Ven Espíritu Santo (una plegaria personal) - San Juan 20, 19-23 -
Por fin estoy cansado, ya no tengo ganas de luchar, ya
no entiendo el motivo, me parece más lógica la rendición, por fin ya no confío
en mí ni en mis batallas, por fin ya no tengo en mente cambiar el mundo y me
parece estúpido incluso no querer dejar que él me cambie, sea lo que sea, solo
soy un soplo, por eso no me queda más que suplicarte.
Te pido un rayo
de tu luz, cálido, como aquel que al atardecer entraba en mi habitación,
cuando era niño, y yo me perdía contemplando el polvo en el aire. Me gustaría
ser ligero, así.
Ven, padre de
los pobres, a acariciar
cada una de mis miserias, mis espacios huérfanos y ocultos, vergonzosas
carencias que nunca he logrado nombrar; adóptalas tú. Ven, dador de dones, ven tú, porque yo no siempre soy
capaz de dar las gracias por la alegría en la vida de los demás; ven tú a
ahogar con dones esta mía sensación de ser siempre incapaz, inadecuado, fuera
de juego.
Ven, luz
de los corazones, a convencerme
de que cada rostro amado, cada retazo de vida sobre el que he derramado
lágrimas, incluso los amores desordenados y dolorosos, todos ellos, nunca
caerán en la sombra. Ven a salvarlos tú, a estos amores, pero sobre todo salva
a las personas a las que he intentado amar, a las que he herido, a las que he
decepcionado, a las que he olvidado.
Ven, consolador, sobre mi perfecta soledad, sobre esa sensación de vacío que me separa de la realidad, sobre esa sensación de muerte que acompaña a todas las experiencias acogidas siempre con exceso de entusiasmo, ven, consolador perfecto, sobre mis imperfectos intentos de fraternidad, sobre todas mis nostalgias, sobre la sensación de muerte que siento respirar en cada instante, ven y quédate, conmigo, solo conmigo, no te pido que me sanes, sino que compartas, solo que compartas.
Ven,
dulce huésped del alma, y quédate, ahora que he comprendido que tú eres y
habitas, fiel y obstinado como solo los amores más arraigados saben serlo. Ven,
a convertir cada oración en un encuentro, a convertir cada introspección en una
cita de amor, a hacer dulce mi extravío en el misterio que me habita.
Tú, que ya vienes
en cada alivio, tú, que vienes y te siento cuando alguien me ama, me
perdona, me soporta, me llama. Ven y
eres alivio, dulcísima la gracia de tu camino.
Ven en el
esfuerzo de vivir, como cuando me rindo y me dejo caer y lo que
yo llamo derrota tú lo bautizas como descanso,
ven como cuando bajo la rama del castaño me parece sentir el aroma del
refugio, ven en el llanto,
y si no siempre encuentro consuelo, no importa, tú vienes de todos modos,
tú vienes siempre, en cada lágrima, y aguanta mis tiempos, ten paciencia
conmigo, espera a que el dolor siga su curso, más aún, ayúdame a reconocer que
yo también soy mi dolor y que no hace falta que algo pase o cambie para ser
tuyo.
Ven, luz,
bienaventurada como cada mañana, incluso aquella que lleva entre los brazos
el cansancio de no saber para quién abrir los ojos, incluso cuando me detengo y
pienso que nada cambiaría si los mantuviera cerrados, para siempre. Ven, luz, a
beatificar incluso esos pensamientos. A hacerme sentir que tú los recoges, como
se recogen flores del campo desprovistas de gracia.
Penetra en lo más íntimo los corazones de los fieles, los fieles a la vida tal y como es, invade a quienes permanecerán fieles a su propio fracaso, a su propia enfermedad, a su propio pecado. Invade a quienes permanecerán fieles a una vida que soñaban diferente, a quienes serán fieles al propósito de suicidarse, a quienes son fieles a su propia depresión. Invade, no pidas permiso, vive y muere con ellos.
Sin tu
fuerza nada hay en el hombre, sin ti yo no soy nada, esto lo sé, pero no creas que
siempre es fácil admitirlo, me has creado para atarme a ti, aprisionado por tu fuerza
me dejo llevar donde nunca habría elegido, esclavo, a la espera de comprender
hasta el fondo el porqué.
Sin tu
fuerza nada es inocente, porque solo tuya es la fuerza que absuelve, tuya la
lucha de quien logra separarme del mal al que me aferro, tú para salvarme de la
dulce seguridad de lo irreparable, de la tranquila comodidad pasiva.
Lava lo
que es sórdido, como mi ilusión de ser limpio, libérame de la suciedad
de creerme justo, limpia de mis recuerdos aquello que hace que a mis ojos solo
sea perfecto aquello en lo que he sido protagonista, moja la aridez de algunos de mis juicios demasiado
definitivos, riega los desiertos de mis áridas certezas y cura todo lo
que sangra pesimismo, rencor, envidia, cura todo lo que sangra lo
peor de mí.
Dobla la rigidez moral que
no me permite ser compasivo con quien no vive como yo, con quien no ha tomado
mis decisiones, con quien vive de manera opuesta. Calienta cada una de mis palabras, antes de que heladas hieran la sensibilidad
del hermano. Endereza la
torcedura de mis costumbres, aquellas que han crecido porque siempre se ha
hecho así, porque soy así, porque no soy como todos los demás.
Dona a tus fieles, que solo en ti confían, tus santos dones; dona, pues, siempre y solo a ti mismo, único don en el que es bueno confiar.
Dómame
como única virtud la de no haberte olvidado, la de haber persistido cada
día a rendirte cuentas
Dame una
muerte sin rencor, dame aprender a morir ya ahora, desde este
mismo instante, ayúdame a hacer morir cada cosa de manera santa, a enterrar en
ti cada una de mis ilusiones de inmortalidad, entiérrame desde ahora mismo en
ti.
Dame alegría, pero antes aún regálame el valor de creer todavía que se puede ser feliz, hasta el fondo, pero que sea eterna, una alegría, eterna.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario