Y si el futuro de la Iglesia está en una liberación de cierto pasado…
La lectura de la noticia en Religión Digital sobre el teólogo austríaco Paul Zulehner (https://www.religiondigital.org/teologia_para_una_iglesia_en_salida/Gestionar-reinventarse-Paul-Zulehner-Iglesia-teologia_0_2713828610.html) me ha hecho detenerme en el tema del “punto de inflexión” referido a la Iglesia como un momento en el la Iglesia debe reinventarse activamente y no limitarse a “gestionar el declive”.
Quien tiene sed es hoy la Iglesia, pero también todos. No, no somos indiferentes al futuro de la tradición cristiana. Ya sea que estemos en una Iglesia o no, creyentes o no, todos, como el pueblo bíblico en el desierto, tenemos sed.
Por resumir seguramente hasta demasiado, hoy la crisis de la Iglesia católica hasta puede ser descrita en una triple dirección:
1.- Clericalismo, hasta el abuso. La Iglesia no inspira la vida cotidiana, sufre una "exculturación", ha sido prácticamente expulsada de la cultura de la sociedad.
2.- El mesianismo judeo-cristiano es en sí mismo una tradición de crisis (desierto, exilio, crucifixión). Es una crisis resultante del desplazamiento de lo espiritual hacia la libertad de los sujetos: ya no reproducción familiar o social de la fe, sino libertad del receptor, espiritualidad personalizada.
3.- La única actitud posible es aceptar la incertidumbre y hacer de ella un lugar de confianza, como lo hicieron Moisés, Elías y Jesús, apoyándonos en la visión mesiánica, atreviéndonos a perfilar con humildad lo que percibimos del futuro. El cristianismo es también mesianismo, espera del cumplimiento de la promesa encarnada.
Pero, ¿qué es la Iglesia?
Es una asamblea local de cada lugar. Las grandes divisiones -Roma, Oriente, Reforma,…- son confesionales-institucionales, pero la verdadera Iglesia es "donde dos o tres estén reunidos en su nombre". Hoy muchos identifican a la Iglesia con el pasado. La tradición sólo existe si hay quienes la llevan adelante. La Iglesia existe en forma de pluralidad de Iglesias. Se trata de no identificar la Iglesia con la institución sociopolítica.
Pero la Iglesia es también tradición, institución, recurso que no es perpetuo como tal (maná, agua en el desierto, sólo por un día): no dura si no es acontecimiento, milagro, gracia. Vive suspendida de Aquel que la convoca. La crisis actual de la Iglesia es una crisis feliz porque nos devuelve precisamente a esto. La Iglesia no está sola. Cristo está en la historia, pero para descubrirlo algunos deben reconocerlo. Los cristianos no son mejores que los demás, no, pero son aquellos que también se dejan transformar por el Espíritu. La Iglesia no debe reducirse a una instancia y recurso ético, no es la sociedad de los buenos, de los puros, sino de quienes recurren a la fuente del Espíritu para tener valentía ante la muerte, el dolor, los errores y los horrores. La Iglesia es también aquella que experimenta "el dolor del parto de los nuevos cielos y la nueva tierra".
Y la misión de la Iglesia debe continuar el anuncio de Jesús de Nazaret: la bondad incondicional. Dios no es el Ser Perfectísimo (Omnipresente, Omnisciente, Todopoderoso,…): Dios es Evangelio, es Buena Noticia, resistencia al mal del mundo, alternativa de humanidad en el espejo de aquel que, siendo Dios, se hizo hombre. Jesús tuvo esta conciencia de divinidad y humanidad, y la transmitió. La Iglesia sólo se realiza si es una asamblea del Evangelio, Año de Gracia, lo que anuncia. El quid de la crisis es cuando no logra anunciar el Evangelio de una manera que llegue a los corazones humanos. Es posible que incluso vean más cizaña en la Iglesia que buen trigo. Esto es lo que sucede cuando olvidan el arte de Jesús de estar cerca de cualquiera y de todos en su vida. Las fuerzas de la vida y la muerte operan en los corazones humanos. La Iglesia no tiene que dar un catecismo, sino vivir la fe en la historia y en el mundo.
