miércoles, 31 de diciembre de 2025

Te Deum: ayer, hoy y siempre…

Te Deum: ayer, hoy y siempre…

Comenzamos con la audición del Te Deum de Marc-Antoine Charpentier (son apenas algo más de 8 minutos): https://www.youtube.com/watch?v=I3LIlzPtsmw

 

¿Qué significa recitar el Te Deum al final de cada año? ¿Por qué hacerlo incluso cuando a lo largo del año han ocurrido catástrofes en nuestro planeta?

 

La razón de esta práctica no es dar gracias a Dios por lo negativo que ha ocurrido, ni mucho menos darle las gracias por las victorias obtenidas en los campos de batalla… de las mil y una guerras en curso…

 

El propósito más auténtico es celebrar al Señor porque todavía somos capaces de cantar sus alabanzas.

 

Lo sorprendente es que todavía estemos aquí, a pesar de que nada en nuestras vidas garantiza un resultado así.

 

Más que a los triunfos históricos reales o supuestos, conviene fijarse en la precariedad.


La vida en sí misma solo garantiza de manera imperativa que está destinada a terminar.

 

Son muchas las causas de las que depende el final, muy incierto es el momento, pero seguro y fatal es que, según la naturaleza, llegará.


El Te Deum de fin de año contiene un eco del antiguo cántico de Ezequías, que escapó de la muerte, en el que se niega al mundo inferior dar gracias a Dios porque la alabanza corresponde a los vivos: «El vivo, el vivo te da gracias, como yo lo hago hoy» (Isaías 38, 19).

 

Una fórmula litúrgica judía, recitada tanto cuando llegan las fiestas como cuando se comen los primeros frutos de la tierra, bendice al Señor porque nos ha dado la vida, nos ha consolidado y nos ha hecho llegar a este momento.

 

Nada de lo que existe encuentra en sí mismo una consistencia inquebrantable.

 

En cierto sentido, la bendición judía presupone la conciencia de que la vida es un soplo destinado a desaparecer.

 

Es a partir de esta conciencia que se bendice a quien nos ha traído hasta aquí. Solo su cuidado podía hacer tanto.

 

La bendición es el canto de los vivos y el Te Deum debería serlo también.

 

Nadie que considere obvio seguir existiendo está en condiciones de captar su sentido más profundo.

 

La alabanza debería nacer de la conciencia de la fragilidad de nuestras vidas.

 

También creo que el Te Deum no canta las victorias conseguidas a través de la muerte, hecho inherente a lo que ocurre en todos los campos de batalla.

 

Continuamnos con la audición del Te Deum de Franz Joseph Haydn (son apenas 9 munutos): https://www.youtube.com/watch?v=PXNGqgNTNIQ


En la vida cotidiana, para expresarnos en un lenguaje acorde con el transcurso común de los días, la persona esperanzada se ve a menudo amenazada por la decepción.

 

Porque quien espera mucho de sí mismo, de los demás, de la sociedad y de la historia, se ve desmentido una y otra vez.

 

Si los reveses se suceden unos tras otros, su horizonte, antes luminoso, se vuelve sombrío.

 

La depresión cruza el umbral del alma, acompañada, no pocas veces, de una compañera infiel: la propensión a culpar a quien le ha decepcionado.

 

En cambio, quien, aunque resiste activamente el disgusto de vivir, sabe que lo peor siempre acecha a su puerta, no es raro que se encuentre, con sorpresa, en condiciones de darse cuenta de que en la vida se abren más posibilidades positivas de las que había previsto.

 

La persona que no espera que se le agradezca disfruta más de la gratitud que aquella que da por sentado que se le debe reconocimiento: en este último caso, el agradecimiento se recibe como un tributo obligatorio, mientras que su ausencia suscita rencor.

 

El Señor que nos ha creado y nos conoce bien no espera mucho de nosotros: sabe de qué pasta estamos hechos.

 

Si nos ha hecho llegar su Palabra y nos ha enviado a su Hijo a la tierra es para que nuestras vidas no se desperdicien.

 

No, Dios no lo ha hecho porque necesite nuestro agradecimiento.

 

Por eso nos gusta pensar que Dios se alegra cuando nosotros, seres pobres, sufridos y desorientados, lo alabamos y le damos las gracias por el simple hecho de estar vivos.

 

Dios no culpa a los Job de ayer y de hoy, obligados a soportar con sus frágiles hombros cargas demasiado pesadas, y se conmueve cuando sus hijos le dan las gracias repitiendo al final de cada año: «Te Deum laudamus: te Dominum confitemur».

 

Y acabamos con la audición del Te Deum de Wolfgang Amadeus Mozart (son apenas 9 minutos): https://www.youtube.com/watch?v=imD8ycpbstI


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

 

Posdata: Por supuesto que hay más y otros Te Deum en la música clásica. Entre los muchos y diversos, he escogido tres que son particularmente breves.

Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -.

