Escuchar la Palabra - San Mateo 13, 1-23 -
Con ésta, Mateo comienza algunas parábolas que recoge en
su capítulo 13, el tercer discurso extenso de Jesús en este evangelio,
denominado precisamente «discurso parabólico».
La época en la que las multitudes escuchaban con
entusiasmo a Jesús parece haber llegado a su fin y, a estas alturas, ya se ha
manifestado la hostilidad de los líderes religiosos judíos, que han llegado a
la decisión de «acabar con él» (cf. Mt 12,14).
Sí, así sucedió y así sigue sucediendo hoy en día con
quienes predican y anuncian verdaderamente el Evangelio.
Y nosotros podemos sentirnos no solo perplejos, sino a
veces consternados: cada domingo, entre nosotros, millones de hombres y mujeres
que creen, o dicen creer, en Jesucristo se reúnen en las iglesias para escuchar
la Palabra de Dios y convertirse eucarísticamente en un solo Cuerpo en Cristo.
Pero constatamos que a esta participación en la
liturgia no le sigue ningún cambio: no ocurre nada que manifieste el Reino de
Dios que viene. ¿Por qué ocurre esto? ¿Acaso la Palabra de Dios es ineficaz?
¿Quien la predica, predica en realidad sus propias palabras? ¿Y quien la
escucha, escucha de verdad y acoge la Palabra de Dios? ¿Y quien la acoge, es
luego coherente, hasta el punto de hacerla realidad en su propia vida?
Cuando Mateo escribe esta página en la que presenta a
Jesús en la barca anunciando las parábolas, preguntas similares resuenan
también en su comunidad cristiana.
Los cristianos, de hecho, saben que la palabra de Dios
es dabar,
es un acontecimiento que se realiza; saben que, al salir de Dios, siempre
produce su efecto (cf. Is 55,10-11): ¿y entonces por qué se predica tanta
Palabra, ante un resultado tan escaso?
Pero las parábolas de Jesús, relatos que pretenden
revelar un sentido oculto, pueden iluminarnos. Jesús recurre a la realidad, al
mundo campesino de Galilea, a lo que ha visto, contemplado y pensado, porque se
tomaba su tiempo para observar y encontrar inspiración para sus palabras, que
no llegaban a los intelectuales, sino a gente sencilla, dispuesta a escuchar.
Habiendo visto en numerosas ocasiones el trabajo de los campesinos, así
comienza Jesús a contar, con palabras muy conocidas, que por eso deben escucharse
con aún más atención:
En esta parábola sorprende la cantidad de semilla que
arroja el sembrador, y quien no sepa que en Palestina primero se sembraba y
luego se araba para enterrar la semilla, podría pensar que se trata de un
labrador descuidado…
En cambio, la semilla es abundante porque abundante es
la Palabra de Dios, que debe ser sembrada, arrojada como una semilla, sin
parsimonia. Pero el predicador que la anuncia sabe que, ante todo, hay oyentes
que la oyen resonar, pero que en realidad no la escuchan. Superficiales, sin
gran interés ni pasión por la Palabra, la oyen pero no le hacen espacio en su
corazón, y así es inmediatamente arrebatada, llevada lejos.
Luego hay oyentes que tienen un corazón capaz de
acoger la Palabra, incluso pueden entusiasmarse con ella, pero carecen de vida
interior; su corazón no es profundo, no ofrece las condiciones para hacerla
crecer, y entonces esa predicación resulta estéril: algo brota por un tiempo,
pero, al no recibir alimento, enseguida se seca y muere.
Otros oyentes tendrían todas las posibilidades de ser
fecundos; acogen la Palabra, la custodian, sienten que les hiere el corazón,
pero tienen en el corazón otras presencias poderosas y dominantes: la riqueza,
el éxito y el poder. Estos son los ídolos que siempre se asoman, con rostros
nuevos y diferentes, en el corazón del creyente. Estas presencias no dejan
lugar a la presencia de la Palabra, que se ve contrarrestada y, por tanto,
muere por falta de espacio.
Pero también hay quien acoge la Palabra, la
reflexiona, la interpreta, la medita, la reza y la pone en práctica en su
propia vida.
Ciertamente, el resultado de una siembra tan abundante
puede parecer decepcionante: tanta semilla, tanto trabajo, y tan escaso el
resultado… Pero no hay que temer lo pequeño: ¡lo que importa es que se genere
el fruto!
