El Emmanuel es ahora el Espíritu - San Juan 20, 19-23 -
Pentecostés es el cumplimiento de la Pascua. De este cumplimiento, el pasaje evangélico pone de relieve una dimensión particular que se refiere a la relación entre el Espíritu Santo y el cuerpo.
El Señor se presenta ante los discípulos la tarde del
día de la resurrección con su cuerpo herido y con su aliento que da vida: “Jesús
dijo a los discípulos: “La paz esté con vosotros”. Luego les mostró las manos y
el costado, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis,
les serán perdonados los pecados” (cf. Jn 20,20-22).
El cuerpo crucificado y resucitado es para los
discípulos memoria del amor vivido hasta el final por ellos, y el Espíritu es
memoria de las palabras de Cristo que se resumen en dar paz e inspirar perdón.
El Espíritu vivificante procede del cuerpo del
resucitado, cuerpo herido, cuerpo marcado por el amor vivido y rechazado,
cuerpo que lleva impresos los signos de las heridas del amor, de las heridas
sufridas al amar. Y precisamente este cuerpo herido puede hablar a la comunidad,
a su vez herida, mermada por Judas, aquel que traicionó y se marchó; comunidad
de la que está ausente Tomás; comunidad en la que Pedro aún debe reconocer su
negación; comunidad en la que el miedo y la duda son los amos; una comunidad
cerrada, encerrada en sí misma, casi reducida a un cuerpo paralizado por el
miedo.
Esta comunidad que, como siempre toda comunidad, es
una comunidad pobre que vive una comunión herida, que ha conocido laceraciones,
aprende del Crucificado Resucitado que las heridas pueden convertirse en las
rendijas por las que pasa el don vivificante, el don del amor.
El cuerpo herido y resucitado de Jesús es para los discípulos memoria de la historia de amor vivida juntos, es actualización de esa historia no interrumpida por la muerte, y es donación de futuro para continuar una historia de amor (Jesús les dona el Espíritu). Exactamente como lo es la Eucaristía.
Pero Jesús no está hablando de ritos. El Evangelio
habla de manos, de costado, de aliento, de soplo. Habla del cuerpo porque el
cuerpo es el único lugar del amor, y por tanto el único lugar de la verdad en
esa experiencia humana particular que es la existencia cristiana.
El Espíritu no solo no contradice al cuerpo ni se
opone a él, sino que procede del cuerpo, procede del cuerpo del Resucitado.
Porque la vida que el Espíritu dona es la vida bajo el señorío del amor. Y
lugar del amor es la vida, lugar del amor es la palabra, es decir, lugar del
amor es el cuerpo. ¿Qué cuerpo? El cuerpo que se entrega, que se entrega a sí
mismo, que se despoja para entregarse, como hace Jesús cuando se despoja de sus
vestiduras para ponerse al servicio del cuerpo de sus discípulos lavándoles los
pies y significando así el amor con el que los amaba y con el que los habría
amado hasta la muerte en la cruz. Y también más allá de esa muerte.
Jesús se encuentra con los discípulos allí donde
están, no en la solemnidad de un rito, sino en la desnudez de su vida, en su
miedo, en su cerrazón, y les da aliento y soplo, la capacidad de encontrar un
nuevo soplo, de dilatar la respiración paralizada por el miedo.
Y para hacer esto, el Resucitado no puede sino
presentarse en su debilidad. El Cristo del que hacemos memoria es el Cristo
desnudo, incluso en la gloria del Resucitado. El Resucitado no teme su propia
debilidad, su propia vulnerabilidad; al contrario, muestra como trofeo los
signos del amor, muestra como única gloria el amor, el amor del que son sello
indeleble las heridas recibidas.
Y así, el día de la resurrección es también, para San Juan, el día de Pentecostés: la historia del Resucitado, que acaba de comenzar, da inicio también a la historia de los creyentes en Él. Con un encuentro de amor que, como todo encuentro de amor, tiene lugar en el cuerpo, en la comunicación de cuerpo a cuerpo, del cuerpo del Resucitado al cuerpo asustado y temeroso de los discípulos.
Pero el cuerpo de los discípulos pasa del miedo a la
alegría, la alegría comunitaria al ver al Señor, el Señor manso y amante
incluso en la gloria de la resurrección. Así como el Resucitado dona el Espíritu a través de su cuerpo resucitado y
herido, así el Espíritu, acogido por los discípulos, vivifica su cuerpo
paralizado por el miedo y el cuerpo eclesial que ellos forman inmovilizado en
el encierro.
