¿A dónde vas Iglesia?
Las generaciones posconciliares, a partir del Papa Juan Pablo II (que ahora también comienzan a ser maduras ...), quizá ni siquiera saben lo que es el Concilio Vaticano II tal y como lo han conocido, leído, estudiado, profundizado, defendido y anunciado las generaciones anteriores. Para ellos es solo historia de la Iglesia (como lo fue para otros el Concilio Vaticano I) y no un documento vivo, un punto de referencia imprescindible para la presencia en la sociedad, para la pastoral, …
La realidad de la Iglesia actual es diferente: sociológica, política, …, eclesialmente.
Sociológicamente asistimos, como en todas partes en esta época, a un retorno a lo privado, a un individualismo vivido como un cierre a nuevas experiencias comunitarias de compromiso y acogida.
Ha terminado la época de la «efervescencia colectiva» —como la definía Émile Durkheim—, que dio lugar a la temporada de algunos de los nuevos movimientos...
Basta con mirar algunas iniciativas del mundo católico promovidas en las parroquias o en las plazas para darse cuenta de que la participación, cuando la hay, se remonta demográficamente al siglo pasado...
La realidad de la Iglesia también es diferente políticamente.
Un gran número de católicos (incluidos Cardenales y Obispos...) siguen fascinados y admirados por las políticas identitarias, que blanden el nombre de Dios, rosarios y estatuas de la Virgen, que toman como modelo a jefes de Estado autocráticos, que ondean banderas e invocan a Jesucristo para luchar (físicamente, no solo metafóricamente) contra los extranjeros, los musulmanes, los gays, las lesbianas, los woke, los abortistas...
Basta con mirar a algunos lugares de nuestra Europa para preguntarse de qué electorado obtienen el apoyo los líderes y partidos que hoy en día obtienen mayorías de la derecha no precisamente moderada.
Pero la realidad de la Iglesia actual es diferente también, y sobre todo, eclesialmente.
Estamos asistiendo al avance de lo antiguo. Como un río kárstico, de hecho, el movimiento tradicionalista que se pensaba encauzado entre los márgenes de la corriente lefebvriana, ha resurgido con especial relevancia en no pocas realidades eclesiales en algunos países de nuestra Europa.
Presbíteros que celebran la Misa de espaldas a los fieles. O que imponen en sus parroquias y centros de culto ritos en latín. Chicas que asisten con velo en la cabeza... Jóvenes que se arrodillan con las manos juntas para recibir la comunión en la boca...
Pero sobre todo —y esto debería hacernos reflexionar— Iglesias que se llenan de jóvenes con estas características, mientras que todas las demás permanecen vacías... o casi.
Escenas que se repiten con frecuencia, y que los mayores no veían desde hacía sesenta años. Escenas que se repiten cada vez con mayor frecuencia también en algunas de nuestras parroquias y centros de culto.
Con motivo de la última Pascua, Francia ha registrado un récord de bautismos: 10 384 adultos (un 45 % más que el año anterior y un 60 % más en diez años) y más de 7400 adolescentes de entre 11 y 17 años. Dicen que se han observado fenómenos similares en la Suiza francófona, donde se confirma el aumento del número de catecúmenos.
En varios lugares, la participación en celebraciones especiales ha aumentado de manera significativa. Una reunión para confirmandos, celebrada recientemente en Ginebra, la ciudad de Juan Calvino registró una asistencia récord.
El denominador común de estas manifestaciones, que algunos podrían considerar alentador y reconfortante, es que este acercamiento a una práctica religiosa renovada está vinculado a un movimiento tradicionalista que avanza, sobre todo en los grandes centros urbanos.
¿Qué está sucediendo, pues, en la Iglesia católica?
Parecería un nostálgico retorno al pasado, si los protagonistas fueran personas mayores que nunca aceptaron las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II. Pero nos damos cuenta de que quienes recuperan antiguas liturgias, adornos polvorientos guardados en los almacenes parroquiales y comportamientos que se creían abandonados son presbíteros recién ordenados y fieles muy jóvenes.
Se trata de una nueva generación de católicos que avanza mirando hacia un pasado que nunca han vivido y que, por lo tanto, es una novedad para ellos. No se trata, pues, de un retorno al pasado, sino de un «retorno al futuro».
Es un fenómeno que no está organizado en estructuras definidas, sino que es más bien espontáneo e informal. Un fenómeno que, sin embargo, se está extendiendo cada vez más. No tanto por el número de personas que se adhieren a él (en la realidad local siguen siendo una minoría aunque pueda ser en aumento), sino por su difusión en el territorio.
