Los cielos llueven el Espíritu - San Juan 20, 19-23 -
De repente, se oyó un estruendo del cielo, casi como un viento que se abate con impetuosidad, y llenó toda la casa donde se encontraban.
La encarnación es el Cielo que se abre, un parto doloroso
y salvador; los opuestos se acercan, las distancias se traspasan, el Infinito
fecunda la tierra. Es el estruendo de un viento impetuoso que desordena nuestra
rigidez, las rodillas aún se doblan por la emoción y el miedo, se necesita
valor para dejar que la fuerza del Espíritu llene la vida. Parece que el cielo,
afortunadamente, aún no logra contener la potencia de este Dios que quiere
transformarnos en Él.
Así sigue ocurriendo el amor, procede siempre y solo
de un cielo que da a luz. Nos habríamos conformado con mucho menos; nos habría
bastado dar un poco de sentido a la vida, ayudarnos unos a otros, en la medida
de lo posible, soportar el esfuerzo de estar vivos con la esperanza de saborear
alguna migaja de felicidad; nos habría bastado nuestra vida, tal y como es.
En cambio, el cielo se desgarra de nuevo y grita de
amor el deseo divino. No basta con estar vivos, no basta con respirar, se
necesita el Espíritu; Cristo se hizo hombre para hacernos Dios.
No bastan las refinadas antropologías que nos hacen
creer que basta con ser plenamente hombres, excluyendo de hecho a Dios de la
vida; no bastan las filosofías que circulan entre los sabios; serán acogedoras
y comprensibles, pero no son verdaderas, no tienen fe. Y a Dios, de todos
modos, no le basta. Así, su amor estruendoso nos interpela de nuevo. Para
hacernos Él.
Se les aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaron sobre cada uno de ellos; y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablaran.
Se necesita una lengua nueva, como encendida, como
tener una zarza ardiente entre los labios, como para dejar que Dios hable en
nosotros. Convertirnos en Dios, encontrar la lengua para revelar la única
verdad, que todo está habitado por un gemido inexpresable que pide volver a
casa. Que todo es un parto que pide nacer. Que en cada fragmento la realidad
empuja para renacer en la Eternidad.
Se necesita una lengua nueva, y que sea ardiente y
divina, una lengua que sea comprensible para todos, pero comprensible en lo más
profundo, en el lugar secreto y a menudo olvidado de nuestra alma, allí donde,
temblando, confiamos haber comprendido que hemos nacido para dejarnos
transformar en Dios.
Hermanos, caminad según el Espíritu y no seréis llevados a satisfacer los deseos de la carne. De hecho, la carne tiene deseos contrarios al Espíritu y el Espíritu tiene deseos contrarios a la carne; estas cosas se oponen entre sí, de modo que no hacéis lo que querríais.
Dios se hizo hombre para liberarnos de las necesidades
que mueren en la repetición de lo idéntico. Dios se hizo hombre para liberarnos
del dominio de las cosas de la tierra, de los instintos que no conocen
horizontes infinitos, de la sexualidad que se conforma con el goce y ya ni
siquiera es capaz de soñar con ser un acto divino, creativo, extático,
liberador.
Dios se hizo hombre para liberarnos de un moralismo
que ha desfigurado la sexualidad olvidando su vocación divinizante. Para
liberarnos del miedo que se apodera de quien ha olvidado que la Ley no debe ser
adorada, sino que debe servir únicamente para mantener pura —es decir, libre y
divina— nuestra forma de mirar el mundo. Dios se hizo hombre para enseñarnos a
mirar el mundo como él lo mira, para permanecer en relación viva con nosotros,
porque sin relación no hay verdad.
Dios se hizo hombre para mostrarnos que cada hermano
es un camino transitable para llegar a Él. Pero también cada cosa, en su
esencia, no es más que una posibilidad de revelar su presencia. Todo canta su
cercanía, todo es paso, puerta, rendija. Incluso la muerte, sobre todo la
muerte. Dios se hizo hombre para transformar la muerte en Pascua, para
convertirla en paso, para que al morir nos convirtiéramos en Él.
Aún tengo muchas cosas que deciros, pero por ahora no podéis soportarlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa.
Y esta es la verdad, aquella que era inaccesible antes
de que la cruz y la resurrección mostraran el verdadero rostro de las cosas.
Esta es la verdad, la verdad completa, porque recompuesta en un acto de amor
infinito. Esta es la verdad, porque no se limita a Cristo, porque con
Pentecostés no deja de suceder en cada uno de nosotros.
Nosotros, que nos conformamos con mucho menos,
nosotros, que ya no encontramos el valor para los deseos infinitos, nosotros,
que ni siquiera decimos ya que podemos dejarnos transformar en Él. Quizás
porque es una carga, una gran responsabilidad.
Quizás porque preferimos creer en un Dios separado de
nosotros. Quizás porque parece imposible creer en este cuerpo nuestro al que
nunca interrogamos lo suficiente: no lo hacemos resonar como podría. Quizás
porque nos parece imposible que de nuestra miseria pueda nacer algo que se
parezca siquiera a lo divino. Quizás porque no creemos que seamos cuna y sepulcro.
Quizás porque no creemos en su amor. Quizás porque no creemos en el hombre tal
y como Él cree en él. Quizás porque no amamos el cuerpo, el mundo, las nubes,
las piedras, los animales, la montaña, el agua, la madera, la resina, el papel…
quizás porque no lo oímos cantar también allí. Quizás porque no lo escuchamos
presente en cada respiro. Quizás porque simplemente no queremos convertirnos en
Dios.
Pero el cielo se abre, y siempre será de improviso, y
con un estruendo que solo nosotros oiremos, en un viento cuyo aroma
reconoceremos de inmediato, seremos colmados por Él. Dirán que hemos muerto. En
cambio, por fin nos habremos convertido en Él, junto a quienes nos han
precedido. Por fin.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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