El futuro de la Iglesia, al menos en Europa, depende de la capacidad de las comunidades cristianas de llegar a los corazones con el acto evangélico de "comer juntos la cena del Señor". La Iglesia no vive para sobrevivir, sino para ser hospitalidad. La hospitalidad era sagrada en las civilizaciones antiguas, ahora es violada por fronteras armadas, por la reducción o negación de derechos, por duras políticas de seguridad. Éstas son grandes cuestiones éticas y espirituales en nuestras sociedades europeas. La tradición judeo-cristiana-musulmana es una dimensión mesiánica (utópica, de horizonte, de liberación, más allá de cualquier arreglo y componenda). La abierta hospitalidad de Jesús y la mezcla social de la naciente Iglesia sólo se jerarquizarán más tarde. Las Iglesias del futuro debieran ser espacios acogedores para todos, con creatividad histórica, más allá de toda tentación de reproducir cualquier sacralización. Y las Iglesias piden hospitalidad para ofrecer el Evangelio de Dios. Los propios cristianos somos como inmigrantes y peregrinos. No debemos buscar el poder donde tenemos una mayoría por absoluta que sea. La hospitalidad ofrecida y solicitada es un aplazamiento fundamental de lo “espiritual” hacia la libertad de los hijos, de los hermanos, de los prójimos.
Quien experimenta a Dios, experiencia íntima, infinitamente hospitalaria y respetuosa de la libertad personal, no lo hace por sí mismo, sino que siente la necesidad de comunicarlo como Evangelio. No se trata de nuevos medios y técnicas, de "recursos", sino de recurrir a la "fuente" originaria y original.
La crisis sistémica de la Iglesia en Europa es sólo un
síntoma grave de la "exculturación" del Evangelio de la vida diaria
de muchos. Si se acaba un modelo clerical, se trata de no dejarnos paralizar
por el final de ese modelo, sino de aprender a mirar y contemplar con los ojos
de Jesús: de aprender a ver el entorno humano como una "mies
abundante" que exige su presencia, con humildad y modestia.
Entonces, para la figura y estructura de la Iglesia no es la falta de ministros
ordenados lo que importa, sino sólo la fecundidad del Evangelio de Dios en
nuestras sociedades europeas. La verdadera cuestión del futuro es cambiar de
mentalidad. ¿Cuál sería la "figura" de la Iglesia digna de las sociedades
actuales, en la era de la "inteligencia artificial" y en la
transición que estamos viviendo?
Al menos se pueden como sospechar dos "desplazamientos" -análogos a aquel primer desplazamiento de Jerusalén a Antioquía y de Antioquía a Roma: de la entraña judía al horizonte pagano-:
1.- el desplazamiento del centro de gravedad eclesial hacia las
iglesias locales, liberándolas progresivamente de la uniformidad
romana: por tanto "la Iglesia de las Iglesias";
2.- el desplazamiento del "sujeto" eclesial del ministro ordenado postridentino a las comunidades cristianas -Iglesias domésticas-, por pequeñas y pobres que sean, con el nombre del lugar: son "Iglesias" en cuanto son anuncio del Evangelio en su entorno, con bautismo y cena siguiendo su sacerdocio bautismal.
Existe un complejo reto de unidad entre estas Iglesias, el mismo que en el ámbito ecuménico. Las diferencias son cada vez menos confesionales, y más ligadas a afiliaciones culturales, grupos sociales, espiritualidades y prácticas. ¡Hay mucho más en qué pensar que las diferencias doctrinal-confesionales! En la Iglesia católica la crisis es también la dependencia del ministro ordenado.
