Semilla (meditación contemplativa de un misionero claretiano) - San Mateo 13, 1-23 -
«Como la lluvia y la
nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber regado la tierra…».
Y así te das cuenta de que todo te atraviesa, de que
el hombre es tierra, tierra de verdad, que no es solo una metáfora, y de que,
por lo tanto, tienes una necesidad vital de que lluevan palabras y gestos de amor.
Y así te das cuenta de que eres tierra y que, por lo
tanto, también estás hecho de sequías y de cosechas devastadas por la furia de
una tormenta. Y de semillas sembradas solo aparentemente en vano. Porque la
tierra lo absorbe todo y nada deja intacto.
Que también llueven silencios, pues, y que incluso
esos penetren en nuestro interior, hasta transfigurarse en arrugas y lágrimas,
hasta cambiarnos el color de los ojos.
Somos tierra. Estamos amasados a cada instante y
siempre expuestos al riesgo de que nos juzguen en función de la cosecha que se
guarda en los graneros. Pero la lluvia y la nieve siempre penetran en
profundidad, y en tiempos de sequía desciende un sol que te quema hasta las
raíces, y también esto está destinado a volver al remitente llevando consigo
algún tipo de fruto. Si recordamos que somos tierra.
Qué es un fruto es la verdadera pregunta legítima. No
es solo la cosecha que hay que amontonar al final del día, no es solo lo que
queda una vez quemados los restos; lo que dirá quiénes hemos sido al final de
nuestra breve huella en la corteza terrestre será todo, cada cosa que llueve
del cielo.
Pero el primer fruto es aprender a salir y a lanzar la
semilla. Como el sembrador de la parábola. Lo que significa corromperse.
Comprometerse. Exponerse. Aunque te llames Dios, sobre todo si te llamas Dios.
Salir y lanzarse, es decir, aceptar ensuciarse, perderse, defraudar las
expectativas, trastocar las previsiones.
Y esto ya es un fruto, aunque dejara vacíos los
graneros, porque significa perder esa seductora perfección de la semilla, esa
eterna promesa garantizada por una protección que mantiene inalterada toda
posibilidad.
El primer fruto verdadero es descender del cielo como
lluvia, como nieve, como nuestro Señor; el primer fruto, a menudo también el
único, es salir de la mano del sembrador, pudrirse bajo una capa de barro,
perder la dignidad, perder la perfección, perder el tiempo, perder el rumbo,
perder lo que te habías ganado permaneciendo en el centro de la palma del
Todopoderoso fecundador. El primer fruto verdadero es salir y perderse.
El sembrador sale y lanza, y hay que contener la
respiración; el vuelo es, en cualquier caso, siempre y únicamente una caída, un
riesgo poco calculado y con un final ya escrito; la vida es una parábola hacia
el choque final; la semilla está perdida; el rostro de Dios se mancha para
siempre de tierra.
Encarnación. La corrupción de la idea, la mediación,
el compromiso, la posibilidad del fracaso, la parábola de la descomposición que
se contrapone al mundo ideal de la perfección; no es casualidad que quien está
demasiado limpio resulte estéril.
Salir es perderse, como experimentar la debilidad de
cada palabra en el momento exacto en que intentas plasmar en el papel el
resplandor de una intuición, y, sin embargo, también esto es fruto, como la
lluvia y la nieve; tampoco esto vuelve con las manos vacías; todo lo que se
transforma y nos transforma, todo lo que se corrompe, se desvirtúa, se pudre y
puede incluso no germinar, todo lo que no se queda en el mundo estéril de los
perfectos ya es fruto.
Y entonces, bendito sea el camino, y todas las
resistencias que se oponen a nuestra figura. Bendito sea el camino que se ha
cerrado como una armadura para rechazar la fecundación de las siembras.
Benditos sean los rostros que me han cerrado la puerta en las narices, bendito
sea quien ha cerrado los ojos y el corazón a los proyectos del Reino, bendito
seas también tú, que no has querido saber nada de mí, que me has acorralado en
un rincón devolviendo al remitente, con extrema violencia, todas mis palabras.
Os prometo que no moriré antes de que el encuentro con vosotros haya dado
fruto; os juro que me habéis cambiado y que ya solo eso os hace semejantes a la
lluvia y a la nieve divina.
Y bendita sea mi vida cuando no ha respondido a las
expectativas, cuando se ha cerrado y ha dejado decepción en los rostros de los
demás; benditas sean las personas que cambian de opinión, que desvirtúan el
perfil ideal y perfecto que se habían construido de mí, benditos sean aquellos
que ya no me ven inmaculado y eternamente prometedor como una semilla, benditos
sean aquellos que no mitifican al hermano para crearse una coartada que les
preserve de comprometerse con lo real.
Bendita sea mi vida cuando no se ha dejado convencer
por la vanidad de tanta semilla vana de una falsa promesa de vida. Y bendito
sea mi Señor, que, acariciando la dura piel del camino, la tierra pisoteada e
infértil, me la ha mostrado como un tesoro incomparable.
Bendito sea el terreno pedregoso y todas mis ideas que
no han echado raíces; benditos sean los entusiasmos de los primeros brotes
repentinos y las risas liberadoras de ahora; ¡menos mal que mis «omnipotentes»
sueños misioneros y visiones pastorales no han echado raíces! Y es un tesoro,
ya es un tesoro incluso aquello por lo que habría dado la vida y de lo que
ahora ya no queda nada. Esto ya es fruto.
Y benditas sean las zarzas que ahogan nuestros
proyectos pastorales, benditas sean las zarzas difíciles de manejar, peligrosas
y dolorosas. Benditas sean las espinas que nos obligan al doloroso fracaso;
cuánto tiempo más tendrá que pasar antes de que empecemos a dar gracias por
todas las circunstancias que nos están desenmascarando. La zarza es como la
lluvia y como la nieve; el verdadero problema es cuando no nos dejamos
transformar, es cuando no permitimos que la vida nos hable.
Y qué asombro, la tierra bella y buena que da fruto
inesperado y multiplicado. De alguna manera, ni siquiera ella responde a las
expectativas, se burla de nosotros, produce más de lo debido, supera los sueños
del sembrador.
Y así, al final, resulta que la vida nunca responde a
las expectativas, sino que nos pide, nos pide únicamente que le dejemos llover
sobre nosotros con la esperanza de que intentemos interpretarla para comprender
que nada, pero absolutamente nada, llega para dejarnos intactos como semillas
en una vitrina.
Y que, si hay un infierno, es únicamente el de no
escuchar esta historia, el de atravesar la vida en vano, aferrados a nuestra
idea perfecta, limpia y estéril de la semilla.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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