Jesús es el nombre de la bendición de Dios - San Lucas 2, 16-21 -

La fiesta del 1 de enero está dedicada a María, Madre de Dios, pero los temas teológicos que contiene son diversos: no solo la maternidad divina de María, sino también la circuncisión y la imposición del nombre a Jesús. Estos temas se sintetizan en la encarnación en Jesús de la bendición de Dios, y entre los frutos de la bendición se encuentra la paz (Nm 6,22-27).

 

Mientras celebran la maternidad divina de María, las lecturas encuentran en la paternidad de Dios hacia Israel (Nm 6,22-27), hacia Jesús (Lc 2,16-21) y hacia los cristianos (Gál 4,4-7) un elemento de unidad. La bendición, que en la familia judía es normalmente obra paterna, se remonta en última instancia a Dios Padre y llega a los hijos de Israel a través de mediadores humanos como los padres de familia y los sacerdotes (Nm 6,27); el nombre impuesto al niño proviene del cielo, de lo alto, es decir, de Dios Padre (Lc 2,21); el Espíritu del Hijo derramado en el corazón de los creyentes suscita en ellos la invocación «Abbà, Padre» (Gál 4,6).

 

Jesús, «nacido de mujer, nacido bajo la Ley», circuncidado al octavo día y llamado con el nombre de «Jesús», es el cumplimiento de la bendición de Dios a la humanidad, es la bendición hecha persona. La plenitud de la bendición se manifiesta en el fruto bendito del seno de María, la bendita entre todas las mujeres (cf. Lc 1,43). La protección, la gracia y la paz en las que consiste la bendición asumen el rostro y el nombre de Jesús de Nazaret.

 

Su nombre indica la voluntad de salvación de Dios: «El Señor salva». El desdibujarse de los rasgos del rostro en una sonrisa llena de benevolencia se manifiesta en el rostro de Jesucristo, sobre el que resplandece la gloria de Dios. Jesús es la sonrisa de Dios a la humanidad.

 

El tema unitario de las lecturas es también el de la presencia de Dios. Presencia que la bendición sacerdotal establece en el pueblo; presencia manifestada en el rostro y en el nombre de Jesús; presencia que se hace interior al creyente gracias a la efusión del Espíritu y que lo guía a la filiación divina. La maternidad de María es el acontecimiento que permite la manifestación de la presencia bendita de Dios a los hombres.


La liturgia celebra la circuncisión de Jesús. Una memoria importante porque recuerda la perenne judaísmo de Jesús: la circuncisión graba la señal de pertenencia al pueblo de Israel y de entrada en la alianza en el espacio corporal, en la carne. Así, el instrumento de la generación de reproducirse, el órgano del encuentro sexual con la mujer, queda marcado por esta herida.

 

También el bautismo cristiano como signo de la iniciación a la vida cristiana y de pertenencia a la comunidad cristiana (y el lugar donde se pronuncia el nombre del recién nacido ante Dios y la comunidad cristiana), es como imagen de la circuncisión de Cristo:

 

«En Cristo habéis sido circuncidados, pero no con una circuncisión hecha por mano humana, mediante el despojo de vuestro cuerpo carnal, sino con la verdadera circuncisión de Cristo. Con él habéis sido sepultados en el bautismo...» (Col 2,11-12).

 

«Le pusieron por nombre Jesús, como había sido llamado por el ángel» (Lc 2,16).

 

En el nombre está la llamada: su nombre es su vocación, su singularidad, su tarea, su responsabilidad. El nombre «Jesús», el nombre de aquel que ha sido engendrado por el Espíritu Santo, es el nombre que viene de Dios y no de los hombres, de lo alto y no de lo bajo. Y por eso es el único nombre en el que hay salvación (cf. Hch 4,12).

 

Nosotros, cristianos, hemos sido bautizados en el nombre de Jesús. En Cristo, nuestro nombre ya no es memoria del pasado, sino camino hacia el futuro, no es repetición de lo ya visto y sufrido, sino novedad de vida.

 

En el pasaje del Evangelio se subraya la actividad interior de María: el lugar del corazón es la interioridad como espacio de elaboración del sentido, de acogida de lo real y de maduración de las elecciones y las decisiones.

 

María, que reflexiona y medita «en su corazón» (Lc 2,19) sobre los acontecimientos que suceden y que guarda en su interior palabras que despiertan asombro, cultiva y elabora en sí misma el sentido de tales acontecimientos, lo concibe, lo lleva en su seno como llevó en su seno al hijo, le da progresivamente forma, esperando dar a luz, o mejor, ser engendrada a ese sentido que la toma como Madre del Señor.

 

Lucas habla de un cumplimiento de días (cf. Lc 2,21) y Pablo de la «plenitud de los tiempos» (Gál 4,4). La bendición sacerdotal expresa la benévola acción cotidiana de Dios hacia el hombre: una acción que se reconoce en las pequeñas cosas de cada día, en el devenir del transcurso de los días y del futuro de los acontecimientos.