El principio de comunión de la "nueva" figura de la Iglesia debe ser la igualdad bautismal y sacerdotal entre todos los cristianos, de todos los discípulos de Cristo y testigos del Evangelio del Reino. Esta igualdad se puede expresar, al menos, en tres parámetros bíblicos interconectados:
1.- el "sentido de fe" común, dado por el Espíritu a todos los
cristianos, guiado internamente en una confesión y experiencia de Dios a menudo
inexpresables;
2.- la "comunión" que se expresa en los diversos
"carismas";
3.- el "modo sinodal" (= proceder juntos) en la deliberación por el bien común, reconociendo la variada riqueza de las múltiples manifestaciones carnales (humanas, históricas,…) de la gracia (carismas) que son la única riqueza que Dios da a la Iglesia. Para la unidad de estos dones en la comunidad es necesaria la deliberación sinodal como único estilo habitual de discernimiento y de toma de decisiones. Donde se centraliza el poder del clero, el “sentido de la fe” se reduce a una obediencia pasiva y literal, sin implicar la interioridad y la capacidad creativa de cada uno. Esto hace superfluo discernir los carismas y deliberar juntos. En cambio, sentir que la misión es de todos revela los carismas, muchos y diversos, que abundan en la comunidad.
La estructura bautismal necesita ciertamente del ministerio apostólico, pero también de nuevos ministerios. La Iglesia no se convoca y no se alimenta, no es una democracia autoconvocada, sino que se deja "instruir" para ejercer el ministerio de Cristo Jesús. Sin embargo, ahora la Iglesia europea se equivoca al sentirse paralizada por la falta de los ministros ordenados y no se atreve a preguntarse: ¿qué ministerio sacerdotal y diaconal, masculino y femenino, o qué otros ministerios necesita para pasar de comunidades que se reproducen con dificultad a comunidades decididamente misioneras?
Esta pregunta está fuera de lugar para quien piensa en la Iglesia de los obispos y presbíteros (también de los diáconos permanentes), pero ya es tarde para quien, con sentido de fe, piensa en la estructura carismática y sinodal de la Iglesia. Seamos serios: no existen argumentos serios que impidan la ordenación de mujeres y hombres casados. Pero seguramente haya que tener paciencia hasta que la fecundidad evangélica nos convenza, como le ocurrió a Pedro: "¿Quién podrá impedir que sean bautizados aquellos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?" (Hechos de los Apóstoles 10,47).
La Iglesia de Europa va a necesitar tanto de coraje como de paciencia hacia el futuro de Dios, pero también puntos de inflexión sustanciales, como cuando los incircuncisos comenzaron a ser bautizados, se agregaron nuevos escritos a la Biblia hebrea y se permitió que proliferaran los ministerios carismáticos, estableciendo al mismo tiempo un orden apostólico. ¡No impidamos que el Espíritu Santo esboce una nueva figura de la Iglesia que suceda a la del segundo milenio, ya agotado! Necesitamos figuras más adecuadas a la humanidad actual a la que nos debemos y a la tradición mesiánica de la que nacimos.
Debemos aprender a vivir en la historia, donde ninguna figura es perfecta, cada cambio tiene también efectos perversos. Pero también toda fijación puede tener y tiene efectos perversos. "Crisis" e inestabilidad son la norma para quienes caminan en el desierto hacia la promesa, con humildad y modestia, y en el desierto encuentran la "fuente" de la sed, mucho más que muchos y potentes "recursos" para sentirse fuertes.
El mesianismo bíblico y la forma comunitaria de la Iglesia son cada vez más plausibles. Es perfectamente legítimo que la tradición espiritual que hoy se refiere a Cristo Jesús se preste a una re-elaboración de todo tipo. Se puede pertenecer a la Iglesia con el cuerpo y no con el corazón, y se puede pertenecer al corazón de la Iglesia sin pertenecer al cuerpo -parafraseando a San Agustín-. El Espíritu de Dios no se detiene en las fronteras visibles de la Iglesia ni en sus formas inveteradas. La diferencia está entre recurrir a los recursos de las tradiciones… o a la fuente… original y originante.
La Iglesia no podrá permanecer fiel a su nacimiento y a su misión si no acepta "adaptarse" a la actual situación histórica de la humanidad y de la tierra. So pena de convertirse en una estatua de sal como la Edith, la mujer de Lot, de tanto mirar hacia atrás y de vivir del pasado. Y es que, cuando se vive aferrado al pasado, no hay forma de asumir el presente ni de adelantar el futuro.
Por eso, el título de esta reflexión: “Y si el futuro de la Iglesia está en una liberación de cierto pasado”.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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