Sembradores - San Mateo 13, 1-23 -
En fin, vamos, seamos sinceros.
Tras dos mil años de cristianismo, ¿dónde están los
cielos nuevos y la tierra nueva en los que la justicia tendrá su morada
permanente? ¿Dónde está la salvación si estamos presenciando, horrorizados e
impotentes, la guerra entre dos naciones cristianas? ¿Dónde está el Reino si el
orden mundial antepone el lucro (incluso entre pueblos evangelizados desde hace
siglos)?
Y, en nuestras comunidades eclesiales desorientadas,
¿dónde están los frutos de tanta siembra, de la catequesis a los niños, de
procesos de iniciación cristiana? ¿Dónde están los matrimonios cristianos?
¿Dónde está la profecía de un mundo diferente en nuestras relaciones, en
nuestros grupos y movimientos?
Y tenemos la impresión de que todo es inútil. Solo una
mínima parte de la siembra da fruto.
Pues bien: estamos en buena compañía.
Son las preguntas que se planteaba la comunidad de
Mateo, abrumada por la represión del Imperio romano, que había llegado hasta el
punto de destruir el templo. Una catástrofe, el fin de un mundo, incluso de un
mundo de fe: Dios había sido aparentemente derrotado por el águila romana.
Mateo, como respuesta, propone a su comunidad
desanimada —y a la nuestra— la parábola del sembrador. Propone ver las cosas
desde el punto de vista de Dios.
He aquí: el sembrador salió a sembrar.
En el centro de la parábola, Jesús sitúa la semilla:
ella es la protagonista; todos los verbos utilizados en este breve relato
tienen como objeto precisamente nuestra semilla. Semilla que es la Palabra
revelada por el Padre a través de Jesús y luego acogida y transmitida por Mateo
a su comunidad y, de esta, al mundo.
El mensaje es claro: la semilla actúa por sí misma,
independientemente de todo; es eficaz más allá de la destreza del sembrador o
de la calidad del terreno, como la lluvia que cae del cielo y fecunda la
tierra.
Si bien es evidente para todos que tres cuartas partes
de las veces la siembra está abocada al fracaso, es igualmente cierto que una
de cada cuatro veces el resultado es asombroso, muy por encima de las
expectativas.
La parábola es un estímulo, una invitación a la
confianza, una mirada positiva a la realidad.
Narra la lógica de un Dios que nos deja libres para
acoger y escuchar su mensaje.
O para rechazarlo. O para acogerlo parcialmente, para
luego dejarlo secarse y morir.
La Palabra se siembra a manos llenas. Por parte de Dios,
de Cristo, de nosotros, los discípulos. Magnífico.
¿Y luego qué ocurre?
El relato se retoma más adelante, en una especie de
apéndice al texto, una explicación privada de Jesús dirigida a los discípulos.
Una especie de homilía ante litteram.
La parábola, entonces, se convierte casi en una
alegoría y el ánimo se transforma en una advertencia.
Si eres un anunciador, mantén la serenidad. Keep
calm y deja que la semilla actúe.
Pero, antes de ser evangelizador y discípulo, eres
alguien que acoge la Palabra, eres el terreno: así que presta atención a cómo
la acoges.
Mira tu corazón: primero acoge, luego anuncia. Porque
solo anuncias lo que acoges.
Es el propio Jesús quien habla de ello y explica sus
palabras.
La semilla cae en el camino, sobre un corazón
endurecido. Endurecido porque ha sido pisoteado por muchos.
Jesús no entra en detalles, constata que hay corazones
aparentemente impermeables a cualquier estímulo de fe, incapaces incluso de
permitir que algo haga mella en sus certezas inquebrantables. Lo saben todo.
Sobre Dios, sobre la fe, sobre los cristianos. Lo saben todo. No necesitan
nada.
En estos corazones, la semilla rebota. Luego viene
Satanás y se la lleva, como un cuervo que se abalanza sobre el grano. Da
escalofríos.