Estos relatos en forma de parábolas no eran habituales
entre los rabinos de la época de Jesús, y también por eso los discípulos le
preguntan por su estilo particular a la hora de anunciar el Reino que viene.
Jesús les responde con palabras que nos sorprenden,
nos intrigan y nos exigen una gran responsabilidad: «A vosotros se os ha entregado el
conocimiento de los misterios del reino de los cielos». Sí,
precisamente a los humildes discípulos les ha sido confiado y entregado, por
parte de Dios, lo que atañe a su Reino.
Por don de Dios, tienen acceso a un conocimiento que
les hace capaces de ver cómo se levanta el velo sobre el misterio, sobre lo que
había estado oculto para ser revelado. No es un privilegio para los discípulos,
sino una gran responsabilidad: ¡se les ha dado el conocimiento de cómo actúa
Dios en la historia de la salvación!
Pero he aquí que, inmediatamente después, se anuncia
una contraposición: hay, en cambio, otros que, aunque ven, no ven; aunque oyen,
no escuchan ni comprenden, permaneciendo encerrados en su autosuficiencia, en
su autorreferencialidad religiosa.
Y hay que prestar especial atención a los semitismos
de estas palabras de Jesús, inspiradas en el profeta Isaías (cf. Is 6,9-10): no
pretenden indicar un capricho por parte de Dios, que entregaría el Reino a unos
y se lo negaría a otros. Por el contrario, hay que comprender que quien es
destinatario de la palabra predicada por Dios y no la escucha, sino que la deja
pasar, no permanece en la situación inicial.
La «Palabra de Dios», siempre «viva
y eficaz» (Hb 4,12), cuando es acogida, salva, sana y da vida; por el
contrario, cuando es rechazada, provoca la enfermedad de la dureza de corazón,
que se vuelve cada vez más insensible a la Palabra, cada vez más incapaz de
sentirse conmovido y herido por ella.
Así es, pero no por voluntad de Dios, sino por el
rechazo por parte del ser humano: se le ofrece la vida, pero no la acoge, y en
consecuencia se encamina hacia la muerte…
A menudo, el pueblo de Israel, pero también el pueblo
de los discípulos de Jesús, tiene el corazón endurecido, los oídos cerrados,
los ojos cegados, y así no solo no comprende, sino que ni siquiera discierne la
palabra del Señor y no hace ningún intento de conversión, de retorno a Dios,
quien siempre nos espera para sanar nuestros oídos y nuestros ojos.
Bastaría con reconocer y afirmar: «¡Somos
ciegos, somos sordos, háblanos, Señor!». Y, sin embargo, los días
terrenales de Jesús eran «un momento propicio» (2 Cor 6,2), el
momento de la visita de Dios (cf. Lc 19,44), el momento de la misericordia del
Señor (cf. Lc 4,19).
Por eso Jesús dice a los discípulos que le rodean: «Bienaventurados
vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo:
muchos profetas y muchos justos de la antigua alianza deseaban estar presentes
en los días del Mesías, soñaban con verlo actuar y escuchar sus palabras, pero
no les fue posible. Vosotros, en cambio, a quienes he llamado y que me habéis
seguido, habéis podido ver con vuestros propios ojos y escuchar con vuestros
propios oídos».
Incluso el discípulo amado podrá añadir, con audacia:
«Habéis
podido palpar con vuestras propias manos la Palabra de vida» (cf. 1 Jn
1,1). No una idea, no una ideología, no una doctrina, no una ética, sino un
hombre, Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, ¡venido de Dios! «Vosotros
lo habéis encontrado y lo habéis experimentado con vuestros sentidos. Sí,
¡dichosos vosotros!».
Por tanto, a nosotros, que escuchamos la Palabra y
acogemos su semilla en nuestro corazón, no nos queda más que velar y estar
atentos: la Palabra viene a nosotros y, ante todo, debemos interiorizarla,
custodiarla, meditarla y dejarnos inspirar por ella; debemos perseverar en esta
escucha y en esta custodia en nuestro corazón; por último, debemos prepararnos
para la lucha espiritual con el fin de custodiarla, hacerle espacio y
defenderla de aquellas presencias que querrían robárnosla. En resumen, basta
con tener fe en ella: la Palabra, «el Evangelio es poder de Dios» (Rom
1,16).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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