lunes, 6 de julio de 2026

Escuchar la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -.

Escuchar la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -

 

Con ésta, Mateo comienza algunas parábolas que recoge en su capítulo 13, el tercer discurso extenso de Jesús en este evangelio, denominado precisamente «discurso parabólico».

 

La época en la que las multitudes escuchaban con entusiasmo a Jesús parece haber llegado a su fin y, a estas alturas, ya se ha manifestado la hostilidad de los líderes religiosos judíos, que han llegado a la decisión de «acabar con él» (cf. Mt 12,14).

 

Sí, así sucedió y así sigue sucediendo hoy en día con quienes predican y anuncian verdaderamente el Evangelio.

 

Y nosotros podemos sentirnos no solo perplejos, sino a veces consternados: cada domingo, entre nosotros, millones de hombres y mujeres que creen, o dicen creer, en Jesucristo se reúnen en las iglesias para escuchar la Palabra de Dios y convertirse eucarísticamente en un solo Cuerpo en Cristo.

 

Pero constatamos que a esta participación en la liturgia no le sigue ningún cambio: no ocurre nada que manifieste el Reino de Dios que viene. ¿Por qué ocurre esto? ¿Acaso la Palabra de Dios es ineficaz? ¿Quien la predica, predica en realidad sus propias palabras? ¿Y quien la escucha, escucha de verdad y acoge la Palabra de Dios? ¿Y quien la acoge, es luego coherente, hasta el punto de hacerla realidad en su propia vida?

 

Cuando Mateo escribe esta página en la que presenta a Jesús en la barca anunciando las parábolas, preguntas similares resuenan también en su comunidad cristiana.

 

Los cristianos, de hecho, saben que la palabra de Dios es dabar, es un acontecimiento que se realiza; saben que, al salir de Dios, siempre produce su efecto (cf. Is 55,10-11): ¿y entonces por qué se predica tanta Palabra, ante un resultado tan escaso?

 

Pero las parábolas de Jesús, relatos que pretenden revelar un sentido oculto, pueden iluminarnos. Jesús recurre a la realidad, al mundo campesino de Galilea, a lo que ha visto, contemplado y pensado, porque se tomaba su tiempo para observar y encontrar inspiración para sus palabras, que no llegaban a los intelectuales, sino a gente sencilla, dispuesta a escuchar. Habiendo visto en numerosas ocasiones el trabajo de los campesinos, así comienza Jesús a contar, con palabras muy conocidas, que por eso deben escucharse con aún más atención:

 

En esta parábola sorprende la cantidad de semilla que arroja el sembrador, y quien no sepa que en Palestina primero se sembraba y luego se araba para enterrar la semilla, podría pensar que se trata de un labrador descuidado…

 

En cambio, la semilla es abundante porque abundante es la Palabra de Dios, que debe ser sembrada, arrojada como una semilla, sin parsimonia. Pero el predicador que la anuncia sabe que, ante todo, hay oyentes que la oyen resonar, pero que en realidad no la escuchan. Superficiales, sin gran interés ni pasión por la Palabra, la oyen pero no le hacen espacio en su corazón, y así es inmediatamente arrebatada, llevada lejos.

 

Luego hay oyentes que tienen un corazón capaz de acoger la Palabra, incluso pueden entusiasmarse con ella, pero carecen de vida interior; su corazón no es profundo, no ofrece las condiciones para hacerla crecer, y entonces esa predicación resulta estéril: algo brota por un tiempo, pero, al no recibir alimento, enseguida se seca y muere.

 

Otros oyentes tendrían todas las posibilidades de ser fecundos; acogen la Palabra, la custodian, sienten que les hiere el corazón, pero tienen en el corazón otras presencias poderosas y dominantes: la riqueza, el éxito y el poder. Estos son los ídolos que siempre se asoman, con rostros nuevos y diferentes, en el corazón del creyente. Estas presencias no dejan lugar a la presencia de la Palabra, que se ve contrarrestada y, por tanto, muere por falta de espacio.

 

Pero también hay quien acoge la Palabra, la reflexiona, la interpreta, la medita, la reza y la pone en práctica en su propia vida.

 

Ciertamente, el resultado de una siembra tan abundante puede parecer decepcionante: tanta semilla, tanto trabajo, y tan escaso el resultado… Pero no hay que temer lo pequeño: ¡lo que importa es que se genere el fruto!

