Habla, Señor, que tu siervo escucha - San Mateo 13, 1-23 -
Jesús, tras salir de la casa de Cafarnaúm en la que
solía retirarse con su comunidad, se dirige al mar de Galilea, donde se le une
una multitud numerosa. Decide, pues, sentarse en una barca y, desde allí,
dirige su enseñanza a las personas reunidas a orillas del lago.
Jesús no pronuncia discursos largos y complicados,
sino que, como es habitual en él, recurre a breves parábolas, creaciones
sapienciales y literarias que surgen de su capacidad de generosidad y de
contemplación de lo real, del tiempo dedicado a reflexionar sobre los
acontecimientos cotidianos que observa.
Aquí nos encontramos en el corazón de la singularidad
de Jesús como Maestro: es a través de sus parábolas como proclama de manera
sencilla «cosas ocultas desde la fundación del mundo» (Mt 13,35; cf. Sal
78,2).
La primera parábola del capítulo 13 del Evangelio de
San Mateo, la que narra la semilla caída en los distintos tipos de terreno, es
la más importante y de ella dependen las siguientes. De hecho, es una especie
de parábola en acción: cuando Jesús afirma que «el sembrador sale a sembrar»,
se refiere a su siembra de «la palabra del Reino» en quienes le
escuchan en la orilla y, por tanto, describe la acogida o el rechazo de dicha
palabra por parte de ellos. Por eso dirige a la inteligencia de sus corazones
la exhortación: «¡El que tenga oídos, que oiga!».
Según las costumbres agrícolas palestinas, la siembra
se realizaba antes de que se arara el terreno fértil: el labrador esparcía la
semilla con abundancia por todas partes, de una manera que sin duda nos
sorprende. Así —dice Jesús— una parte de la semilla cae junto al camino, donde
es devorada por los pájaros; otra parte cae entre las piedras y brota
enseguida, pero luego, al salir el sol, se seca por falta de raíces; otra parte
cae entre las espinas, que pronto la ahogan; otra parte, por fin, cae en tierra
buena y da fruto: donde el ciento, donde el sesenta, donde el treinta.
Luego Jesús vuelve a entrar en casa (cf. Mc 4,10) y, a
solas con los discípulos, les explica el significado de lo que acaba de contar,
enseñándoles cómo escuchar la palabra de Dios que Él les ha anunciado con
abundancia.
Pero los cuatro tipos de terreno de los que habla
Jesús se encuentran todos, uno tras otro, en nuestro único corazón: ¡son cuatro
posibles respuestas a la Palabra!
En primer lugar, hay que interiorizar la Palabra, «meditarla»
con atención; de lo contrario, el Maligno se la arrebata inmediatamente de
nuestro corazón: una escucha superficial no es una verdadera escucha, es
infructuosa como la semilla sembrada junto al camino.
Además, hay que perseverar en la escucha: es fácil
acoger la Palabra con alegría durante un breve tiempo, dejar que dé fruto por
un instante, como la semilla entre las piedras; pero así se es una persona «de un
momento», sin raíces, incapaz de hacer frente a la prueba del tiempo y
a las tribulaciones que conlleva una escucha auténtica.
También hay que luchar contra los seductores ídolos
mundanos, en particular el de la acumulación de riquezas; de lo contrario, la
Palabra queda ahogada como la semilla entre las espinas y no llega a dar el
fruto de una fe madura.
Por último —dice Jesús— «la semilla sembrada en buena tierra
es la de quien escucha la Palabra y la comprende; da fruto y produce unas veces
el ciento, otras el sesenta y otras el treinta». Esta es la escucha de
la Palabra realizada «con un corazón bello y bueno» (Lc
8,15), que se opone a lo que, según la Escritura, es la enfermedad más
peligrosa: la dureza de corazón (cf. Dt 10,16).
Un ejercicio diario de escucha que, sin embargo, no
debe entenderse como un esfuerzo meritorio, sino como una preparación para que
la Palabra de Dios pueda obrar en nosotros.
De hecho, hay que ser conscientes de que la Palabra es
siempre eficaz (cf. Is 55,10-11; Hb 4,12-13) y, en su poder, nunca deja tal y
como estaba lo que encuentra en la situación inicial.
Ante ella no se puede permanecer neutral e
indiferente: o se acoge y uno se convierte, o bien, si es rechazada, endurece
el corazón de quien la rechaza, como dice Jesús a los discípulos citando al
profeta Isaías (cf. Is 6,9-10).
Es lo que ocurre también ante la persona de Jesús: es
él, la Palabra hecha hombre, «el misterio del Reino de los Cielos»;
de la comunión con Él depende la fecundidad de nuestra vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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