Pentecostés personal (confesión)- San Juan 20, 19-23 -
El amor como hipótesis e intento, un «si» suspendido
entre mis miedos, no puedo más. Una posibilidad siempre tenue, frágil, como yo.
Me gustaría poder dejar de hablar del amor. Pero
dejarlo libre, en cambio, para que respire, casi sin darse cuenta, un
Pentecostés transparente y oculto. Cotidiano.
Me gustaría poder dejar de hablar del amor, para no
estropear con la torpeza de las explicaciones la serenidad del misterio, para
no dañar la semilla.
Con la palabra, el amor se vuelve redundante, y además
yo no sé, yo no sé qué es, de verdad, el amor; quizá Tú lo sabías, quizá Tú
habías comprendido cómo transformar en bien cada gesto concreto hacia los
demás, quizá ese fue tu milagro, transformarte en amor; yo, en cambio, no.
Estoy seguro de haber hecho daño creyendo amar. Estoy
seguro de haber huido pensando en preservar el corazón del hermano. Estoy
seguro de no haber comprendido el amor bajo la dura corteza de ciertos
encuentros.
Me asusté, sufrí, preferí, a veces, dejar de amar para
no hacer sufrir. Así me quedo en la hipótesis, en el «si», en la posibilidad, así mi Pentecostés se transforma en
una oración efímera, una humilde petición, Señor: envíame tu Espíritu.
…observaréis mis mandamientos
Tú hablas del amor como de algo que pide ser dado a
luz en el cuerpo. Como si el amor pidiera ser observado y luego mostrado. Tú
hablas como si no hubiera amor sin espacio y sin tiempo, como si no hubiera
amor sin nuestra carne.
Hablas de él como de una fuerza que derriba las
barreras del tiempo, hablas de él como si fuera la única forma del futuro,
hablas de él como alguien que ha sabido hacerse cuerpo de amor, clavarse en el
deseo del hombre, hablas de él como alguien que no ha escatimado nada, hablas de
él como un náufrago, como quien se deja arrastrar por las corrientes de una
fuerza divina, hablas de él como alguien que en un momento dado dejó de oponer
resistencia.
Yo preferiría no volver a hablar de ello porque yo, en
cambio, tengo miedo, miedo de que todo sea demasiado, miedo de no estar a la
altura, de dejarme arrollar por un juego más grande que yo.
Yo tengo miedo al amor. Porque el amor lo exige todo,
y yo siento que no soy casi nada. Así, mi Pentecostés es una oración humilde y
sumisa, es una súplica: sedúceme,
Señor, y hazme instrumento de tu amor.
Y nosotros iremos a él y habitaremos en él
El amor es intrusivo. Pentecostés es Dios que se
instala en la carne de los hombres. Quizás Tú supiste convertirte en templo del
Padre, quizás dejaste que cada parte de ti se convirtiera en Su morada, quizás
lograste ver al Padre presente entre los pliegues de cada historia, entre las
incongruencias del dolor, incluso entre las opacidades del pecado.
Yo lo intento, Señor, mi Pentecostés es que lo intento,
cada día. Creer que todo está invadido por un deseo divinizante, convencerme de
que cada rostro habla de ti. Lo intento, este es mi Pentecostés, intento sentir
que somos nosotros el destino de todo deseo divino, que la vida, por lo que
vemos, es el perfil visible de Dios.
Lo intento pero ten paciencia conmigo, sabe que solo
ahora empiezo a quererme y si aún salgo de mí para buscarte en otra parte,
entonces Tú, si puedes, quédate en mí, mi silencioso y fiel
Pentecostés, quédate devoto a lo que soy, quédate crucificado en mí, vigila y
espera mi regreso.
Él os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho
Quizá Tú también lo hayas comprendido solo al final,
quizá el amor sea una enseñanza que se revela en el recuerdo. Quizá Tú también
hayas tenido miedo de amar y de dejarte amar, quizá Tú también hayas huido del
amor excesivo.
No lo sé, me gustaría dejar de hablar de amor, solo
dejarlo suceder, atravesar el mundo con ligereza dejándome marcar por cada
encuentro, que Tú me enseñaras en lo más profundo, estar en tus manos sin
oponer resistencia, ser dócil y aprender tu caligrafía.
Me gustaría caminar sin querer comprenderlo todo, sin
querer resolverlo todo, sin querer encontrar de inmediato un sentido a toda
costa, no aquí, no ahora; solo quisiera dejar que el mundo suceda a mi
alrededor y dentro de mí; quisiera llegar al final contigo y, por último,
quisiera que me ayudaras a volver la mirada hacia lo que ha sido; quisiera, al
final, saber recordar, traerlo de vuelta al corazón. Pentecostés en lo que ha
sido. Porque quizá me equivoque, pero el amor solo se reconoce después de su paso.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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