 

Estos relatos en forma de parábolas no eran habituales entre los rabinos de la época de Jesús, y también por eso los discípulos le preguntan por su estilo particular a la hora de anunciar el Reino que viene.

 

Jesús les responde con palabras que nos sorprenden, nos intrigan y nos exigen una gran responsabilidad: «A vosotros se os ha entregado el conocimiento de los misterios del reino de los cielos». Sí, precisamente a los humildes discípulos les ha sido confiado y entregado, por parte de Dios, lo que atañe a su Reino.

 

Por don de Dios, tienen acceso a un conocimiento que les hace capaces de ver cómo se levanta el velo sobre el misterio, sobre lo que había estado oculto para ser revelado. No es un privilegio para los discípulos, sino una gran responsabilidad: ¡se les ha dado el conocimiento de cómo actúa Dios en la historia de la salvación!

 

Pero he aquí que, inmediatamente después, se anuncia una contraposición: hay, en cambio, otros que, aunque ven, no ven; aunque oyen, no escuchan ni comprenden, permaneciendo encerrados en su autosuficiencia, en su autorreferencialidad religiosa.

 

Y hay que prestar especial atención a los semitismos de estas palabras de Jesús, inspiradas en el profeta Isaías (cf. Is 6,9-10): no pretenden indicar un capricho por parte de Dios, que entregaría el Reino a unos y se lo negaría a otros. Por el contrario, hay que comprender que quien es destinatario de la palabra predicada por Dios y no la escucha, sino que la deja pasar, no permanece en la situación inicial.

 

La «Palabra de Dios», siempre «viva y eficaz» (Hb 4,12), cuando es acogida, salva, sana y da vida; por el contrario, cuando es rechazada, provoca la enfermedad de la dureza de corazón, que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra, cada vez más incapaz de sentirse conmovido y herido por ella.

 

Así es, pero no por voluntad de Dios, sino por el rechazo por parte del ser humano: se le ofrece la vida, pero no la acoge, y en consecuencia se encamina hacia la muerte…

 

A menudo, el pueblo de Israel, pero también el pueblo de los discípulos de Jesús, tiene el corazón endurecido, los oídos cerrados, los ojos cegados, y así no solo no comprende, sino que ni siquiera discierne la palabra del Señor y no hace ningún intento de conversión, de retorno a Dios, quien siempre nos espera para sanar nuestros oídos y nuestros ojos.

 

Bastaría con reconocer y afirmar: «¡Somos ciegos, somos sordos, háblanos, Señor!». Y, sin embargo, los días terrenales de Jesús eran «un momento propicio» (2 Cor 6,2), el momento de la visita de Dios (cf. Lc 19,44), el momento de la misericordia del Señor (cf. Lc 4,19).

 

Por eso Jesús dice a los discípulos que le rodean: «Bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo: muchos profetas y muchos justos de la antigua alianza deseaban estar presentes en los días del Mesías, soñaban con verlo actuar y escuchar sus palabras, pero no les fue posible. Vosotros, en cambio, a quienes he llamado y que me habéis seguido, habéis podido ver con vuestros propios ojos y escuchar con vuestros propios oídos».

 

Incluso el discípulo amado podrá añadir, con audacia: «Habéis podido palpar con vuestras propias manos la Palabra de vida» (cf. 1 Jn 1,1). No una idea, no una ideología, no una doctrina, no una ética, sino un hombre, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, ¡venido de Dios! «Vosotros lo habéis encontrado y lo habéis experimentado con vuestros sentidos. Sí, ¡dichosos vosotros!».

 

Por tanto, a nosotros, que escuchamos la Palabra y acogemos su semilla en nuestro corazón, no nos queda más que velar y estar atentos: la Palabra viene a nosotros y, ante todo, debemos interiorizarla, custodiarla, meditarla y dejarnos inspirar por ella; debemos perseverar en esta escucha y en esta custodia en nuestro corazón; por último, debemos prepararnos para la lucha espiritual con el fin de custodiarla, hacerle espacio y defenderla de aquellas presencias que querrían robárnosla. En resumen, basta con tener fe en ella: la Palabra, «el Evangelio es poder de Dios» (Rom 1,16).

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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