Una gracia no barata - San Juan 8, 1-11 -
En el Evangelio de Juan encontramos una frase de Jesús que vibra como una cuerda tensada entre dos polos: «Yo tampoco te condeno; vete y no peques más». Es una de las escenas más impactantes de las Escrituras. Al menos para mí.
Una mujer culpable de adulterio, una multitud dispuesta a agredirla, una tensión moral que se puede cortar con un cuchillo...
Mientras los líderes políticos y espirituales judíos claman por lapidarla,
Jesús no lanza piedras, no la humilla ni la expone al escarnio público:
Esto es la Gracia: el perdón concedido por amor,
incluso cuando no se merece, la suspensión de la condena, la posibilidad de
renovarse y empezar de nuevo.
La frase, sin embargo, no termina ahí, sino que
continúa de manera inequívoca: «Vete y no peques más».
Esta es la Verdad: la petición de cambio, la llamada a
la responsabilidad, la afirmación de que lo que se ha hecho no es simplemente «una
elección personal», sino un pecado, es decir, un acto que hiere a uno
mismo y a los demás y que se desvía inevitablemente de la plenitud para la que
hemos sido creados.
La Gracia y la Verdad son como dos alas: sin una, no se puede volar. Coexisten y se equilibran en la complejidad de la tantas veces falaz acción humana.
Quizás por comodidad, quizás por educación, a menudo
se hace una curiosa elección de campo, por la que se opta por favorecer la
primera mitad de la frase y se silencia la segunda.
Es fácil apoyarse en la maravillosa gratuidad de la Gracia, de un Jesús siempre sonriente, acogedor, que nunca juzga, que valida cada elección en nombre de la autenticidad individual.
La idea de decirle a
alguien «estás equivocado, no lo hagas más» parece socialmente
inaceptable, casi violenta. Hablar de pecado suena arcaico, opresivo y
ofensivo.
Si ya no existe el pecado, ¿qué sentido tiene el
perdón? Si todo es justificable, si cada deseo es sagrado por ser «mío»,
entonces la Gracia se convierte en simple aprobación, en un abrazo que no pide
nada. El amor que no pide nada, sin embargo, no transforma, sino que confirma.
En la ola de la cultura moderna del positive
mindset también se inserta el mantra de «sigue
tu corazón». ¡Es el corazón, se dice, el que sabe lo que es bueno para
ti! Y así, las emociones se convierten en brújula moral, sentirse bien se
convierte en el bien, y la incomodidad se convierte en el mal.
Jesús, en cambio, dice: crucifica tu carne y tus deseos, déjalo todo y sígueme. El cristiano está llamado a decir: no yo, Señor, sino tú; no mi voluntad, sino la tuya.
El reto es que el corazón humano no es un oráculo
infalible. Es maravilloso, pero también frágil y propenso al autoengaño. Las
emociones son indicadores muy importantes, pero no jueces supremos, porque
pueden llevarnos tanto a la generosidad como al egoísmo. Pueden inspirar el
sacrificio, pero también justificar la vanidad.
Si seguimos solo lo que «sentimos», corremos el
riesgo de legitimar cualquier impulso, positivo o negativo. Todos somos
falibles e imperfectos. Todos necesitamos tanto el perdón como el bien al que
aspirar.
La Gracia, privada de la Verdad, se convierte en
debilidad. Una caricia compasiva que evita la herida, pero también la cirugía
necesaria.
La Verdad introduce una palabra incómoda: la
responsabilidad. Nos hace responsables no solo de nuestros errores, sino
también (y sobre todo) de su reparación, de la renovación de uno mismo, del
cambio.
Admitir la existencia de la Verdad implica reconocer
que no todo lo que deseo es bueno para mí o para los demás, y que existe un
bien objetivo al que aspirar, incluso cuando no coincide con mi egoísmo.
Decirle a alguien «no peques más» hoy en día
parece impensable, porque se percibe como una lesión de la libertad individual.
Supone que la libertad es la capacidad de orientarse hacia el bien, y no una
simple expresión del deseo.
Sin embargo, paradójicamente, es precisamente la
Verdad la que hace poderosa a la Gracia. Si Jesús solo hubiera dicho «yo no te
condeno», la mujer habría seguido prisionera de su pasado. El «vete
y no peques más» abre un futuro mejor; es la confianza en que el cambio
es posible.
Una sociedad que solo habla de aceptación corre el riesgo de producir individuos frágiles, incapaces de tolerar la crítica, alérgicos al sacrificio. Una sociedad que solo habla de verdad sin gracia, por el contrario, se vuelve cruel, juzgadora, despiadada.
El cristianismo sabe mantener ambas cosas juntas:
Gracia:
somos perdonados, tenemos otra oportunidad.
Verdad:
estamos llamados a cambiar, a asumir la responsabilidad de hacer buen uso de la
oportunidad que se nos ofrece.
Entre estas dos palabras se juega la madurez de la
persona, espiritual, social y psicológicamente. Es un equilibrio difícil, una
tensión dinámica, como la que existe entre el corazón y la razón, entre la
compasión y la justicia.
Pero es precisamente en esta tensión donde el ser
humano crece, deja de ser esclavo de sus impulsos y comienza a ser
verdaderamente libre.

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