El nuevo bautismo es la inmersión en el mar de Dios - Mateo 3, 1-12 -
Juan el Bautista predicaba en el desierto de Judea diciendo: convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca (Mt 3,2).
Jesús comenzó a predicar el mismo mensaje: convertíos, porque el Reino de los cielos está cerca (Mt 4,17).
Todos los profetas tienen los ojos fijos en el sueño, en el Reino de los cielos, que es un mundo nuevo tejido de relaciones buenas y felices. Perciben su aliento cercano: es posible, ya ha comenzado. Sobre ese sueño nos piden que nos atrevamos a vivir, y eso es la conversión.
Se trata de tres anuncios en uno, y entre todos ellos la palabra más cálida de esperanza es el adjetivo «cercano». Dios está cerca, está aquí, primera Buena Noticia: el gran Peregrino ha caminado, ha recorrido distancias, está muy cerca de ti. Y si tú también te encuentras al pie de un muro o al borde del abismo, entonces recuerda: o cuantos buscáis, estad tranquilos, Él nunca nos fallará, y Él mismo cruzará el abismo.
Dios está al lado, junto a nosotros, se une a todo lo que vive, red que reúne, en armonía, al lobo y al cordero, al león y al buey, al niño y a la serpiente - palabra de Isaías -, al hombre y a la mujer, al árabe y al judío, al musulmán y al cristiano, al blanco y al negro, para una nueva arquitectura del mundo y de las relaciones humanas.
El Reino de los cielos y la tierra tal y como Dios la sueña. ¿Aún no se ha hecho realidad? No importa, el sueño de Dios es más verdadero que la realidad, es nuestro futuro el que nos lleva, la fuerza que nos impulsa.
Jesús es la encarnación de un Dios que se hace íntimo como el pan en la boca, una palabra dicha en el corazón, un aliento: de hecho, os bautizará en el Espíritu Santo, os sumergirá en el mar de Dios, estaréis envueltos, impregnados, empapados de la vida misma de Dios, en cada fibra de vuestro ser.
Convertíos, es decir, atreveos a vivir, ponedla en marcha, y no para cumplir una orden, sino por belleza; no por una imposición externa, sino por seducción. Lo que convierte el frío en calor no es una orden desde arriba, sino la cercanía del fuego; lo que quita las sombras del corazón no es una obligación o una prohibición, sino una lámpara que se enciende, un rayo, una estrella, una mirada. Convertíos: volveos hacia la luz, porque la luz ya está aquí.
Conversión, no mandato, sino oportunidad: cambien la mirada con la que ven a los hombres y las cosas, cambien de camino, sobre mis senderos el cielo es más cercano y más azul, el sol más cálido, el suelo más fértil, y hay cien hermanos, y árboles fecundos, y miel.
Conversión significa también abandonar todo lo que hace daño al hombre, elegir siempre lo humano frente a lo inhumano.
Como hace Jesús: para Él, el único pecado es la falta de amor, no la transgresión de una o muchas reglas, sino la transgresión de un sueño, el gran sueño de Dios para nosotros.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF


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