Resucitados porque amados - San Juan 11, 1-45 -
Jesús se enfrenta cara a cara con la amistad y la muerte, con el amor y el dolor, las dos fuerzas que sostienen cada corazón; lo vemos involucrado hasta el punto de estremecerse, llorar, conmoverse, gritar como en ninguna otra página del Evangelio.
De Lázaro solo sabemos que era hermano de Marta y
María y que Jesús era su amigo: porque amigo es un nombre de Dios.
Para él, el Amigo pronuncia dos de las palabras más
importantes del Evangelio: «Yo soy la resurrección y la vida».
No: yo seré la vida, en un mañana lejano y descolorido, sino aquí, ahora, en el
presente: yo soy.
Fijémonos en el orden de las dos palabras: primero
viene la Resurrección y luego la Vida. Ya hemos resucitado en el Señor;
resucitado de todas las vidas apagadas e inmóviles, resucitado del sinsentido y
de la falta de amor, que son la enfermedad mortal del hombre. Primero viene esta liberación, y de ahí una
vida capaz de superar la muerte.
Resucitados porque somos amados: el verdadero enemigo
de la muerte no es la vida, sino el amor, «fuerte como la muerte es el amor, tenaz como
el reino de los muertos» (Cantar de los Cantares 8,6).
Todos resucitamos porque Alguien nos ama, como le
sucede a Lázaro, devuelto a la vida por el amor hasta las lágrimas de Jesús.
Envidio a Lázaro, y no porque salga de la cueva de la
muerte, sino porque está rodeado de una multitud de personas que lo quieren. Su
suerte es la amistad, su santidad es el asedio del amor.
¡Lázaro, sal fuera! Y Lázaro sale envuelto en vendas como un recién nacido.
Morirá por segunda vez, es cierto, pero ahora se abre ante él una gran
esperanza: alguien es más fuerte que la muerte.
¡Liberadlo y dejadlo ir! Palabras que repite también a cada uno de nosotros:
sal de tu pequeño rincón; libérate como se liberan las velas, como se desatan
los nudos del miedo. Libérate de lo que te impide caminar en este jardín que
huele a primavera.
Y luego: ¡dejadlo ir!: dadle un camino,
horizontes, personas con las que encontrarse y una estrella polar para un viaje
que lo lleve más allá.
Jesús enumera los tres imperativos de cada nuevo
comienzo: ¡sal, libérate y vete!
Cuántas veces he muerto, cuántas veces me he dormido,
me he encerrado en mí mismo: se había acabado el aceite de la lámpara, se había
acabado el deseo de amar y de vivir. En alguna cueva oscura del alma, una voz
decía: ya no me importa nada, ni Dios, ni los amores, ni nada; no vale la pena
vivir.
Y entonces una semilla comenzó a brotar, no sé de
dónde, no sé por qué. Una piedra se movió, se filtró un rayo de sol, un grito
de un amigo rompió el silencio, unas lágrimas mojaron mis vendas. Y eso sucedió
por razones secretas, misteriosas y conmovedoras de amor: era Dios en mí, un amor más
fuerte que la muerte.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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