Convertirse en fuente, proyecto de vida - San Juan 4,5-42 -
Una jarra, un pozo, una fuente. Tres imágenes de agua que se entrelazan como un crescendo musical, una espiral de vida que asciende.
«Dame de beber». El Señor tiene sed
de agua en ese mediodía caluroso, pero sobre todo tiene sed de nuestra sed.
Tiene sed de que tengamos sed de Él. Anhela nuestro anhelo, este pobre cántaro
que es nuestro corazón sediento.
«¡Si conocieras el don de Dios!».
Mujer, no vivas solo para tus necesidades, hambre, sed, amores, un poco de
religión, porque cuando hayas satisfecho estas necesidades fundamentales, solo
tendrás un poco de agua en una jarra, que pronto se acabará, siempre
insuficiente. No vivas sin misterio. Sin don.
El don de Dios es «agua viva que se convierte en
fuente de vida eterna». No una jarra más grande, no un pozo más
profundo, Jesús le da a la samaritana reunirse con su fuente.
Una imagen preciosa, con la eternidad que ya vibra en
esta agua, que se desborda, que se extiende, que va, que es más de lo que se
necesita para saciar la sed. La fuente es agua para la sed de los demás.
La
fuente no es posesión, es fecundidad.
La mujer que tomaba el agua que necesitaba para saciar
su sed, se convierte en la que da. Comprende que no saciará su sed bebiendo
hasta saciarse, sino saciando la sed de los demás; que se iluminará iluminando
a los demás, que recibirá alegría dando alegría. Convertirse en fuente: un
proyecto hermoso para todo corazón sediento de más vida.
Recibidme, dadme, al darme me obtendréis de nuevo: la
mujer abandona la jarra y el pozo, corre, llama, anuncia, testifica: «¡Hay
alguien que lo dice todo, que interroga al corazón!».
Nada revela tanto el misterio del hombre como el
misterio de sus amores. Se accede al secreto de una persona a través de la
revelación del amor. Precisamente
a través de su misterio de mujer (has tenido cinco maridos...), Jesús
hace nacer en la samaritana el misterio de Dios.
A ese espacio se accede por la puerta del corazón.
Allí se adora «en Espíritu y en verdad». Rezar no es cuestión de lugares y
ciudades santas, de montañas o templos: dondequiera que seas verdadero, cada vez que
seas verdadero, el Señor está contigo. Como, en el corazón, el canto de un
manantial.
Jesús es quien dice todo de mí, quien no me encierra
en mis fracasos, tan numerosos como los hombres de la samaritana, sino que me
señala el futuro, para que yo también, habiendo llegado al pozo como mendigo de
agua, regrese como mendigo de cielo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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