El peso de la cruz y la gloria de la vida - San Mateo 26,14-27,66 -
El Domingo de Ramos nos sumerge en uno de los momentos más festivos de la vida de Jesús: un torrente de sonrisas, desde el Monte de los Olivos hasta el Templo. Y alrededor era primavera, alegre y poderosa.
Una vez alguien estaba echando una mano en la huerta de un monasterio, tratando de ser útil, cuando se le ocurrió preguntarle a un monje: «Padre, ¿nunca se ha cansado de Dios? ¿De rezar, de pensar en él, de dedicarle todo su tiempo? Cuando uno se cansa de Dios, ¿qué debemos hacer?».
Él esperaba que le respondiera: «¿Cómo es posible cansarse de Dios? Eso significa que somos creyentes desde hace poco...». En cambio, le miró con sus profundos ojos y le contó una homilía de San Bernardo a sus monjes:
«El día de Ramos, en la procesión que acompaña al Maestro y a los discípulos bajando del monte de los olivos, hay quienes cantan, quienes aplauden, quienes forman una ala y extienden sus mantos, quienes agitan ramas de palma: un jardín que camina. Algunos más cerca de Jesús, otros más lejos. Pero todos contentos. Sin embargo, hay un personaje que se esfuerza más que todos, aunque es fuerte, aunque es el más cercano, y es la burra con su pollino (Mateo 21,2), sobre la que han extendido los mantos, sobre la que ha subido Jesús. Quien siente todo el peso de ese hombre que hay que llevar por la cuesta que sube desde el torrente Cedrón hacia el templo y se cansa, es la burra.
Es la más cercana a Jesús y, sin embargo, la que más fatiga sufre. Así también nosotros —continuó—, cuando fatigamos, cuando sentimos el peso de las cosas de Dios, quizá esto ocurre porque estamos muy cerca del Señor, lo estamos llevando y, con él, el peso del cielo sobre nosotros, con sus nubes oscuras que hay que empujar más allá. Lo importante es continuar: poco después está Jerusalén».
La Semana Santa trae consigo los días supremos de la historia, su vida y la nuestra en un solo río, los días de la «venganza» de Dios: cuando Dios se venga de toda la lejanía, de toda la separación, de toda la indiferencia, inventando la cruz que eleva la tierra, que baja el cielo, que recoge los horizontes, cruce de todos nuestros caminos dispersos.
La cruz es el abismo donde Dios se convierte en amante. Allí arriba, los brazos de Jesús, clavados y extendidos en un abrazo irrevocable, nunca más revocado, son las puertas del Edén abiertas de par en par para siempre, son la dilatación del corazón hasta desgarrarse, incluso antes del golpe de lanza.
Nueva génesis del hombre en Dios: el amado nace siempre de la herida del corazón de quien lo ama. El hombre nace del corazón desgarrado de su creador.
Revelación última de que Dios y la vida son siempre don de sí mismos, y nunca serás abandonado. Entonces, en la cruz de Jesús resplandece verdaderamente la gloria de la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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