Un nuevo nacimiento es posible - San Juan 20, 19-23 -
Mientras se acercaba el día de Pentecostés, recuerda las palabras de Juan el Bautista porque tengo la clara impresión de que solo sumergirme en un bautismo de Fuego del Espíritu me salvaría; siento claramente que debo renacer, tengo como sangre seca y vieja en las venas, no puedo seguir viviendo así; percibo que ya no me basta hundirme en mis nobles pensamientos, que es agotador dar vueltas en el intento de creer a fuerza de razonamientos, de pruebas, de demostraciones que nunca bastaban.
Necesito dejarme incendiar por el fuego de Su
presencia, tengo una necesidad vital de que Él, Él en persona, se incline sobre
el fango de mi existencia y me bese para darme una nueva vida. Necesito que
Dios habite en mí, aún no lo sé cómo, y creo que solo se puede entender cuando
esto ocurre, pero tengo que sentirlo fluir como fuego por mis venas, tengo que
convertirme en una zarza ardiente de su presencia en el mundo, o de lo
contrario más vale morir, dejar de existir.
Somos veteranos y nos falta muy poco para ser
devorados por la nostalgia. Hemos agotado el mundo con nuestros recuerdos y, en
el fondo, nos hemos sentido indefensos para siempre; es Él quien nos ha
abandonado.
Creo que una de las mayores tentaciones de la vida es
precisamente esta: situarse entre los perdedores y regodearse en lo que pudo
ser y no fue. No sé si la fe es un don, pero sin duda ese don permanece sin
expresarse si en nosotros no hay valor para exponernos al riesgo del futuro.
Más aún, no puede haber don si no nos desatamos de las amarras de nuestra vida
miserable pero tranquilizadora, si no aceptamos perdernos.
De repente llegó del cielo un estruendo, de repente, porque así es la vida, así es el amor, así es la fe: puedes preparar el encuentro con mil artimañas, puedes agotarte con razonamientos, pero luego o bien el cielo se abre de repente y se desgarra y te da a luz a una vida totalmente nueva, o bien no quedan más que mil palabras que no resisten la comparación con la duda. O el Cielo se desgarra dándonos a luz desde lo alto o, simplemente, no nacemos a la fe.
El verdadero riesgo, el miedo que nos frena, es
acallar el estruendo del cielo por miedo, porque nosotros, en el fondo,
preferimos quedarnos bajo un cielo cerrado; decimos que nos gustaría tener fe,
pero luego, luego nos quedamos a cubierto, con un cielo mudo al que culpar y
una vida destinada a un cómodo fracaso.
El estruendo, el verdadero estruendo, fue el producido
por mi orgullo hecho añicos. No sé si consigo explicarme, pero lo que sentí
claramente allí, en medio de todos, es que el Cielo me estaba arrancando las
excusas; ya no podría seguir siendo el discípulo romántico traicionado por los
sueños del enésimo mesías fallido, no podría seguir tirando de alguna manera
repitiendo las enseñanzas de un maestro demasiado bueno para el mundo, nada de
eso, el Cielo me arrancaba esas seguridades y me obligaba a hacer espacio a
Dios en mi carne.
¡En mi carne! No en los pensamientos, no en las ideas,
sino yo, cuerpo de Cristo. El estruendo fue terrible; aceptar esa invasión divina
significaba estar dispuesto a dejar morir al hombre viejo, a dejar morir mi
imagen pública, a morir en la cruz como él.
Casi como un viento que se abate impetuoso, y llenó toda la casa donde se encontraban. Un soplo, el beso divino, mi Génesis y la nuestra; en ese momento, el universo entero se convirtió en su hogar y Él palpitó en cada cosa. No sabría decir si el latido divino ya estaba presente en el mundo, no sabría decir si era yo quien no sabía escuchar su estremecimiento, pero sé que desde ese momento cada instante de mi vida está habitado evidentemente por su presencia.
¡Todo está lleno de Él! A mí me parece simplemente que
todo existe para Él. Como si creer fuera únicamente estar, estar sumergidos en
la sustancia divina, y dar gracias, dar gracias continuamente por el milagro de
estar en Él.
Les aparecieron lenguas como de fuego, que se dividían y se posaron sobre cada uno, y finalmente nuestras palabras arden de vida, finalmente nuestros sonidos arden de sentido, de valor, de profecía. Es la aniquilación de la banalidad, tenemos energía y valor, estamos ungidos a un fuego que devora: incendiar la mediocridad, prender fuego al vacío, aniquilar la superficialidad.
Pero también, sobre todo, susurrar calor con palabras
que fueran verdaderamente palabras de amor. Palabras capaces de resucitar la
vida de las tumbas. Palabras cálidas que derritieran los hielos del rencor.
Y todos fuimos colmados del Espíritu Santo, nosotros, todos, desde ese momento rebosantes de la presencia de Dios, como las ánforas de vino en Caná, como las cestas de los panes milagrosamente compartidos, como todo lo que acepta dejarse fecundar aquí y ahora por un Infinito presente.
Comenzaron a hablar en
otras lenguas, porque la lengua antigua era inútil, y yo también
balbuceé sonidos inéditos; el Espíritu nos había revelado la gramática íntima
de la creación, todo hablaba de Él, solo teníamos que despertarla con caricias
místicas y poéticas, solo teníamos que ser dóciles, seguir la nueva forma en que el Espíritu daba el poder,
el único poder que no da miedo, el único poder que no aniquila al
adversario, el único poder que no mata al hermano, el poder de expresarse. Que es un
movimiento que habita en lo íntimo de cada célula, de cada átomo, que es la
gran vocación, como un florecer ininterrumpido de ese Dios que presiona desde
el corazón de cada cosa para manifestarse. Porque cada cosa existe solo para
expresar el amor que mueve el sol…
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario