La fuerza de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -
Nuestro corazón es un
terrón de tierra, tierra dispuesta a dar vida a las semillas de Dios.
Ser tierra abierta, capaz de acoger, feliz de recibir
nuevas semillas; ser, como la tierra buena, capaces de multiplicar la vida: esa
es nuestra vocación.
Un
sembrador salió a sembrar. Ya
solo esta frase vibra de alegría y de profecía, llena de promesas y de veranos,
presagio de pan y de hambre saciada. Una vez más, Dios sale a sembrar, esparce
a manos llenas sus gérmenes de vida, y los caminos del mundo y del alma se
regocijan.
Del Evangelio surge la imagen de un Dios que quiere ser
el fecundador incansable de nuestras vidas, mano que da, fuerza que sostiene,
voz que despierta. Él es la certeza de que mañana estaré más vivo.
Gracias a sus semillas en mí, que soy a la vez un
campo de piedras y espinas, tierra buena y corazón pisoteado. Dios es como la
primavera del cosmos, nosotros como el verano perfumado de frutos.
A través de mí, Dios multiplica frutos y vida; sin
embargo, en mí se puede interrumpir el curso de sus maravillas. A menudo no por
malicia, solo por distracción. Pero sé que mi fuerza está en la siembra
incansable y majestuosa de Dios.
Sé que tres veces, como dice la parábola, infinitas
veces, como dice mi experiencia, no respondo, detengo el curso del milagro.
Entonces ocurre que, una vez, respondo: con treinta, sesenta, cien por uno.
La parábola no habla de un labrador torpe en su
trabajo, sino de una confianza: el fruto llegará, la pequeña semilla
prevalecerá. Contra todas las zarzas y espinas, más allá de las piedras y los
transeúntes, siempre hay una tierra que acoge y que florece.
Y aunque la respuesta sea negativa tantas veces, al
final brotará el germen. También en mí, que siento el peso de mis «noes» y el
retraso de los frutos que no maduran; en mí, tierra de zarzas y piedras, de
pasos perdidos y de aves rapaces. Porque la fuerza está en la semilla y «no volverá a mí —dice el Señor— sin haber
dado fruto» (Isaías 55,11).
Estamos llamados a ser sembradores de la Palabra, a
difundirla con la obstinación confiada de la parábola; la confianza de que la
fuerza no está en mí, sino en la Palabra.
Si predicara del Evangelio lo que soy capaz de vivir,
ni siquiera tendría que abrir la boca. Pero yo no predico lo que he logrado,
sino la vida de Dios que habita en la más pequeña de sus palabras.
Intento expresar el poder de la Palabra, más fuerte
que mis cobardías, que derriba las piedras de las tumbas, enciende las
primaveras y se rebela, junto con la creación, contra toda esterilidad.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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