martes, 5 de mayo de 2026

Pentecostés personal (confesión)- San Juan 20, 19-23 -.

Pentecostés personal (confesión)- San Juan 20, 19-23 -


Si me amáis… y yo me aferro a ese «si», y Tú lo sabes. 

El amor como hipótesis e intento, un «si» suspendido entre mis miedos, no puedo más. Una posibilidad siempre tenue, frágil, como yo.

 

Me gustaría poder dejar de hablar del amor. Pero dejarlo libre, en cambio, para que respire, casi sin darse cuenta, un Pentecostés transparente y oculto. Cotidiano.

 

Me gustaría poder dejar de hablar del amor, para no estropear con la torpeza de las explicaciones la serenidad del misterio, para no dañar la semilla.

 

Con la palabra, el amor se vuelve redundante, y además yo no sé, yo no sé qué es, de verdad, el amor; quizá Tú lo sabías, quizá Tú habías comprendido cómo transformar en bien cada gesto concreto hacia los demás, quizá ese fue tu milagro, transformarte en amor; yo, en cambio, no.

 

Estoy seguro de haber hecho daño creyendo amar. Estoy seguro de haber huido pensando en preservar el corazón del hermano. Estoy seguro de no haber comprendido el amor bajo la dura corteza de ciertos encuentros.

 

Me asusté, sufrí, preferí, a veces, dejar de amar para no hacer sufrir. Así me quedo en la hipótesis, en el «si», en la posibilidad, así mi Pentecostés se transforma en una oración efímera, una humilde petición, Señor: envíame tu Espíritu.

 

 

…observaréis mis mandamientos

 

Tú hablas del amor como de algo que pide ser dado a luz en el cuerpo. Como si el amor pidiera ser observado y luego mostrado. Tú hablas como si no hubiera amor sin espacio y sin tiempo, como si no hubiera amor sin nuestra carne.

 

Hablas de él como de una fuerza que derriba las barreras del tiempo, hablas de él como si fuera la única forma del futuro, hablas de él como alguien que ha sabido hacerse cuerpo de amor, clavarse en el deseo del hombre, hablas de él como alguien que no ha escatimado nada, hablas de él como un náufrago, como quien se deja arrastrar por las corrientes de una fuerza divina, hablas de él como alguien que en un momento dado dejó de oponer resistencia.

 

Yo preferiría no volver a hablar de ello porque yo, en cambio, tengo miedo, miedo de que todo sea demasiado, miedo de no estar a la altura, de dejarme arrollar por un juego más grande que yo.

 

Yo tengo miedo al amor. Porque el amor lo exige todo, y yo siento que no soy casi nada. Así, mi Pentecostés es una oración humilde y sumisa, es una súplica: sedúceme, Señor, y hazme instrumento de tu amor.

 

 


Y nosotros iremos a él y habitaremos en él

 

El amor es intrusivo. Pentecostés es Dios que se instala en la carne de los hombres. Quizás Tú supiste convertirte en templo del Padre, quizás dejaste que cada parte de ti se convirtiera en Su morada, quizás lograste ver al Padre presente entre los pliegues de cada historia, entre las incongruencias del dolor, incluso entre las opacidades del pecado.

 

Yo lo intento, Señor, mi Pentecostés es que lo intento, cada día. Creer que todo está invadido por un deseo divinizante, convencerme de que cada rostro habla de ti. Lo intento, este es mi Pentecostés, intento sentir que somos nosotros el destino de todo deseo divino, que la vida, por lo que vemos, es el perfil visible de Dios.

 

Lo intento pero ten paciencia conmigo, sabe que solo ahora empiezo a quererme y si aún salgo de mí para buscarte en otra parte, entonces Tú, si puedes, quédate en mí, mi silencioso y fiel Pentecostés, quédate devoto a lo que soy, quédate crucificado en mí, vigila y espera mi regreso.

 

 


Él os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho

 

Quizá Tú también lo hayas comprendido solo al final, quizá el amor sea una enseñanza que se revela en el recuerdo. Quizá Tú también hayas tenido miedo de amar y de dejarte amar, quizá Tú también hayas huido del amor excesivo.

 

No lo sé, me gustaría dejar de hablar de amor, solo dejarlo suceder, atravesar el mundo con ligereza dejándome marcar por cada encuentro, que Tú me enseñaras en lo más profundo, estar en tus manos sin oponer resistencia, ser dócil y aprender tu caligrafía.

 

Me gustaría caminar sin querer comprenderlo todo, sin querer resolverlo todo, sin querer encontrar de inmediato un sentido a toda costa, no aquí, no ahora; solo quisiera dejar que el mundo suceda a mi alrededor y dentro de mí; quisiera llegar al final contigo y, por último, quisiera que me ayudaras a volver la mirada hacia lo que ha sido; quisiera, al final, saber recordar, traerlo de vuelta al corazón. Pentecostés en lo que ha sido. Porque quizá me equivoque, pero el amor solo se reconoce después de su paso.

 

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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