lunes, 6 de julio de 2026

Semilla (meditación contemplativa de un misionero claretiano) - San Mateo 13, 1-23 -.

Semilla (meditación contemplativa de un misionero claretiano) - San Mateo 13, 1-23 -

 

«Como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber regado la tierra…».

 

Y así te das cuenta de que todo te atraviesa, de que el hombre es tierra, tierra de verdad, que no es solo una metáfora, y de que, por lo tanto, tienes una necesidad vital de que lluevan palabras y gestos de amor.

 

Y así te das cuenta de que eres tierra y que, por lo tanto, también estás hecho de sequías y de cosechas devastadas por la furia de una tormenta. Y de semillas sembradas solo aparentemente en vano. Porque la tierra lo absorbe todo y nada deja intacto.

 

Que también llueven silencios, pues, y que incluso esos penetren en nuestro interior, hasta transfigurarse en arrugas y lágrimas, hasta cambiarnos el color de los ojos.

 

Somos tierra. Estamos amasados a cada instante y siempre expuestos al riesgo de que nos juzguen en función de la cosecha que se guarda en los graneros. Pero la lluvia y la nieve siempre penetran en profundidad, y en tiempos de sequía desciende un sol que te quema hasta las raíces, y también esto está destinado a volver al remitente llevando consigo algún tipo de fruto. Si recordamos que somos tierra.

 

Qué es un fruto es la verdadera pregunta legítima. No es solo la cosecha que hay que amontonar al final del día, no es solo lo que queda una vez quemados los restos; lo que dirá quiénes hemos sido al final de nuestra breve huella en la corteza terrestre será todo, cada cosa que llueve del cielo.

 

Pero el primer fruto es aprender a salir y a lanzar la semilla. Como el sembrador de la parábola. Lo que significa corromperse. Comprometerse. Exponerse. Aunque te llames Dios, sobre todo si te llamas Dios. Salir y lanzarse, es decir, aceptar ensuciarse, perderse, defraudar las expectativas, trastocar las previsiones.

 

Y esto ya es un fruto, aunque dejara vacíos los graneros, porque significa perder esa seductora perfección de la semilla, esa eterna promesa garantizada por una protección que mantiene inalterada toda posibilidad.

 

El primer fruto verdadero es descender del cielo como lluvia, como nieve, como nuestro Señor; el primer fruto, a menudo también el único, es salir de la mano del sembrador, pudrirse bajo una capa de barro, perder la dignidad, perder la perfección, perder el tiempo, perder el rumbo, perder lo que te habías ganado permaneciendo en el centro de la palma del Todopoderoso fecundador. El primer fruto verdadero es salir y perderse.

 

El sembrador sale y lanza, y hay que contener la respiración; el vuelo es, en cualquier caso, siempre y únicamente una caída, un riesgo poco calculado y con un final ya escrito; la vida es una parábola hacia el choque final; la semilla está perdida; el rostro de Dios se mancha para siempre de tierra.

 

Encarnación. La corrupción de la idea, la mediación, el compromiso, la posibilidad del fracaso, la parábola de la descomposición que se contrapone al mundo ideal de la perfección; no es casualidad que quien está demasiado limpio resulte estéril.

 

Salir es perderse, como experimentar la debilidad de cada palabra en el momento exacto en que intentas plasmar en el papel el resplandor de una intuición, y, sin embargo, también esto es fruto, como la lluvia y la nieve; tampoco esto vuelve con las manos vacías; todo lo que se transforma y nos transforma, todo lo que se corrompe, se desvirtúa, se pudre y puede incluso no germinar, todo lo que no se queda en el mundo estéril de los perfectos ya es fruto.

 

Y entonces, bendito sea el camino, y todas las resistencias que se oponen a nuestra figura. Bendito sea el camino que se ha cerrado como una armadura para rechazar la fecundación de las siembras. Benditos sean los rostros que me han cerrado la puerta en las narices, bendito sea quien ha cerrado los ojos y el corazón a los proyectos del Reino, bendito seas también tú, que no has querido saber nada de mí, que me has acorralado en un rincón devolviendo al remitente, con extrema violencia, todas mis palabras. Os prometo que no moriré antes de que el encuentro con vosotros haya dado fruto; os juro que me habéis cambiado y que ya solo eso os hace semejantes a la lluvia y a la nieve divina.

 

Y bendita sea mi vida cuando no ha respondido a las expectativas, cuando se ha cerrado y ha dejado decepción en los rostros de los demás; benditas sean las personas que cambian de opinión, que desvirtúan el perfil ideal y perfecto que se habían construido de mí, benditos sean aquellos que ya no me ven inmaculado y eternamente prometedor como una semilla, benditos sean aquellos que no mitifican al hermano para crearse una coartada que les preserve de comprometerse con lo real.

 

Bendita sea mi vida cuando no se ha dejado convencer por la vanidad de tanta semilla vana de una falsa promesa de vida. Y bendito sea mi Señor, que, acariciando la dura piel del camino, la tierra pisoteada e infértil, me la ha mostrado como un tesoro incomparable.

 

Bendito sea el terreno pedregoso y todas mis ideas que no han echado raíces; benditos sean los entusiasmos de los primeros brotes repentinos y las risas liberadoras de ahora; ¡menos mal que mis «omnipotentes» sueños misioneros y visiones pastorales no han echado raíces! Y es un tesoro, ya es un tesoro incluso aquello por lo que habría dado la vida y de lo que ahora ya no queda nada. Esto ya es fruto.

 

Y benditas sean las zarzas que ahogan nuestros proyectos pastorales, benditas sean las zarzas difíciles de manejar, peligrosas y dolorosas. Benditas sean las espinas que nos obligan al doloroso fracaso; cuánto tiempo más tendrá que pasar antes de que empecemos a dar gracias por todas las circunstancias que nos están desenmascarando. La zarza es como la lluvia y como la nieve; el verdadero problema es cuando no nos dejamos transformar, es cuando no permitimos que la vida nos hable.

 

Y qué asombro, la tierra bella y buena que da fruto inesperado y multiplicado. De alguna manera, ni siquiera ella responde a las expectativas, se burla de nosotros, produce más de lo debido, supera los sueños del sembrador.

 

Y así, al final, resulta que la vida nunca responde a las expectativas, sino que nos pide, nos pide únicamente que le dejemos llover sobre nosotros con la esperanza de que intentemos interpretarla para comprender que nada, pero absolutamente nada, llega para dejarnos intactos como semillas en una vitrina.

 

Y que, si hay un infierno, es únicamente el de no escuchar esta historia, el de atravesar la vida en vano, aferrados a nuestra idea perfecta, limpia y estéril de la semilla.

 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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