Son fieles que, aunque no asisten a las Misas tridentinas, se comportan en nuestras Iglesias según normas litúrgicas ya en desuso o incluso abolidas. Comportamientos espontáneos, alimentados por un número de presbíteros (jóvenes, precisamente) que reintroducen gestos, cultos, prácticas, ornamentos, vestimentas y ornamentos sagrados que el último Concilio había recomendado eliminar.
A todo esto hay que añadir, algo impensable hasta hace pocos años, que en algunas Diócesis hay lugares de culto donde se autoriza la celebración de la Misa vetus ordo y que se convierten en punto de referencia y de encuentro sistemático.
Otros ritos tridentinos se celebran, sin autorización, en lugares donde, de un día para otro, los fieles se encuentran asistiendo a liturgias incomprensibles en latín, lo que les crea no pocas perplejidades. Y a un cardenal de la Santa Iglesia Romana se le autoriza la celebración de la Misa preconciliar en la Basílica de San Pedro, en Roma.
Ahora bien, no es muy importante en sí mismo que algún nostálgico celebre en privado Misas preconciliares lamentando lo que tal vez nunca haya vivido porque nació muchos años después del Concilio Vaticano II.
Al fin y al cabo son gustos personales, al igual que se puede descartar simplemente como folclore religioso el hecho de volver a proponer en la Iglesia ritos, vestimentas, himnos y paramentos desaparecidos desde hace más de medio siglo.
Lo que, en cambio y por poner un ejemplo, empieza a preocupar es cuando todo esto es impuesto a toda una comunidad parroquial por un solo presbítero, creando sorpresa, desconcierto, división, abandono y dispersión.
Es una visión de la Iglesia que preocupa porque rompe la comunión y agrieta la unidad de la propia Iglesia, en nombre de una tradición mal interpretada. En palabras de Gustav Mahler, «la fidelidad a la tradición es custodiar el fuego, no adorar las cenizas».
Ante estos resurgimientos del movimiento tradicionalista, parece que se ha llegado a adorar lo que ha muerto, en lugar de mantener vivo lo que ha resucitado.
Estos fenómenos indican una tendencia pero, al mismo tiempo, son indicio de una Iglesia que aún no tiene claro el camino a seguir. Es un período de transición hacia un modelo de Iglesia, pero sobre todo de cristianismo, que ya no es y, al mismo tiempo, aún no es.
Tantas veces vuelven a la mente aquellas reflexiones del pasado que hoy parecen proféticas. Empezando por el famoso texto del joven teólogo Joseph Ratzinger que, en 1969, escribía aquello de que:
«De la crisis actual surgirá la Iglesia del mañana, una Iglesia que habrá perdido mucho. Será de tamaño reducido y tendrá que empezar de cero. Ya no podrá llenar todos los edificios construidos durante su período próspero. Con la reducción del número de fieles, perderá numerosos privilegios. A diferencia del período anterior, la Iglesia será percibida como una sociedad de personas voluntarias, que se integran libremente y por elección. Al ser una sociedad pequeña, se verá obligada a recurrir mucho más a menudo a la iniciativa de sus miembros» [Joseph Ratzinger, Fe y futuro, 1971].
Pero aún más desconcertantes son las que escribió Emmanuel Mounier en 1946 ante una sociedad de posguerra impregnada de un cristianismo omnipresente y omnipotente (en aquellos días de omnipresencia y omnipotencia eclesiales), que ya mostraba en Francia los signos de su contradicción, que es la naturaleza misma, la naturaleza paradójica del Reino.
Las palabras de Emmanuel Mounier parecen describir de manera impresionante la fotografía de la realidad actual:
«El cristianismo no está amenazado por la herejía: ya no apasiona lo suficiente como para que eso ocurra. Está amenazado por una especie de apostasía silenciosa provocada por la indiferencia que lo rodea y por su propia distracción. Estas señales no engañan: la muerte se acerca. No la muerte del cristianismo, sino la muerte de la cristiandad occidental, feudal y burguesa. Una nueva cristiandad nacerá mañana, o pasado mañana, de nuevas capas sociales y de nuevos injertos extraeuropeos. Pero no debemos sofocarla con el cadáver de la otra» [Emmanuel Mounier, La agonía del cristianismo, 1946].
¿Es posible que la salvación de la Iglesia no provenga de un nostálgico retorno al pasado (o al futuro...), sino más bien de un retorno al Evangelio sin más? Es otra manera de decir que no debemos sofocar el futuro salvador con aquella cristiandad pasada que nos quieren mostrar como liberadora.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF






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