Cristo sube a la cruz
Esta iconografía, hoy muy poco frecuente, era en otros tiempos más habitual de lo que se cree y fue eliminada por una cultura rigorista y alejada de la mentalidad simbólica medieval.
El fresco muestra de forma sintética y con gran profundidad teológica el Kerigma: Cristo, nacido por nosotros, padeció, subió a la cruz, murió por nuestra salvación y resucitó para hacernos entrar con Él en la gloria.
A modo de cómic, la obra, lejos de querer representar lo «real», enseña el Misterio.
En el centro del fresco se encuentra la Cruz, firmemente plantada en el Calvario como una balanza sobre la montaña, sobre la que Cristo apoya una escalera y sube. Sí, lo que aquí se lleva a cabo es un juicio, un juicio sobre la historia y sobre el hombre que trastorna las categorías humanas.
En los brazos horizontales de la cruz hay dos personajes que, como obreros y carpinteros, ofrecen a Cristo los clavos del suplicio.
El brazo derecho es ligeramente más largo que el otro, casi como para indicar el camino infinito de la misericordia divina.
De hecho, si en el lado izquierdo del fresco se encuentran los acusadores de Cristo y Longino, que le atraviesa el costado con la lanza, en el lado derecho vemos un personaje singular con un manto blanco y los soldados romanos que se reparten a su suerte la túnica tejida de una sola pieza que llevaba Jesús. La luminosidad de la roca, a la izquierda, contrasta con la oscuridad que envuelve a los personajes de la derecha.
El mismo Cristo, subiendo a la cruz, está vuelto hacia el lado derecho del fresco, indicando así el sentido de la hora que ha venido a cumplir.
«Hay un bautismo que debo recibir —dijo Jesús un día—, y qué angustia hasta que lo haya recibido» (Lc 12,50). Y aún más: «Yo tengo poder para dar mi vida y volverla a tomar» (Jn 10,18). Frases reveladoras que indican la generosidad y la gratuidad con que Jesús acepta su sacrificio.
Los peldaños que llevan a Cristo a la cruz son tres, un detalle que no es casual si pensamos que, en muchos casos, en el Vía Crucis o en las escenas de la pasión, aparecen tres peldaños. Simbolizan los tres días de sufrimiento de Cristo, pero también las personas de la Trinidad que, juntas, aceptan la ignominia de la cruz.
El personaje desconocido que está a la derecha del patíbulo podría ser Juan, el evangelista que, al entrar en el sepulcro, vio el sudario y creyó en la resurrección (Jn 20,8). El manto luminoso que lleva prefigura precisamente esa resurrección de la que será testigo. Pero también podría representar al centurión romano que, según el evangelista Marcos, dijo: «Este hombre era verdaderamente Hijo de Dios» (Mc 15,39), o incluso al joven que en el huerto de Getsemaní huyó desnudo, cubierto solo con un lienzo (Mc 14,52), otra prefiguración del sudario.
En cualquier caso, este hombre está allí para contarnos el resultado del gesto escandaloso de Cristo: la victoria sobre el mal y la muerte. Con un gesto de la mano, señala a los dos soldados que están cortando la túnica de Cristo, remitiendo tanto al Cuerpo de Cristo, desmembrado en la cruz para derramar la sangre de la Redención, como a la división de la Iglesia, por la cual, como dijo Blaise Pascal, Cristo permanece en la cruz hasta el fin del mundo.
La oscuridad que reina a la izquierda del fresco narra, por otra parte, el misterio de la iniquidad, siempre presente en el mundo. Pero es precisamente de esta oscuridad de donde surge una vía de salvación. De hecho, de forma anacrónica, Longino aparece aquí representado mientras hiere el costado de Cristo, abriendo al hombre una vía nueva y saludable: la de los sacramentos.
Es significativo el hecho de que, por muy oscuro que sea, este lado del fresco no carece de luz, ya que un discípulo (¿Nicodemo?, ¿José de Arimatea?) viste el hábito blanco de la fe. Viste el alba, túnica distintiva primero de los bautizados y luego de los presbíteros.
Por el contrario, tampoco el lado luminoso, el de la derecha, está exento de sombras; al contrario, justo detrás del monte Calvario, el cielo se vuelve más plomizo y amenazador.
Hay un ya sí y un todavía no que caracteriza tanto la historia de la Iglesia como la historia personal de cada uno de nosotros. Ante el escándalo del mal, presente dondequiera que se encuentre el hombre, el remedio que Cristo indica es el de ofrecerse espontánea y libremente.
Los sacramentos, que brotan de la fuente viva del costado de Cristo, nos convierten también a nosotros en un camino nuevo, en la medida en que dejamos que actúen en nuestra vida según el ejemplo del Salvador, que, no por fuerza, sino por amor, subió a la cruz, mirando a nuestra salvación y a la voluntad misteriosa de su Padre.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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