Salvaguardar y custodiar lo humano
Hay modelos de persona que, más que otros, nos obligan a cuestionarnos el mundo que estamos construyendo y el tipo de humanidad en el que queremos convertirnos.
Existe un modelo fuerte y vencedor que pone de
manifiesto una profunda tentación de nuestro tiempo: creer que la tecnología
puede salvarnos, que la vulnerabilidad es un defecto, que la historia es una
carga, que la comunidad es superflua.
En ese modelo se entrelazan las promesas y los temores
de nuestra época, y precisamente por eso su figura merece ser leída con una
mirada humanista, es decir, con una mirada que nunca separa la verdad de la
misericordia, la crítica de la esperanza.
Este modelo fuerte y vencedor al que me refiero ha
nacido en la tecnología que ya ha dejado de ser un medio y ha comenzado a
presentarse como un destino. La innovación ya no es un servicio, sino una fe;
ya no es un trabajo, sino una vocación salvadora.
En este entorno se desarrolla una visión del mundo que
no es solo económica o política, sino casi teológica: la convicción de que la
técnica es la fuerza que debe refundar el mundo, que la historia es un
obstáculo, que la democracia es un freno, que la finitud del hombre es un error
que hay que corregir.
Es una visión que habla el lenguaje del poder, no el del
cuidado; el lenguaje de la eficiencia, no el de la relación.
Para una sensibilidad humanista, esta visión es
reveladora.
Revela cuán profundamente le resulta complejo aceptar el límite, la fragilidad, la dependencia.
Revela lo difícil que es hoy creer que la vida humana
tiene valor no porque sea fuerte ni vencedora, sino porque es un don; no porque
sea autónoma, sino porque es relación.
Revela lo urgente que es recuperar una antropología
que no reduzca al ser humano a un proyecto técnico, sino que lo reconozca como
misterio, como criatura, como rostro.
Esta visión del mundo del hombre fuerte y vencedor es
un sistema de pensamiento que funciona como una teología secular.
Y articula una ontología del poder, en la que la
técnica es la única fuerza capaz de generar orden; una antropología selectiva,
en la que solo unos pocos individuos excepcionales merecen guiar el destino
colectivo; una política posdemocrática, en la que la decisión se sustrae al
pueblo y se confía a élites tecnocráticas; y una escatología secular, en la que
el fin del mundo no es un desastre, sino una brecha a través de la cual
instaurar un nuevo orden.
Es una visión que sustituye la esperanza por el
cálculo, la comunidad por el algoritmo, la fraternidad por la competencia.
Todo esto no es solo un problema político: es una
cuestión espiritual.
Porque es fácil confundir la salvación con la supervivencia, la redención con la optimización, la vida eterna con la vida infinita.
El elemento más radical de esta manera de pensar es su
relación con el Apocalipsis - que no es propiamente catástrofe sino revelación
-.
El Apocalipsis al que estamos asistiendo es el momento
en que el viejo orden —democrático, humano, limitado— se derrumba y quiere surgir
un nuevo orden.
Es una categoría política, no religiosa: el fin de
este mundo como condición de posibilidad de lo nuevo.
En esta perspectiva, la técnica es el instrumento que
permite atravesar el umbral apocalíptico.
Nos quieren hacer creer que este Apocalipsis no es un
acontecimiento que hay que temer, sino una ocasión que hay que preparar. La
política se convierte en escatología: gestión del fin, planificación del
después.
Este Apocalipsis es el fin del mundo: oportunidad para
los fuertes, no salvación de los débiles. Es el triunfo de la técnica, no el
triunfo del amor. Es la selección de los mejores, no la liberación de los
últimos.
Este modelo es una lente para leer el presente.
Su fe en la tecnología muestra la pérdida de confianza en la política y en la comunidad. Su elitismo radical pone al descubierto la crisis de la democracia. Su visión apocalíptica refleja la percepción generalizada de que vivimos al final de un ciclo histórico.
Es un modelo que no inventa nada: saca a la luz lo que
ya habita nuestro tiempo. Es un espejo, y lo que refleja es un mundo que ha
perdido la medida humana y que busca la salvación en el poder.
Pero si la técnica se convierte en destino, si lo
humano se convierte en un límite, si acaba venciendo este Apocalipsis, entonces
lo que está en juego no es el futuro de la tecnología, sino el futuro del
propio ser humano.
La dignidad no nace de la fuerza, sino del hecho de
vivir juntos; de que la comunidad no es un obstáculo, sino una vocación; de que
la fragilidad no es un defecto, sino nuestra condición real.
En una época que sueña con superar lo humano, la tarea
necesaria es justamente otra: custodiar lo humano. No por nostalgia. No por
miedo al futuro. Sino por amor a la vida. No para rechazar la técnica, sino
para impedir que se convierta en un ídolo al cual se sacrifica lo humano.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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