El Hijo, enviado por el Padre, ha donado a los hombres
el rostro y la humanidad de Dios, y ahora les dona el aliento de Dios gracias
al cual podrán donar al mundo, con sus cuerpos, con sus vidas y con las
relaciones que vivirán, la narración del rostro de Cristo. Narración que, al
donar el perdón, encuentra su momento más alto. La Iglesia no está llamada a
juzgar ni a condenar, sino a narrar la gran obra del Dios que resucitó a Jesús
de entre los muertos: la remisión de los pecados, el perdón.
El Evangelio establece un vínculo entre el Espíritu Santo y el perdón de los
pecados. El Resucitado muestra a los discípulos las heridas de las
manos y del costado y les da la paz y el Espíritu Santo. Perdonar es dar a través de las heridas recibidas, es hacer
del mal sufrido la ocasión de un gesto de amor, es crear paz con una
sobreabundancia de amor que vence el odio y la violencia sufridos.
El Resucitado ha vencido en sí mismo, con el amor, el
mal sufrido y, al manifestar a los discípulos la continuidad de su amor hacia
ellos, les comunica también el camino para participar en su vida de Resucitado:
vencer el mal con el bien, responder a la maldad con la dulzura, hacer prevalecer
la gracia sobre la venganza y la revancha. Antes de ser capacidad de perdón
hacia los demás, el Espíritu enseña al creyente a reconocer el mal que habita
en él y a vencerlo con el bien y el amor.
¿Cómo podría establecer la paz fuera de sí quien no ha establecido la paz en sí mismo? ¿Cómo podría amar al enemigo externo quien no ha comenzado a hacer prevalecer el amor sobre los enemigos internos y sobre el odio hacia sí mismo? Jesús está dando el ejemplo para que, tal como Él lo hizo, así lo hagan también sus discípulos.
Por otra parte, incluso al enviarlos en misión, basa
este envío en su experiencia, en lo que Él mismo ha vivido: «Como
el Padre me envió, así también yo os envío». Como si dijera: yo también
soy un enviado; si os envío, lo hago sobre la base y con la autoridad de quien
participa de la condición en la que ahora os sitúo.
Y si los habilita para el perdón de los pecados,
mostrándoles las heridas recibidas injustamente, les indica la labor de perdón
que Él mismo ha realizado en sí mismo. La expresión fundamental de Jesús en el Cuarto
Evangelio, «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34), encuentra
aquí su explicación.
El amor recíproco en la comunidad será necesariamente
ejercicio de perdón recíproco. Y el anuncio al mundo será necesariamente
anuncio del perdón de Dios y ejercicio de perdón hacia todos. He aquí nuestra
tarea de siempre, pero que se nos recuerda con fuerza en esta fiesta de
Pentecostés: hacer espacio en nosotros al Espíritu porque solo así podemos
hacer espacio en nosotros al amor que responde a las ofensas, a la mirada pura
que en el mal recibido reconoce la ocasión de perdonar, de amar como Jesús
mismo amó.
El dinamismo humano del perdón es largo y fatigoso. Para perdonar hay que renunciar a la voluntad de vengarse; reconocer que se sufre por el mal sufrido y que ese mal nos ha privado realmente de algo; compartir con alguien el relato del mal sufrido; nombrar lo que se ha perdido para poder hacer el duelo; dar a la ira el derecho a expresarse; perdonarse a uno mismo (sobre todo el mal sufrido por personas queridas o cercanas suscita pesados sentimientos de culpa que corren el riesgo de aprisionarnos de por vida); comprender al ofensor, es decir, mirarlo como un hermano al que el mal ha alejado de mí; encontrar un sentido al mal recibido; saberse perdonado por Dios en Cristo. El creyente recorre este camino abriéndose a las energías del Espíritu que hacen reinar a Cristo en él y en sus relaciones.
El Espíritu, además, es siempre a la vez don y promesa. Como don, es
verificable en la vida del creyente y de la Iglesia en los frutos de la
caridad, la paz, la benevolencia, la paciencia y la mansedumbre; como promesa,
abre el futuro, suscita la esperanza y marca el rumbo del camino.
El Espíritu es don
y compromiso: don del Resucitado que compromete a los discípulos en la
misión. Misión que, teniendo en su centro el perdón de los pecados, consiste
esencialmente en dar esperanza, dar una forma vivible al tiempo de los hombres,
abrir horizontes de sentido narrando el perdón de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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