Aprendamos a dar como Jesús - San Juan 4,5-42 -
Jesús atraviesa el país de los samaritanos, extranjero entre gente de otra tradición y religión, y su actuar es ya un mensaje: se encuentra, habla y escucha, pregunta y ofrece, establece un diálogo verdadero, lo que es «fecundación recíproca» - Raimond Panikkar -.
En este su ir libre y fecundo entre los extranjeros,
Jesús es maestro de humanidad. Lo es al derribar barreras: la barrera entre
hombre y mujer, entre la gente del lugar y los extranjeros, entre religión y
religión.
Es Maestro porque es fuente de nacimientos: hace nacer
un encuentro y un diálogo donde parecía imposible, y esto a partir de su
pobreza: «¡Tengo sed!». Tiene sed de nuestra sed, deseo de nuestro deseo.
Debemos aprender a dar como da Jesús: no con la
superioridad de quien lo tiene todo, sino con la humildad de quien sabe que
puede recibir mucho de cada persona; - da origen a una mujer nueva.
Cuando habla con las mujeres, Jesús va directo al
corazón, conoce su lenguaje, el del sentimiento, del deseo, de la búsqueda de
razones fuertes para vivir: «Ve a llamar a aquel a quien amas».
Porque el amor es la puerta de Dios, y es Dios en cada uno.
Has tenido cinco maridos. Y el de ahora... Jesús no juzga a la samaritana, no la humilla, al
contrario: ¡has dicho bien! No exige que se ponga en regla antes de
confiarle el agua viva, no pretende decidir su futuro. Es el Mesías de suprema
delicadeza, de suprema humanidad, que encarna el hermoso rostro de Dios.
Jesús alcanza la profunda sed de esa mujer
ofreciéndole un «más» de belleza, de bondad, de vida, de primavera: «Te daré un
agua que se convierte en manantial que brota».
El agua es vida, energía de vida, gracia que recibo
cuando me conecto con la Fuente inagotable de la vida. Jesús le da a la
samaritana la posibilidad de reunirse con su fuente y de convertirse ella misma
en fuente.
Una imagen hermosa: un agua que se desborda, se
extiende, fluye, un torrente que es mucho más que lo que se necesita para
saciar la sed. La fuente no es posesión, es fecundidad. «A partir de mí, pero no para mí»
- Martin Buber -.
La samaritana abandona la jarra, corre a la ciudad,
detiene a todos en la calle, da testimonio, profetiza, contagia de azul y a su
alrededor nace la primera comunidad de discípulos extranjeros.
La mujer de Samaria comprende que no saciará su sed
bebiendo hasta saciarse, sino saciando la sed de los demás; que se iluminará
iluminando a los demás, que recibirá alegría dando alegría.
Convertirse en fuente, un hermoso proyecto de vida
para cada uno: hacer brotar y difundir esperanza, acogida, amor. A partir de
mí, pero no para mí.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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