 

La actividad interior y espiritual de memoria y reflexión de María es lugar de comprensión y tiempo de discernimiento de la bendición divina en lo cotidiano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

La esperanza del año nuevo.

La esperanza del año nuevo

Comienza un nuevo año. 

Levantamos la vista y nos encontramos con horizontes cargados de grandes nubes que amenazan tormenta. 

¿Qué hacer? 

¿Rendirnos, huir, desesperarnos? 

La tentación existe, pero algo nos dice que debemos dejar de lado las quejas y los murmullos si queremos empezar el nuevo año con buen pie. 

¿Queremos empezar con una palabra en desuso e impopular? 

Una palabra desacreditada porque aparentemente es suave y frágil. Pero que también tiene un corazón de hierro. 

La palabra esperanza. 

Que a algunos les provoca una sonrisa burlona, a otros un bostezo de aburrimiento. 

Pero también hay que reconocer que sin esperanza la realidad se embalsama como si fuera un cadáver. 

Sin esperanza nos convertimos en un cuerpo con el cerebro plano. 

Pero, ¿es eso realmente lo que queremos? 

Sin esperanza es imposible encontrar lo inesperado. 

De hecho, esperar no significa cruzarse de brazos y esperar que caiga el maná del cielo, sino arremangarse y ponerse manos a la obra. 

Aun sabiendo que la esperanza está llena de riesgos. 

La esperanza es el riego de los riesgos. 

La esperanza es algo con alas que se instala en el espíritu y canta sin palabras y nunca se detiene. 

Cuando la vida no está llena de esperanza, alguien la llenará de miedo. 

¡Feliz Año 2026!

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

lunes, 29 de diciembre de 2025

Una cultura del discernimiento ético, pensamiento crítico y, llegado el caso, de resistencia humanista en la era digital y artificial

Una cultura del discernimiento ético, pensamiento crítico y, llegado el caso, resistencia humanista en la era digital y artificial 

Nuestros dispositivos, cada vez más sofisticados, son ahora capaces de sustituirnos en muchas funciones. Poco a poco, dejamos de percibir esta omnipresencia: tiende a transformarse en una especie de subconsciente tecnológico que influye profundamente en nuestra vida cotidiana y en nuestras relaciones con los demás. 

Estamos tan inmersos en este proceso que no nos damos cuenta de lo mucho que está cambiando la realidad en la que vivimos. 

Cambian las reglas, los paradigmas, las visiones del mundo y las formas de organización social. Casi sin darnos cuenta, se redefinen las normas y los estructuras que durante siglos han regulado nuestras vidas, nuestras proximidades y nuestras pertenencias: el imaginario colectivo, las referencias culturales, los valores, los afectos, las expectativas sobre el futuro. El cambio es profundo y trascendental, y ya nos encontramos en una fase histórica radicalmente nueva. 

En esta reubicación tan rápida y desestabilizadora, quienes provienen de contextos marcados por reglas y visiones diferentes a menudo experimentan desorientación y fatiga. Se hace necesario un ejercicio continuo de reeducación, aprender a pensar de manera diferente a como se nos ha formado a lo largo de la vida. 

Es aquí donde, para mí, que me reconozco en la fe cristiana, surge una cuestión que está siendo decisiva: la forma misma en que he sido educado para pensar y vivir la fe es cuestionada por la realidad digital. 

Siento la necesidad de un profundo replanteamiento. Lo que irrumpe en la vida cotidiana no es solo un salto tecnológico, sino un auténtico acontecimiento cultural. La transformación digital cambia la forma en que trabajamos, nos comunicamos, aprendemos e imaginamos el futuro. 

A un nivel aún más profundo, se cuestiona nuestra relación con el sentido, con el límite, con lo humano. 

Y es en este espacio donde la espiritualidad y la cultura se convierten en claves interpretativas decisivas: no como residuos del pasado, sino como lugares críticos capaces de orientar el presente. 

La realidad que toma forma dentro de la cultura de la inteligencia artificial está marcada por la centralidad de la eficiencia, la mensurabilidad de los procesos y la reducción de la complejidad a datos procesables. Los algoritmos y los modelos predictivos prometen anticipar comportamientos, optimizar decisiones y reducir la incertidumbre. Así, el mundo tiende a aparecer como un conjunto de problemas técnicos por resolver. 

Y este paradigma no es neutral. 

Porque tiende a transformar la experiencia humana en información, la relación en interacción funcional, el tiempo en una sucesión de prestaciones. El riesgo cultural no es tanto una deshumanización genérica, sino una colonización progresiva del imaginario, en la que lo que no es calculable se percibe como inútil, ineficaz o marginal. 

Y la espiritualidad, en sus diversas formas religiosas y laicas, introduce, en cambio, otra gramática. 

