Recibid el Espíritu Santo - San Juan 20, 19-23 -
En la liturgia de la solemnidad de Pentecostés, tras leer el relato de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y sobre María, la Madre de Jesús, el quincuagésimo día después de Pascua (cf. Hch 2,1-11), se proclama el pasaje del Evangelio según San Juan en el que se narra el don del Espíritu a los discípulos la tarde del mismo día de la resurrección, el primer día de la semana judía (cf. Jn 20,1). Esta diferencia es, en realidad, una sinfonía con la que la Iglesia da testimonio del mismo acontecimiento leído de maneras diferentes, pero no discordantes.
En los Hechos, Lucas recuerda que Jesús, tras ascender
al cielo, cumplió la promesa hecha, enviando sobre la comunidad de los
discípulos el viento ardiente del Espíritu Santo cuando los judíos celebraban en
Pentecostés el don de la Torá que Dios había hecho a Moisés. Para Lucas es el
cumplimiento de los cumplimientos, la plena estipulación de la nueva alianza,
alianza ya no fundada en la Ley sino en el Espíritu Santo, escrita no en tablas
de piedra sino en el corazón de los creyentes (cf. Jer 31,31-33).
Es el nacimiento de la Iglesia, de la comunidad del
Señor sumergida, bautizada en el Espíritu Santo, capacitada por el mismo
Espíritu para proclamar la buena nueva del Evangelio a todos los pueblos, desde
Jerusalén hasta Roma.
San Juan, por su parte, que concluye su Evangelio con
ese día de la resurrección, pretende dar testimonio de la plenitud de la
salvación manifestada en la victoria de Jesús sobre la muerte, en el don del
Santo Espíritu que da inicio a una nueva creación en la que la misericordia de
Dios tiene la primacía, reina, y por eso hay remisión de los pecados del mundo.
Es este perdón gratuito y definitivo donado por Dios, del que los discípulos
deben ser ministros en medio de la humanidad.
Nos encontramos, pues, en el primer día de la semana,
el primero después del sábado que fue Pascua: es el día del descubrimiento de
la tumba vacía, porque Jesús ha resucitado de entre los muertos. Los discípulos
de Jesús, que habían huido en el momento de la detención, están encerrados en
su casa de Jerusalén, oprimidos por el miedo a ser también ellos acusados,
buscados y encarcelados como su rabino y profeta Jesús.
Sí, la comunidad de Jesús es esta: hombres y mujeres que han huido por miedo, paralizados por el miedo, sin el valor que proviene de la convicción y la confianza, de la fe en aquel a quien habían seguido sin comprenderlo en profundidad. Pero en esa aporía hay una labor que se lleva a cabo en el corazón de los discípulos y en la vida de la comunidad: las palabras de Jesús, escuchadas tantas veces, aunque adormecidas, están en su corazón; la lectura de las Sagradas Escrituras, de la Torá, de los Profetas y de los Salmos (cf. Lc 24,44), realizada junto a Jesús, sigue generando pensamientos y adquiriendo conocimiento del misterio de Dios y de la identidad del mismo Jesús; la fuerza de la fe del discípulo amado que «vio y creyó» (Jn 20,8) y de María de Magdala que dice: «He visto al Señor» (Jn 20,18) los contagia y los conmueve.
El miedo y la fe libran su duelo en el corazón de los
creyentes, cuando Jesús está en realidad en medio de ellos, hasta que pueden
decir: «Vino y se quedó en medio». El Señor está presente con su
presencia de resucitado, vivo y glorioso, allí donde están los suyos, pero
nuestros ojos son incapaces de verlo, nuestro corazón no tiene el valor de ver
lo que desea y sabe que es posible. Al no saber decir otra cosa, afirmamos: «Vino
y se quedó en medio», pero el Resucitado está siempre presente y se
muestra como el que viene cuando nos damos cuenta.
Esta es la realidad que vivimos cada primer día de la
semana, cada Domingo, y aquellos discípulos no eran más privilegiados que
nosotros. Jesús está en medio de nosotros, en la posición central: si no lo
está, significa o que no lo vemos por falta de fe, o que ocupamos gustosamente
su lugar en el centro, atentando contra su señorío único de resucitado y vivo.
Solo quien sabe decir: «¡Es el Señor!» (Jn 21,7), sabe verlo
y reconocerlo.
¡El Señor está entre nosotros! No olvidemos que la mayor
tentación que vivió Israel en el desierto fue precisamente preguntarse: «¿Está
el Señor entre nosotros o no?» (Éx 17,7). He aquí la poca fe o la falta
de fe de la que somos presa nosotros, que nos llamamos creyentes… En verdad,
Jesús está siempre entre nosotros, es el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros (cf. Mt
1,23; 28,20), no nos deja, no nos abandona.