La Palabra que cae en el camino está destinada a
desaparecer.
Un corazón endurecido, petrificado, asfaltado, es
impermeable a la Palabra y, por tanto, a Dios.
Aparentemente, es imposible cambiarlo.
No para Dios, que siembra incluso sobre el asfalto.
Insiste, el optimista incorregible.
Jesús continúa: si la semilla encuentra aunque sea una
pizca de tierra, germina.
Pero necesita constancia para crecer. Así les ocurre a
algunos discípulos.
De inmediato acogen
la Palabra: con entusiasmo. Hay personas así, adultos que redescubren la fe
gracias a un viaje, a una jornada de retiro, a una amiga creyente que les anima
a participar. Y es hermoso ver en su mirada el asombro de descubrirse amados
por Dios y el deseo de conocer.
El primer corazón está endurecido. El segundo es inconstante.
La fe se convierte en un paréntesis en la vida, feliz,
sin duda, pero un paréntesis.
Jesús tiene razón: la semilla hay que cultivarla, hay
que protegerla del sol demasiado intenso, de las inclemencias del tiempo.
La Palabra hay que custodiarla, profundizar en ella,
meditarla, rezarla.
Jesús continúa. Diferente es la situación de quien
tiene constancia, de quien acoge la Palabra y la custodia, pero a su alrededor
crecen otros intereses que se hacen cada vez más grandes y, al final, ahogan la
Palabra, que permanece, pero no da fruto. Está presente, pero es inútil.
Llegan las preocupaciones del mundo, el pre-ocuparse,
el ocuparse antes, antes de tiempo; y en lugar de vivir el momento presente, de
saborear el tiempo, lo amplificamos, lo prolongamos, y así la preocupación
continua contagia nuestra vida y nuestra alma. Y la ahoga, como una mala
hierba.
Y también la codicia ahoga la semilla, es decir, el
deseo desmesurado, autorreferencial, fuera de control. Por el dinero, la casa,
la comida, el sexo… Todo corre el riesgo de convertirse en un ídolo y de
engrandecerse hasta tomar el control de nosotros mismos, hasta marginar nuestra
alma.
Pero existe una última posibilidad. Menos mal.
El tono de la parábola cambia. Es un final lleno de
esperanza.
Existe un terreno bueno que acoge y da fruto, mucho
fruto. En el que la Palabra cala en los corazones, cambia la vida, modifica las
decisiones. Convierte.
Y produce una gran cosecha: treinta, sesenta, cien por
uno. Jesús utiliza una hipérbole para indicar que la semilla produce mucho más
de lo que imaginamos o esperamos.
Y eso es precisamente lo que ocurre: frente a tanto
fracaso, a los ojos de los hombres, queda el hecho de que millones de personas,
al acoger el Evangelio, han cambiado radicalmente su vida.
Nosotros, entre ellos. Yo, entre ellos.
¿Quién es el terreno bueno? Quien se haya reconocido
en los terrenos anteriores, al meditar sobre la parábola. ¿Quién, al leer, ha
admitido ante el Dios de toda ternura que está endurecido, asfaltado, que tiene
un corazón distante? ¿Quién ha sentido el inmenso deseo de dar fruto, de
convertirse en terreno fértil que hace florecer la vida?
Vale la pena reflexionar sobre este aspecto: leer
nuestra vida, nuestras vicisitudes, nuestro pasado para ver cuánto nos ha cambiado
el encuentro con el Evangelio. Y también nosotros podemos decir que haber
acogido el Evangelio en nuestra vida ha supuesto alguna renuncia. Pero nos ha
dado cien veces más (Mt 19,29).
Vivimos tiempos difíciles, al parecer.
Pero extraordinarios. De verdad, de conversión, de
pasión.
Arde, Cristo, en nuestros corazones.
Somos sembradores de una Vida a cuya sombra no
descansaremos.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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