Porque afirma que no todo lo que importa puede medirse, que el sentido precede a la eficiencia y que lo humano no coincide con su función. En este sentido, la espiritualidad no se opone a la tecnología como tal, sino que cuestiona su pretensión totalizadora. 

Desde el punto de vista cristiano, esta resistencia simbólica tiene sus raíces en la idea bíblica de una criatura frágil y relacional, llamada no a dominarlo todo, sino a custodiarlo. 

Algunas experiencias fundamentales como el silencio, la espera, la vulnerabilidad, el perdón, la compasión y la esperanza no pueden ser replicadas ni sustituidas por la inteligencia artificial. No responden a la lógica de la optimización, sino a la de la gratuidad y al reconocimiento del otro como fin, nunca como medio. 

Con la inteligencia artificial, las tecnologías digitales son hoy capaces de imitar el lenguaje humano, la escritura e incluso algunas formas de creatividad. Esto produce un efecto cultural ambivalente. Por un lado, pone en crisis las narrativas ingenuas sobre la singularidad de la inteligencia humana; por otro, hace aún más evidente lo que no es reducible a la imitación. 

La conciencia, la responsabilidad moral, la experiencia del dolor y la alegría, el deseo de justicia y de sentido último no son simples funciones cognitivas. Son dimensiones existenciales. La tradición cristiana insiste en este punto: el ser humano no es solo aquel que piensa, sino aquel que sufre, ama, espera y confía. La inteligencia artificial sí puede acompañar algunos procesos, pero no puede habitarlos desde dentro. 

En este escenario, la tarea de la cultura no es ni celebrar ni demonizar la inteligencia artificial, sino ejercer el discernimiento. Esto implica plantearse preguntas incómodas: ¿quién controla los algoritmos? ¿Qué intereses económicos y políticos los orientan? ¿Qué desigualdades corren el riesgo de amplificar? ¿Qué idea del ser humano presuponen? 

La espiritualidad cristiana, particularmente en su dimensión profética, ofrece instrumentos valiosos para este discernimiento: la crítica de la idolatría (hoy en día, a menudo la de la eficiencia y el mercado), la centralidad de los últimos y los descartados, la primacía de la conciencia sobre los sistemas. 

Y todo ello porque también ha llegado el momento de recordarnos que una tecnología es buena no cuando es poderosa, sino cuando sirve a la dignidad de todos, empezando por los más frágiles y los descartados del sistema. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

sábado, 27 de diciembre de 2025

También Jesús fue salvado - San Mateo 2, 13-15. 19-23 -.

También Jesús fue salvado - San Mateo 2, 13-15. 19-23 -

La infancia de Jesús está marcada por amenazas, hostilidad y enemistades que obligan a los padres del niño a emigrar a Egipto: una sombra de muerte se cierne sobre el niño recién nacido. El primer Domingo después de Navidad presenta el acontecimiento de la encarnación en su reflejo sobre la familia en la que Jesús nació y creció.

 

Es verdad. El tema de la familia parece relevante en este Domingo. Pero hay que decir —para evitar posibles caídas retóricas y devocionales relacionadas con la idealización de la familia y de la «sagrada» familia, y también con las derivas y los abusos ideológicos a los que este delicado tema está sujeto hoy en día— que, en la economía cristiana, y según las propias palabras de Jesús, la realidad decisiva es la nueva familia de Jesús, la de sus discípulos reunidos en torno a Él por el anuncio de la Palabra de Dios y que se basa no en los lazos de sangre sino en «hacer la voluntad de Dios» (cf. Mt 12,46-50).

 

El pasaje del Evangelio según Mateo presenta la infancia de Jesús marcada por amenazas, hostilidades y enemistades que obligan a los padres del niño a emigrar a Egipto para escapar de la amenaza de muerte dirigida al recién nacido por el poderoso y cruel Herodes. Una sombra de muerte se proyecta sobre el niño que acaba de nacer.

 

Este texto evangélico se titula a menudo «Huida a Egipto» y, efectivamente, presenta una huida: y la huida no siempre es un acto deshonroso, sino que también puede ser un acto de discernimiento que lee la historia y capta los peligros que se esconden en ella, y un acto de valentía que se atreve a afrontar el miedo y toma la decisión posible. Y, a veces, no hay otra posibilidad que la huida.

 

La huida puede convertirse en un acto de humildad (porque expresa la conciencia de la propia limitación e impotencia) y en un acto de resistencia (porque no se doblega ante el mal dominante). Y en el caso concreto de este texto evangélico, es un acto de responsabilidad con el que José asegura un futuro a María y a Jesús.

 

Pero también es un acto de fe. Mateo señala que es el ángel del Señor quien se le aparece en sueños a José y le dice que huya a Egipto. Esta expresión, «ángel del Señor», designa la intervención divina en los asuntos humanos para poner fin a situaciones desesperadas, sin salida, que parecen no tener remedio.

