La escucha de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -
Ya sea comparada con la lluvia y la nieve que fecundan
la tierra y la hacen brotar (como afirma Isaías 55,10-11) o con la semilla
sembrada por el sembrador que da fruto en proporciones diferentes según los
distintos tipos de terreno (como se desprende del Evangelio: Mt 13,1-23), la palabra de Dios manifiesta una eficacia
que no es del orden de la magia, sino que requiere la sinergia del hombre.
La conversión es un acto de la libertad del hombre.
Por eso no sorprende que la parábola evangélica del sembrador presente tres de
cada cuatro casos en los que la palabra de Dios queda sin efecto (Mt
13,19.20-21.22) y que incluso el cuarto caso, es decir, aquel en el que la
palabra es escuchada y comprendida, produzca fruto de manera muy diversa («cien,
sesenta, treinta por uno»: Mt 13,23).
Así, el énfasis pasa de la palabra que Dios pronuncia
a la escucha y a la capacidad de comprensión del hombre.
Pero quizá sea precisamente esta parábola la que
expresa una forma de eficacia paradójica de la palabra de Dios, al revelar
diversas formas de escucha inadecuada de la palabra de Dios que llegan a
neutralizar su poder transformador.
Existe la posibilidad de mirar sin ver, de oír sin
escuchar, dice Jesús retomando un texto de Isaías. Y los ojos que no ven y los
oídos que no escuchan revelan un corazón endurecido
(hay que notar la secuencia: corazón, oídos, ojos —ojos, oídos, corazón en Mt
13,15).
El verbo utilizado puede indicar el endurecimiento del
corazón, su «engordamiento», su «embotamiento», su «estupidez».
La estupidez es lo contrario
del asombro. El asombro
agudiza los sentidos, nace de una atención vigilante, de una sensibilidad aguda
y sutil hacia todo lo que existe.
En definitiva, el endurecimiento del corazón es
también aturdimiento, incapacidad para comprender, para abrirse a la acogida.
Corazón engordado y mente embotada: según el Evangelio de Marcos, Jesús no
escatimará estas imágenes a sus discípulos: «¿Tenéis el corazón endurecido?
¿Tenéis ojos y no veis? ¿Tenéis oídos y no oís? ¿No os acordáis…?» (Mc
8,17-18).
La parábola pide, por tanto, que se interprete como
una advertencia: los tipos de terreno son las posibilidades del corazón de cada
uno. Todos los terrenos —los enumerados en la parábola y quizá también muchos
otros que impiden que la palabra dé fruto— están representados en nuestro
corazón.
Y en una vida de fe (porque también la fe, la fe de
cada uno, tiene una historia) se pueden vivir momentos de escucha infructuosa,
ya sea por distracción, porque nuestro corazón está secuestrado por
sufrimientos y preocupaciones que nos roban la paz; porque somos incapaces de
dar continuidad y perseverar en una elección; porque somos superficiales y nos
negamos a descender a lo más profundo de nosotros mismos, allí donde la palabra
podría realmente evangelizar nuestro interior.
O bien porque nos atraen otras palabras y mensajes
decididamente más tentadores que la exigente palabra del Señor y nos parece que
la obediencia a dicha palabra no nos ha aportado ninguna mejora ni ninguna
ventaja.
O bien porque la negligencia y la pereza nos llevan a
perder el ímpetu, a apagar el deseo y a encerrarnos en nosotros mismos, en el
reconfortante recoveco de nuestro pequeño mundo.
O bien porque, en cierto momento, el precio de una
escucha que comprende y transforma nos parece demasiado alto y preferimos seguir
al demonio de la facilidad.
O bien…
Una interesante exégesis de la parábola la interpreta
a la luz de la profesión de fe judía expresada en el Shemá Israel, que pide al hombre que ame a Dios con todo el
corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma.
La tierra buena que da fruto en una proporción de cien
a uno representa a quienes aman a Dios con toda el alma, es decir —según una
interpretación rabínica muy extendida— hasta el don de la vida, hasta el
martirio.
Quien da fruto al sesenta por uno es quien ama a Dios
con todas sus fuerzas, es decir, con todas sus riquezas: son aquellos que
entregan sus bienes, pero no llegan a dar su propia vida; por último, el
terreno que produce al treinta por uno representa a quienes aman a Dios con
todo el corazón, con un corazón firme e indiviso, pero no llegan ni a entregar
sus bienes ni a perder la vida.
Me parece sugerente, en esta interpretación, la
relación que surge entre la escucha y el amor. La escucha abre el camino al
bien, para uno mismo y para los demás, mientras que la falta de escucha
—pensemos en la semilla caída junto al camino y devorada inmediatamente por los
pájaros, explicada en referencia a quien escucha la palabra sin comprenderla
(Mt 13,4.19)— abre el corazón al mal («viene el Maligno y se lleva lo que ha sido
sembrado en su corazón»).
El mal
como cierre a la escucha. La
escucha se erige, pues, como la gran responsabilidad del creyente. Karl Rahner
se refería a los creyentes como el «pueblo de los que escuchan la Palabra de
Dios».
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario