lunes, 6 de julio de 2026

La eficacia de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -.

La eficacia de la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -

 

El texto evangélico presenta el comienzo del discurso de Jesús en parábolas y contiene, tras una breve introducción (vv. 1-3a), la parábola del sembrador (vv. 3b-9) y su explicación (vv. 18-23). En medio (vv. 10-17) hay un pasaje que aborda la cuestión metodológica: ¿por qué Jesús habla a las multitudes en parábolas?

 

En esta parábola, Jesús habla de una realidad teológica y espiritual (la palabra de Dios y su escucha por parte del hombre) narrando la historia de un labrador que siembra y ve cómo la semilla cae en distintos tipos de terreno.

 

Lo que llama la atención es que, frente a diversas afirmaciones bíblicas sobre la eficacia de la palabra de Dios (p. ej., Is 55,10-11; Heb 4,12), la parábola evangélica del sembrador presenta una siembra de la palabra de Dios en la que prevalece claramente su ineficacia: de cuatro casos, en tres la palabra permanece infructuosa, mientras que en un solo caso da fruto, y además en tres grados muy diferentes.

 

Del texto podemos extraer dos consideraciones diferentes: la primera, sobre los obstáculos que el hombre opone al despliegue de la eficacia de la palabra de Dios; la segunda, sobre el tipo de eficacia de la palabra de Dios.

 

La primera consideración ve en los tres tipos de escucha que desembocan en la esterilidad tres obstáculos que se oponen a la acogida fecunda de la palabra. A través de los obstáculos se indican así también las condiciones positivas gracias a las cuales la palabra puede ser escuchada y comprendida, y por tanto dar fruto: 1) interiorización; 2) perseverancia; 3) lucha espiritual.

 

1.- La semilla sembrada junto al camino y devorada por los pájaros antes incluso de que pueda germinar (Mt 13,4.19) simboliza la escucha superficial, que no llega a comprender, es decir, a asimilar, a hacer que la palabra more en uno mismo, a acogerla en el interior, a interiorizarla. De este modo se señala el trabajo de la interiorización como esencial para una escucha eficaz. Sin este trabajo interior, la palabra no puede convertirse en un principio vital que guíe al hombre en su vida.

 

2.- La semilla caída en terreno pedregoso pone de manifiesto un tipo de escucha infructuosa porque no va acompañada de la necesaria perseverancia (Mt 13,5-6.20-21). Es revelador de «aquel que escucha la Palabra y la acoge de inmediato con alegría, pero no tiene raíces en sí mismo y es inconstante, de modo que, en cuanto llega una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, enseguida se aparta». Mateo dice que este hombre es un hombre de un momento, incapaz de perdurar, incapaz de resistir la prueba del tiempo y de convertir su fe en historia. Al carecer de raíces, no sabe mantenerse firme ante las dificultades y las persecuciones que la propia Palabra provoca. Nos encontramos ante una escucha tan entusiasta como superficial. La escucha eficaz requiere una perseverancia laboriosa y cotidiana.

 

3.- La semilla sembrada entre las espinas y que quedó ahogada remite, según la explicación de la parábola, al hombre que, a pesar de haber escuchado la palabra, se deja seducir por otras palabras, por las tentaciones mundanas, por la riqueza (Mt 13,7.22), por los «placeres de la vida» (como añade Lc 8,14). En definitiva, es aquel que no sabe llevar a cabo la necesaria lucha interior y espiritual para retener la palabra, para combatir los pensamientos y las tentaciones, y así se deja distraer y seducir por los ídolos.

 

La alternativa que plantea el texto bíblico se sitúa esencialmente entre escuchar sin comprender (v. 19) y escuchar y comprender (v. 23): la cuestión es, por tanto, qué tipo de escucha es capaz de ofrecer el hombre a la palabra.

 

La escucha que permite que la palabra despliegue su eficacia es aquella que, al interiorizar y elaborar profundamente la palabra, al renovarse día a día y someterse a la prueba del tiempo, al fortalecerse gracias a la lucha contra las seducciones mundanas, lleva al hombre a comprender la palabra, es decir, a hacerla suya, en una comprensión profunda, espiritual y vital. Una comprensión que conduce al hombre a la transformación personal.

 

Las resistencias a la palabra de Dios son las resistencias a la conversión (cf. Mt 13,15), al esfuerzo del corazón que, para acoger la palabra, debe dejarse purificar por la propia palabra. Tememos la purificación y el despojo que la acogida de la Palabra produce en nosotros, del mismo modo que los terrenos poco profundos, pedregosos o infestados de espinos (cf. Mc 4,1-9.13-20) no acogen la semilla porque, para hacerlo, tendrían que dejarse arar para quitar las piedras, limpiar de espinos, arar y desbrozar (cf. Is 5,1-7).

 

La segunda cuestión se refiere al tipo de eficacia propio de la Palabra de Dios. Es decir: ¿qué entendemos cuando hablamos de la eficacia de la Palabra de Dios?

 

Otro texto evangélico utiliza la imagen de la semilla que, una vez sembrada, debe morir para dar fruto, para ser fecunda. Se trata de un texto joánico (Jn 12,24) en el que Jesús habla de manera parabólica de la necesidad de su muerte para cumplir el designio salvífico de Dios.

 

Según el Nuevo Testamento, Jesús mismo es la Palabra de Dios (Jn 1,14; Heb 1,2; Ap 19,13) y Jesús ha mostrado el poder salvífico de Dios en el abajamiento de la cruz. La paradoja cristiana es que el poder de Dios que procura la salvación de las multitudes manifiesta su eficacia precisamente en la impotencia «de uno solo» (Rom 5,19).

 

La cruz es directamente poder y sabiduría de Dios, revela Pablo a los cristianos de Corinto, en el pasaje en el que afirma que el Evangelio es «la palabra de la cruz» (1 Cor 1,18).

 

Así como el acontecimiento pascual, en el que está implícita la salvación universal, no se impuso a todos, sino que se ofreció, lo mismo ocurre con la palabra que comunica y da testimonio de ese anuncio. El poder del amor, que nunca se impone y siempre respeta la libertad del otro, posee la eficacia propia del don.

 

Y el don, al igual que el amor, nunca es neutro, ni siquiera cuando es rechazado. Así como al amor se responde con amor, al don se responde con gratitud y entrando en la misma lógica del don. E incluso ante quien lo rechaza, el amor no deja de ser amor, sino que sigue ofreciéndose unilateralmente. Y así mantiene abierto el camino de la salvación para todos.

 

La escucha de la palabra de Dios tiene lugar siempre en el seno de la dinámica pascual, en el marco de una muerte y una resurrección. No es casualidad que la antigua exégesis cristiana viera en la semilla caída en tierra buena y que da fruto al cien por uno a los mártires, es decir, a aquellos que dejan que el dinamismo pascual se despliegue plenamente en ellos.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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