jueves, 5 de marzo de 2026

Salvaguardar y custodiar lo humano.

Salvaguardar y custodiar lo humano

Hay modelos de persona que, más que otros, nos obligan a cuestionarnos el mundo que estamos construyendo y el tipo de humanidad en el que queremos convertirnos.

 

Existe un modelo fuerte y vencedor que pone de manifiesto una profunda tentación de nuestro tiempo: creer que la tecnología puede salvarnos, que la vulnerabilidad es un defecto, que la historia es una carga, que la comunidad es superflua.

 

En ese modelo se entrelazan las promesas y los temores de nuestra época, y precisamente por eso su figura merece ser leída con una mirada humanista, es decir, con una mirada que nunca separa la verdad de la misericordia, la crítica de la esperanza.

 

Este modelo fuerte y vencedor al que me refiero ha nacido en la tecnología que ya ha dejado de ser un medio y ha comenzado a presentarse como un destino. La innovación ya no es un servicio, sino una fe; ya no es un trabajo, sino una vocación salvadora.

 

En este entorno se desarrolla una visión del mundo que no es solo económica o política, sino casi teológica: la convicción de que la técnica es la fuerza que debe refundar el mundo, que la historia es un obstáculo, que la democracia es un freno, que la finitud del hombre es un error que hay que corregir.

 

Es una visión que habla el lenguaje del poder, no el del cuidado; el lenguaje de la eficiencia, no el de la relación.

 

Para una sensibilidad humanista, esta visión es reveladora.


Revela cuán profundamente le resulta complejo aceptar el límite, la fragilidad, la dependencia.

 

Revela lo difícil que es hoy creer que la vida humana tiene valor no porque sea fuerte ni vencedora, sino porque es un don; no porque sea autónoma, sino porque es relación.

 

Revela lo urgente que es recuperar una antropología que no reduzca al ser humano a un proyecto técnico, sino que lo reconozca como misterio, como criatura, como rostro.

 

Esta visión del mundo del hombre fuerte y vencedor es un sistema de pensamiento que funciona como una teología secular.

 

Y articula una ontología del poder, en la que la técnica es la única fuerza capaz de generar orden; una antropología selectiva, en la que solo unos pocos individuos excepcionales merecen guiar el destino colectivo; una política posdemocrática, en la que la decisión se sustrae al pueblo y se confía a élites tecnocráticas; y una escatología secular, en la que el fin del mundo no es un desastre, sino una brecha a través de la cual instaurar un nuevo orden.

 

Es una visión que sustituye la esperanza por el cálculo, la comunidad por el algoritmo, la fraternidad por la competencia.

 

Todo esto no es solo un problema político: es una cuestión espiritual.


Porque es fácil confundir la salvación con la supervivencia, la redención con la optimización, la vida eterna con la vida infinita.

 

El elemento más radical de esta manera de pensar es su relación con el Apocalipsis - que no es propiamente catástrofe sino revelación -.

 

El Apocalipsis al que estamos asistiendo es el momento en que el viejo orden —democrático, humano, limitado— se derrumba y quiere surgir un nuevo orden.

 

Es una categoría política, no religiosa: el fin de este mundo como condición de posibilidad de lo nuevo.

 

En esta perspectiva, la técnica es el instrumento que permite atravesar el umbral apocalíptico.

 

Nos quieren hacer creer que este Apocalipsis no es un acontecimiento que hay que temer, sino una ocasión que hay que preparar. La política se convierte en escatología: gestión del fin, planificación del después.

 

Este Apocalipsis es el fin del mundo: oportunidad para los fuertes, no salvación de los débiles. Es el triunfo de la técnica, no el triunfo del amor. Es la selección de los mejores, no la liberación de los últimos.

 

Este modelo es una lente para leer el presente.


Su fe en la tecnología muestra la pérdida de confianza en la política y en la comunidad. Su elitismo radical pone al descubierto la crisis de la democracia. Su visión apocalíptica refleja la percepción generalizada de que vivimos al final de un ciclo histórico.

 

Es un modelo que no inventa nada: saca a la luz lo que ya habita nuestro tiempo. Es un espejo, y lo que refleja es un mundo que ha perdido la medida humana y que busca la salvación en el poder.

 

Pero si la técnica se convierte en destino, si lo humano se convierte en un límite, si acaba venciendo este Apocalipsis, entonces lo que está en juego no es el futuro de la tecnología, sino el futuro del propio ser humano.

 

La dignidad no nace de la fuerza, sino del hecho de vivir juntos; de que la comunidad no es un obstáculo, sino una vocación; de que la fragilidad no es un defecto, sino nuestra condición real.

 

En una época que sueña con superar lo humano, la tarea necesaria es justamente otra: custodiar lo humano. No por nostalgia. No por miedo al futuro. Sino por amor a la vida. No para rechazar la técnica, sino para impedir que se convierta en un ídolo al cual se sacrifica lo humano.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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