La eficacia de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -
El texto evangélico presenta el comienzo del discurso
de Jesús en parábolas y contiene, tras una breve introducción (vv. 1-3a), la
parábola del sembrador (vv. 3b-9) y su explicación (vv. 18-23). En medio (vv.
10-17) hay un pasaje que aborda la cuestión metodológica: ¿por qué Jesús habla
a las multitudes en parábolas?
En esta parábola, Jesús habla de una realidad
teológica y espiritual (la palabra de Dios y su escucha por parte del hombre)
narrando la historia de un labrador que siembra y ve cómo la semilla cae en
distintos tipos de terreno.
Lo que llama la atención es que, frente a diversas
afirmaciones bíblicas sobre la eficacia de la palabra de Dios (p. ej., Is
55,10-11; Heb 4,12), la parábola evangélica del sembrador presenta una siembra
de la palabra de Dios en la que prevalece claramente su ineficacia: de cuatro
casos, en tres la palabra permanece infructuosa, mientras que en un solo caso
da fruto, y además en tres grados muy diferentes.
Del texto podemos extraer dos consideraciones
diferentes: la primera, sobre los obstáculos que el hombre opone al despliegue
de la eficacia de la palabra de Dios; la segunda, sobre el tipo de eficacia de
la palabra de Dios.
La primera consideración ve en los tres tipos de
escucha que desembocan en la esterilidad tres obstáculos que se oponen a la
acogida fecunda de la palabra. A través de los obstáculos se indican así
también las condiciones positivas gracias a las cuales la palabra puede ser
escuchada y comprendida, y por tanto dar fruto: 1) interiorización; 2) perseverancia;
3) lucha espiritual.
1.- La semilla sembrada junto al camino y devorada por
los pájaros antes incluso de que pueda germinar (Mt 13,4.19) simboliza la
escucha superficial, que no llega a comprender, es decir, a asimilar, a hacer
que la palabra more en uno mismo, a acogerla en el interior, a interiorizarla.
De este modo se señala el trabajo de la interiorización
como esencial para una escucha eficaz. Sin este trabajo interior, la palabra no
puede convertirse en un principio vital que guíe al hombre en su vida.
2.- La semilla caída en terreno pedregoso pone de
manifiesto un tipo de escucha infructuosa porque no va acompañada de la
necesaria perseverancia (Mt
13,5-6.20-21). Es revelador de «aquel que escucha la Palabra y la acoge de
inmediato con alegría, pero no tiene raíces en sí mismo y es inconstante, de
modo que, en cuanto llega una tribulación o una persecución a causa de la
Palabra, enseguida se aparta». Mateo dice que este hombre es un hombre de un momento, incapaz de
perdurar, incapaz de resistir la prueba del tiempo y de convertir su fe en
historia. Al carecer de raíces, no sabe mantenerse firme ante las dificultades
y las persecuciones que la propia Palabra provoca. Nos encontramos ante una
escucha tan entusiasta como superficial. La escucha eficaz requiere una
perseverancia laboriosa y cotidiana.
3.- La semilla sembrada entre las espinas y que quedó
ahogada remite, según la explicación de la parábola, al hombre que, a pesar de
haber escuchado la palabra, se deja seducir por otras palabras, por las
tentaciones mundanas, por la riqueza (Mt 13,7.22), por los «placeres
de la vida» (como añade Lc 8,14). En definitiva, es aquel que no sabe
llevar a cabo la necesaria lucha
interior y espiritual para retener la palabra, para combatir los
pensamientos y las tentaciones, y así se deja distraer y seducir por los ídolos.
La alternativa que plantea el texto bíblico se sitúa
esencialmente entre escuchar sin
comprender (v. 19) y escuchar
y comprender (v. 23): la cuestión es, por tanto, qué tipo de escucha es
capaz de ofrecer el hombre a la palabra.
La escucha que permite que la palabra despliegue su
eficacia es aquella que, al interiorizar y elaborar profundamente la palabra,
al renovarse día a día y someterse a la prueba del tiempo, al fortalecerse
gracias a la lucha contra las seducciones mundanas, lleva al hombre a comprender la palabra, es decir,
a hacerla suya, en una comprensión profunda, espiritual y vital. Una comprensión
que conduce al hombre a la transformación personal.
Las resistencias a la palabra de Dios son las resistencias
a la conversión (cf. Mt 13,15), al esfuerzo del corazón que, para acoger la
palabra, debe dejarse purificar por la propia palabra. Tememos la purificación
y el despojo que la acogida de la Palabra produce en nosotros, del mismo modo
que los terrenos poco profundos, pedregosos o infestados de espinos (cf. Mc
4,1-9.13-20) no acogen la semilla porque, para hacerlo, tendrían que dejarse
arar para quitar las piedras, limpiar de espinos, arar y desbrozar (cf. Is
5,1-7).
La segunda cuestión se refiere al tipo de eficacia
propio de la Palabra de Dios. Es decir: ¿qué entendemos cuando hablamos de la
eficacia de la Palabra de Dios?
Otro texto evangélico utiliza la imagen de la semilla
que, una vez sembrada, debe morir para dar fruto, para ser fecunda. Se trata de
un texto joánico (Jn 12,24) en el que Jesús habla de manera parabólica de la
necesidad de su muerte para cumplir el designio salvífico de Dios.
Según el Nuevo Testamento, Jesús mismo es la Palabra
de Dios (Jn 1,14; Heb 1,2; Ap 19,13) y Jesús ha mostrado el poder salvífico de
Dios en el abajamiento de la cruz. La paradoja cristiana es que el poder de
Dios que procura la salvación de las multitudes manifiesta su eficacia
precisamente en la impotencia «de uno solo» (Rom 5,19).
La cruz es directamente poder y sabiduría de Dios,
revela Pablo a los cristianos de Corinto, en el pasaje en el que afirma que el
Evangelio es «la palabra de la cruz» (1 Cor 1,18).
Así como el acontecimiento pascual, en el que está
implícita la salvación universal, no se impuso a todos, sino que se ofreció, lo
mismo ocurre con la palabra que comunica y da testimonio de ese anuncio. El
poder del amor, que nunca se impone y siempre respeta la libertad del otro,
posee la eficacia propia del don.
Y el don, al igual que el amor, nunca es neutro, ni
siquiera cuando es rechazado. Así como al amor se responde con amor, al don se
responde con gratitud y entrando en la misma lógica del don. E incluso ante
quien lo rechaza, el amor no deja de ser amor, sino que sigue ofreciéndose
unilateralmente. Y así mantiene abierto el camino de la salvación para todos.
La escucha de la palabra de Dios tiene lugar siempre
en el seno de la dinámica pascual, en el marco de una muerte y una
resurrección. No es casualidad que la antigua exégesis cristiana viera en la
semilla caída en tierra buena y que da fruto al cien por uno a los mártires, es decir, a
aquellos que dejan que el dinamismo pascual se despliegue plenamente en ellos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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