 

En los dos primeros capítulos de Mateo, el ángel del Señor interviene tres veces: para resolver el dilema de José y orientarlo a tomar a María como su esposa (1,20), para impulsarlo a huir a Egipto llevando consigo al niño y a su madre (2,13) y, finalmente, para hacerle regresar a la tierra de Israel llevando consigo al niño y a su madre (2,19) .

 

La solución, la salida de situaciones desesperadas, va siempre acompañada del acto de responsabilidad, que es también un acto de amor y justicia, con el que se invita a José a «tomar consigo», primero a María como su esposa, luego «al niño y a su madre». Si José huye a Egipto, ciertamente no huye ni de la responsabilidad, ni del amor, ni de la justicia.


El texto evangélico pretende que Jesús recorre el camino de Israel, «el hijo de Dios» («Israel es mi hijo primogénito»: Éx 4,22), descendiendo a Egipto y luego regresando a la tierra de Israel. Es como si toda la historia de la salvación se resumiera en la persona y en la historia de Jesús.

 

La historia de la salvación se desarrolla a través de historias particulares, historias de nombres y rostros, historias familiares, a través de esa red de relaciones cotidianas que teje la existencia humana. Y pasa a través de la salvación de historias y relaciones cotidianas: al salvar a su familia del peligro inminente, José salva también la historia de la salvación de Dios con toda la humanidad. Salvar una vida es salvar el mundo.

 

Y aquí hay que decir que Jesús aparece como objeto de salvación. Él es salvado, sustraído de la matanza que Herodes llevará a cabo de los niños menores de dos años, gracias a la acción de José.

 

Este, llevándose al niño y a su madre, bajando a Egipto y luego haciendo el camino de vuelta, como en un nuevo éxodo, desempeña esa tarea de presencia y protección propia de los padres y que permite al niño atravesar esas contradicciones y dificultades de la infancia —que podrían marcar profundamente su futuro— habiendo conocido el amor y el cuidado.

 

En este texto, la historia familiar se tiñe de matices teológicos. El decreto de Herodes que ordena el exterminio de los niños menores de dos años es una repetición y evocación, una referencia al texto del Éxodo en el que se narra el exterminio ordenado por el faraón de los hijos varones de los hebreos (Éxodo 1,15-22).

 

Moisés se salvó de ese exterminio al ser escondido primero durante tres meses y luego abandonado en una cesta en el Nilo, donde fue encontrado y adoptado por la hija del faraón, que lo llamó Moisés, diciendo: «Yo lo he salvado de las aguas» (Éxodo 2,10).

 

Jesús también fue salvado. La tipología de Moisés se refleja en Jesús. El que «salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) es el que ha sido salvado Él mismo, el que ha conocido en su carne la experiencia de ser salvado.


Ciertamente, a diferencia de Moisés, que nunca entró en la tierra prometida, Jesús sí entrará en ella. Y precisamente el destino final de Jesús en la tierra de Israel, será Nazaret, localidad que nunca se menciona ni en el Antiguo Testamento ni en el Talmud.

 

El establecimiento en Nazaret tiene como objetivo el cumplimiento de lo dicho por los profetas: «Será llamado Nazareno» (Mt 2,23). Lo cual indica que a Jesús tuvo Nazaret como lugar de infancia y adolescencia. Aunque esa palabra podría ser una referencia a «nazareo», «consagrado», «santo».

 

Lo que es seguro es que, para Mateo, la historia de la salvación que Dios lleva a cabo con los hombres pasa por acontecimientos oscuros y tenebrosos, acontecimientos en los que el mal y la prepotencia, la violencia y la crueldad prevalecen, causando la muerte de muchos inocentes (Mt 2,16-18) y obligando a mucha gente pobre a éxodos forzados.

 

De hecho, no se puede olvidar que esta página de Mateo, al presentar la migración forzada de José con su familia, se presenta incluso de gran actualidad. 


En esa historia están las muchas historias de familias que hoy se ven obligadas a partir, las historias de millones de personas que no eligen irse, sino que se ven obligadas a separarse de sus seres queridos porque son expulsadas de su tierra o porque tienen que huir tratando de buscar un futuro digno de las personas.

 

Quizá la partida de tantas familias, personas,..., a veces esté llena de esperanza, es decir, de futuro… Pero en muchas otras ocasiones la partida solamente tiene un nombre: supervivencia. Sobrevivir a cada Herodes de turno que, para imponer su poder, no tiene ningún problema en derramar sangre inocente.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

viernes, 26 de diciembre de 2025

Sobre la película “Nuremberg” y la banalidad del mal.

Sobre la película “Nuremberg” y la banalidad del mal

Douglas Kelley, psiquiatra militar, también fue llamado a Núremberg para examinar la capacidad de discernimiento y voluntad de los jerarcas nazis: el historiador Jack El-Hai hablará de su experiencia en el libro El nazi y el psiquiatra de 2013, en el que se basa la película Nuremberg, del director James Vanderbilt.

