre las tres personas
divinas?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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