En todo caso, somos nosotros quienes lo abandonamos y
huimos de él como los discípulos en Getsemaní (cf. Mc 14,50; Mt 26,56); somos
nosotros quienes, ante el mundo, acabamos diciendo: «No lo conocemos», como
Pedro en su negación (cf. Mc 14,71 y paralelos); somos nosotros quienes, cuando
debemos constatar su presencia porque otros nos la atestiguan, seguimos
desconfiando y alimentando dudas, como Tomás (cf. Jn 20,24-25).
Y he aquí que tan pronto como Jesús «es
visto», dona la paz, el shalom, la vida plena, y acompaña esta palabra
con gestos. En primer lugar, se da a conocer, porque ya no tiene la forma
humana de Jesús de Nazaret, aquella que los discípulos conocían y tantas veces
habían contemplado. Es otro porque su cadáver no ha sido reanimado, sino
transfigurado, transformado por Dios en un cuerpo cuyo aliento es el Espíritu
Santo, el Espíritu de Dios, aquel que Jesús respiraba en el seno del Padre desde
siempre, antes de su encarnación en el seno de la Virgen María, antes de su
venida al mundo.
Pero en ese cuerpo de gloria permanecen las huellas de
su vida humana, de su sufrimiento-pasión, de haber amado hasta dar la vida por
los demás (cf. Jn 15,13). Son las llagas, los estigmas, los signos de la cruz
en la que fue colgado, y junto a ellos el signo de la apertura del pecho a
causa de la puñalada, apertura que proclamaba su amor, que como río que brotaba
de él quería sumergir a la humanidad para perdonarla, purificarla y llevarla a
la comunión con el Padre (cf. Jn 7,37-39; 19,34).
Y así los discípulos lo reconocen y se alegran al ver
al Señor. Por fin su incredulidad ha sido vencida y la alegría de su presencia,
de su vida en ellos, los invade. Entonces Jesús sopla sobre ellos su aliento,
que ya no es aliento de hombre, sino Espíritu Santo.
En la creación del hombre, en el principio, Dios había
soplado en él un aliento de vida (cf. Gn 2,7); en la última creación soplará un
soplo, un viento de vida eterna (cf. Ez 37,9): mientras tanto, ahora, cada vez
que está presente en la comunidad de los cristianos y es invocado y reconocido
por ellos, el Espíritu sigue soplando.
Este aliento del Resucitado se convierte en el aliento
del cristiano: ¡respiramos el Espíritu Santo! Cada uno de nosotros respira este
Espíritu, aunque no siempre lo reconozcamos, aunque a menudo lo entristezcamos
(cf. Ef 4,30) y lo ahoguemos en la garganta, en nuestras rebeliones, en nuestro
rechazo al amor y a la vida de Dios.
Este Soplo que entra en nosotros y se une a nuestro aliento tiene como primer efecto el perdón de los pecados. Los perdona, los borra, de modo que Dios ya no se acuerda de ellos. Este Aliento es como un abrazo que nos coloca «en el seno del Padre» cf. Jn 1,18), nos une a Dios de tal manera que ya no somos huérfanos, sino que nos sentimos amados sin medida por un amor que no hemos merecido ni debemos merecer cada día.
«Recibid el Espíritu», dice Jesús, es
decir, «acogedlo como un don». Solo se pide una cosa: no rechazar el
don, porque el Padre siempre da el Espíritu Santo a quienes se lo piden (cf. Lc
11,13). Es el don de la vida plena; el don del amor que nosotros no seríamos
capaces de vivir; el don de la alegría que apagaríamos cada día; el don que nos
permite respirar en comunión con los hermanos y hermanas, confesando con ellos
una sola fe y una sola esperanza; el don que nos hace hablar en nombre de todas
las criaturas como voz que alaba y confiesa al Creador y Señor.
Jesús, que antes de partir había dicho: «Tomad,
comed; esto es mi cuerpo» (Mt 26,27), ahora dice: «Recibid el Espíritu Santo»,
siempre la misma invitación a acoger el don. Nos corresponde a nosotros recibir
el cuerpo de Cristo para convertirnos en cuerpo de Cristo, nos corresponde a
nosotros recibir el Espíritu Santo para respirar el Espíritu.
Y en esta nueva vida animada por el Soplo santo,
siempre y siempre se produce el perdón de los pecados: Dios nos los perdona y
nosotros los perdonamos a los demás que han pecado contra nosotros (cf. Mt 6,12;
Lc 11,4).
¡No hay liberación sino de la muerte, del mal y del
pecado! Pentecostés es la fiesta de esta liberación que la Pascua nos ha
donado, liberación que llega a nuestras vidas cotidianas con sus fatigas, sus
caídas, el mal que las aprisiona.
Podemos confesarlo verdaderamente: el cristiano es
aquel que respira el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo de Dios, y gracias a
este Espíritu es santificado, ora a su Señor, ama a su prójimo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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