 

Y uno queda trastocado cuando comienza a sospechar la ausencia de anotaciones psicopatológicas importantes. Porque quienes sospechábamos que los 19 acusados y los 14 testigos, cómplices en la realización del holocausto, estaban mentalmente perturbados debemos reconsiderar nuestra opinión al leer las propias palabras de los acusados.

 

Sí, uno queda trastocado cuando se encuentra ante la ausencia de una conciencia colectiva del genocidio, de un sentimiento similar a un vago remordimiento o culpa.

 

Los acusados responden a preguntas precisas sobre su participación personal en el exterminio judío con frases anónimas, que precisan su papel, menor, de funcionarios fieles a una causa política.

 

Y uno tiene la sensación de que esa «neutralidad», que aleja la tragedia del holocausto, o es fruto de una estrategia procesal o es la fotografía de una realidad desapasionada.

 

En muchos de los interrogados predomina el orgullo militar, la confianza inquebrantable en un ego dominado por un pensamiento antisemita, fanático y nacionalista.

 

Y es que la desconexión entre el horror de los hechos y la certeza de la propia razón «superior» sigue generando hoy en día, si no horror, al menos asombro.

 

Resulta evidente que todos (o casi todos) niegan cualquier responsabilidad directa en el genocidio, reduciendo su posición jurídica a la de meros ejecutores de órdenes. La voluntad de todos los acusados es negar o minimizar su participación directa, incluso parcialmente consciente. Cada uno de ellos quiere y elige no saber y no ver, sorprendido de que pudieran ocurrir cosas tan horribles.



Recuerdo que en Vencedores y vencidos, dirigida por Stanley Kramer en 1961, uno de los acusados, el juez Ernst Janning, aunque manifiesta su dignidad personal como intelectual y escritor, se atreve a decir que él sabía, sí, de los cientos, pero no de los miles de muertos. Por lo tanto, si las víctimas hubieran sido cientos y no miles, Ernest Janning se engañaba a sí mismo pensando que era, al menos numéricamente, menos culpable.

 

Los acusados de Núremberg no eran personajes «sin carácter», sino personas ambiciosas, despiadadas, conscientes de su poder absoluto, pero también maridos irreprochables, padres hipócritas, defensores de la nación, incluso a costa de matar a cualquiera que se atreviera a rebelarse contra el régimen autocrático del Tercer Reich.

 

En las diferentes respuestas llama la atención el tono siempre objetivo, la descripción neutra de los hechos y la férrea fidelidad a los códigos militares. A juzgar por todos los relatos, parece que ninguno de ellos pudo actuar de otra manera que como lo hizo, al tener que obedecer las órdenes de Himmler y Hitler bajo pena de muerte, y que no había ningún margen posible para reacciones emocionales que minaran la autoridad suprema del Führer.

 

Creo que para que exista una patología es necesario que exista un síntoma. Y esto me hace pensar. Y es que llama la atención que de cada una de estas entrevistas no se desprende ninguna alteración que remita a algún trastorno del estado de ánimo o del pensamiento; no se trasluce la percepción subjetiva de la duda o la herida personal del dolor: solo la constatación de la incomprensible ruina del Tercer Reich y la conciencia de haber sido derrotados.

 

¿Eran sádicos enmascarados? ¿Burocráticos que no sabían? ¿Cobardes que defendían sus vidas?

 

Las únicas excepciones fueron la de Rudolph Hesse, declarado incapaz de entender y querer, y condenado a cadena perpetua en la prisión de Spandau, donde murió a los noventa y dos años, y la de Hermann Göring, que destaca entre todos los demás por su arrogante omnipotencia y su febril disforia maníaca. Hace afirmaciones claras y duras, en contraste con los tonos a menudo hipócritas de los demás acusados. No niega los crímenes del Tercer Reich. El poder autocrático impone una única obediencia, una única visión del mundo.

 

En la película Nuremberg Göring, interpretado por un Russell Crowe físicamente imponente incluso en su condición de cautivo, grita desde la sala del tribunal: «Nicht schuldig», «No culpable»; y pocos minutos antes de la ejecución, eludirá la horca masticando una pastilla de cianuro, en un acto extremo de heroísmo negativo.


 

Casi todos los acusados en el juicio de Núremberg escamotean el genocidio judío como si hablaran de los alrededores del holocausto, o de cuestiones de política general, de defensa personal...

 

Y, sin embargo, ninguno de los crímenes imputados a los oficiales es un recuerdo del pasado. Crímenes similares a estos siguen existiendo y multiplicándose, aunque cambien los nombres de los dictadores y los nombres de las víctimas.

 

Hace ya tiempo, incluso diría que muchos años, comencé a pensar seriamente que la historia no enseña nada.

