Las lágrimas de Dios, fuente de amor - San Juan 11, 1-45 -
En la vida de los amigos de Jesús irrumpen la muerte y el milagro. Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Con dulzura, como se hace con los que amamos, Marta reprende al amigo: va directa al corazón de Jesús, y Jesús va directo al corazón de las cosas: Tu hermano resucitará.
Y Marta: «Sé que resucitará en el último día. Pero ese
día está tan lejos de mi deseo y de mi dolor».
Marta habla en futuro: «Sé que resucitará», Jesús
habla en presente: «Yo soy», y graba dos de las palabras más importantes del
Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida».
Al igual que a la samaritana, Jesús vuelve a regalar a
una mujer las palabras que están en el centro de toda la fe: Yo
soy y yo soy la vida. Soy aquel que ahora, aquí, hace renacer y volver
a empezar después de todas las caídas, los inviernos, los abandonos.
Fijémonos en la sucesión de las dos palabras «Yo soy
la resurrección y la vida». Primero viene la resurrección, luego la
vida, y no al revés. La resurrección es una experiencia que afecta ante todo a
nuestro presente y no solo a nuestro futuro.
Los vivos, nosotros, estamos llamados a resucitar
antes que los muertos: a
despertar y levantarnos de todas las vidas apagadas e inmóviles, dormidas e
inútiles; a hacer cosas que permanezcan para siempre: De muertos que estábamos,
nos ha dado vida con Cristo, con él resucitados (Efesios 2,5-6).
La vida avanza de resurrección en resurrección, hacia
el hombre nuevo, hacia la estatura de Cristo, hacia su medida.
Oh hombre, toma conciencia de tu dignidad real, Dios
en ti... - San Gregorio de Nisa -,
que
te transforma y hace la vida más firme, amorosa, generosa, sonriente, creativa,
libre. Eterna. Que rueda armoniosamente en las manos de Dios.
Jesús se conmovió profundamente y rompió a llorar. Entonces dijeron: ¡mira cómo lo amaba!
Llora y sus lágrimas son su declaración de amor a Lázaro y a sus hermanas.
Dios llora y llora por mí: yo soy Lázaro, yo soy el
amigo, enfermo y amado, que Jesús no acepta que le arrebaten. De las lágrimas
de Dios aprendemos el corazón de Dios.
La razón de nuestra resurrección está en este amor que
llega hasta las lágrimas. Resucitamos ahora, resucitaremos después de la
muerte, porque somos amados.
El verdadero enemigo de la muerte no es la vida, sino
el amor.
Fuerte como la muerte es el amor, dice el Cantar de
los Cantares. Pero el amor de Dios es más fuerte que la muerte. Si el nombre de
Dios es amor, entonces su nombre es también Resurrección.
¡Lázaro, sal! Liberadlo y dejadlo ir.
Tres palabras para resucitar, tres órdenes que
resuenan en mí: sal, libérate y vete. Con paso libre y glorioso, por senderos
bajo el sol, en un mundo habitado ahora por la más alta esperanza: alguien es
más fuerte que la muerte.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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