 

Porque han llegado, llegan y llegarán otros episodios, otras masacres, y se renovará la pantomima de las culpas, las acusaciones, las defensas. Y, como de costumbre, algún psiquiatra llamado a «comprender», a dar sentido a esas acciones monstruosas, no sabrá identificar, en el inconsciente de los verdugos, un síntoma, una laguna existencial: verá en sus vidas, hombre tras hombre, una sed insaciable de poder, una sed que, para ser saciada, llevará a algunas personas (judíos o lo que sean) a la extinción, y a miles de otros pueblos al mismo destino, en este presente y en el futuro inmediato de las próximas guerras.

 

Cada verdugo, seguramente, nunca muestra sus abismos mentales. Su verdad prevé la destrucción de quienes se oponen a ella. De la orden impartida a la orden ejecutada, sin tiempo para pensar, para dudar, para mostrar ningún síntoma de vacilación... Sin piedras en el camino: la derrota del enemigo resolverá cualquier atisbo de duda o cualquier problema de conciencia con el silencio definitivo de la muerte… con la aniquilación.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

jueves, 25 de diciembre de 2025

Sin hacer alarde de su categoría divina… asumió la condición humana de los pobres - meditación navideña -.

Sin hacer alarde de su categoría divina… asumió la condición humana de los pobres - meditación navideña - 

Todos somos lo suficientemente maduros como para comprender que los relatos evangélicos sobre el nacimiento de Jesús no son una biografía ni la transcripción cronológica de hechos que realmente ocurrieron tal y como se narran. Por otra parte, esa no es su intención. 

La lectura necesariamente teológica que se proyecta sobre estos textos marca (y marcará) la diferencia, aunque sigamos haciendo nuestros belenes (y por suerte) cristalizando la historia del acontecimiento navideño en el imaginario devoto de nuestro adn religioso. 

Pero los Evangelios, que son interpretaciones (no manipulaciones) de los hechos, no pueden ocultar el carácter exquisitamente humano de esos acontecimientos. Al contrario. Y es mejor recordarlo. El nacimiento de Jesús, el Mesías esperado, tiene lugar ‘dentro de’ una historia de nombres y apellidos y una geografía de fronteras y ciudades: César Augusto y el gobernador Quirinio, Galilea y Judea. 

No son detalles insignificantes: el Dios que viene al hombre decide no saltarse las condiciones espaciotemporales ineludibles del nacimiento de todo ser humano. Decide tener vínculos y afectos, un padre y una madre. La encarnación es esto, ante todo. 

Pero, sobre todo, decide nacer 'como' un niño cualquiera. Aunque Marcos y Juan no tienen el más mínimo interés por los orígenes del hombre de Nazaret, porque en sus evangelios, Jesús ya se presenta como el Cristo en toda su plenitud, no hay que huir inmediatamente de este detalle tan singular: en Navidad nos encontramos ante un pequeño ser. 

El mensaje del ángel es disruptivo y paradójico: «Os anuncio una gran alegría: encontraréis a un niño envuelto en pañales». ¿Pero cómo? Esperábamos a un Dios y ha llegado ‘solo’ un niño. 

Y la cuestión no radica en la forma tan humana de Dios de venir al mundo, sino en nuestra forma de pensar ‘cómo’ Dios debe venir a nosotros. Podríamos haber imaginado todo… excepto la «forma» humana. Si tenemos que esperar a un Dios, nos gustaría que tuviera la ‘forma’ de lo sobrenatural, del poder, de lo sagrado, del milagro, como toda experiencia religiosa que se precie en la larga ola del «mysterium tremendum et fascinans» (Otto). Incluso el Evangelio tiene que indicar a los pastores «no temáis». 

Por lo tanto, todo menos carne y sangre. Todo menos el cuerpo. Si a esto le añadimos que este extraño Dios viene al mundo en los barrios menos prestigiosos (¿qué hay de Jerusalén?), hijo de dos pobres (por decirlo así) que luchan por encontrar un lugar que no existe y no logran salir adelante con excesiva holgura, adorado por pastores de moralidad cuando menos dudosa, …, el cuadro está completo. 

La pregunta sigue dando vueltas: ¿realmente debemos conformarnos con un Dios así? 

Los cristianos no son solo aquellos que creen que Dios se hizo hombre (lo cual, obviamente, no es poco), sino que ese niño, que de mayor será expuesto a la barbarie político-religiosa, es verdaderamente Dios. 

Y hay que añadir también: los cristianos no son aquellos que creen en Dios. Son aquellos que creen en el Dios de Jesús. 

Esa «de» marca la diferencia. Y define la auténtica identidad cristiana. Jesús, según la feliz intuición de René Luneau, es «el hombre que evangelizó a Dios», es decir, lo convirtió en una buena noticia para nosotros. 

La Navidad no es una bonita historia, un bonito sueño. En Navidad, veo venir hacia mí a un recién nacido que, ya, es mi Maestro. Un niño que está a punto de enseñarme verdades muy elementales... Está a punto de enseñarme que, por un lado, hay estrategias, cálculos, fuerza, poder, envidia, dinero… Y que, por otro lado, hay atención al otro, olvido de uno mismo, apertura, bondad, don… 

Desde el poder político de Herodes y más arriba, hasta el poder religioso de los Sumos Sacerdotes Ana y Caifás, no lo recibieron, lo rechazaron, lo combatieron, lo mataron. 

Y nosotros lo podemos matar cuando falsificamos el Verbum, la Palabra, el Evangelio: es decir cuando lo domesticamos, purgamos, adulteramos, descafeinamos, incluso sacralizándolo, apartándolo y encerrándolo en sacristías, porque es molesto. 

Otras veces reduciéndolo a un texto edificante de un pietismo sin historia, que consigue apagar toda pregunta y mortificar toda profundización crítica, un librito inofensivo que no molesta a nadie o, como mucho, un manual de instrucciones, una lista de actitudes correctas e incorrectas. 

Al final… hasta podemos dejar sencillamente irrelevante el Dios de Jesucristo y su Buena Noticia de Reino. 

Y, sin embargo, son los pobres los que le acogen. 

Son los puros de corazón. Puros, libres de toda vanidad, de toda soberbia y arrogancia, de toda duplicidad e hipocresía, sobre todo libres de sí mismos, capaces de acoger, porque a su vez son misteriosamente acogidos, como Jesús, el hombre esencialmente libre que viene a liberar. 

Son los ‘anawim’, los pobres del Señor, que logran hacer de su carencia el lugar de esperanza para esa plenitud que no pueden darse a sí mismos. 

Son aquellos a quienes el deseo lleva más allá, los lejanos, los magos, los buscadores de sentido y de verdad que con esfuerzo y por gracia se ponen en camino hacia la luz de la estrella de la mañana. 

Son los operadores de paz, los perseguidos por causa de la justicia, que no pueden permanecer indiferentes ante las atrocidades que ensangrientan el mundo. 

Son aquellos a quienes las fatigas de la vida han postrado y están sedientos de amor, de un amor grande, generoso, acogedor, que no humilla, no se regocija con la injusticia, sino que se complace con la verdad, y todo lo excusa, todo lo soporta, todo lo espera, todo lo da. 

Y todos aquellos que, aunque no sean conscientes de ello, viven el misterio de un Dios que se ha hecho carne, ese Dios que ama al hombre real tal como es, en su grandeza y en su miseria. 

Oración al Niño 

Bienvenido a un mundo que sigue necesitando tu luz. 

En este tiempo en el que celebramos tu nacimiento, nos detenemos a contemplar tu llegada frágil y humilde. 

No naciste en un palacio, entre honores y poder, sino en un establo, entre el heno y los animales. 

No te recibieron reyes, sino pastores, hombres sencillos a menudo olvidados. 

No era lo que imaginaba el pueblo que te esperaba. Quizás ni siquiera lo que nosotros imaginábamos. Pero era exactamente como Dios lo quiso. 

Precisamente en la vulnerabilidad de la pobreza, Dios reveló el corazón de su Reino: el Año de Gracia y la Buena Noticia. 

Porque Tú, Señor, no naciste para los fuertes, sino para los frágiles. 

No viniste para confirmar a los poderosos, sino para levantar a los pobres. 

Y entonces te pedimos: ven otra vez. 

Ven donde el mundo no mira. 

Ven donde se llora, donde se pasa hambre, donde se lucha por vivir. 

Que nuestros ojos miren donde nadie mira, que nuestras manos se tiendan hacia los que están al margen. 

Que nuestros corazones endurecidos comprendan que tu Reino no es poder, sino amor que se hace pequeño y concreto, siempre fiel y laborioso. 

Nace de nuevo, Jesús, allí donde el dolor parece no tener fin. 

Nace donde cada día es una lucha por la supervivencia. 

Nace en la belleza de la humanidad que resiste. 

Nace en todos los lugares donde la muerte ha sustituido a la vida. 

Nace también aquí, en nuestros dolores ocultos, en los vacíos secretos que llevamos dentro. 

La humildad del Rey de reyes que no hizo alarde de su categoría divina, depositado en un pesebre, muestra que la humanización comienza cuando uno se despoja de lo que le pertenece para asumir la condición del Siervo. 

Y nos enseña que podemos confiar en Su historia, sobre todo cuando nos sorprende, cuando la consideramos locura o necedad, cuando no la entendemos, porque Dios escribe historias perfectas, incluso a partir de lugares que nos parecen inadecuados como el pesebre, la cruz, el sepulcro que fueron los únicos lugares en los que el Hijo del Hombre reclinó su cabeza. 

El nacimiento de Jesús nos dice que Dios no se equivoca de dirección cuando se abaja... hasta someterse y pasar inadvertido… Que podemos confiar, incluso cuando todo parece confuso, en Aquel que se pone a nuestros pies para lavarlos... Que la luz puede nacer en nuestros rincones más oscuros. 

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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