sábado, 23 de mayo de 2026

Asimilar y participar de la vida de Jesús - San Juan 6, 51-58 -.

Asimilar y participar de la vida de Jesús - San Juan 6, 51-58 -

 

La lectura comienza con el versículo 51: «El pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo».

 

Esta afirmación marca un punto de inflexión en la catequesis que Jesús imparte en la sinagoga de Cafarnaúm: el momento en que la imagen del pan es sustituida por la de la carne y la sangre, que al final volverá a dar paso al pan.

 

Estos versículos se presentan como una profundización en el tema del pan dado por la vida del mundo, con la intención precisa de subrayar con mayor claridad el tema de la vida. De hecho, en los pocos versículos se cuentan nada menos que seis apariciones del verbo «vivir» y tres del sustantivo «vida».

 

A la afirmación de Jesús del versículo 51 le sigue una reacción de ese mismo grupo al que Juan designa con el apelativo «judíos», que probablemente debe entenderse como los líderes religiosos: «Entonces los judíos comenzaron a discutir acaloradamente entre ellos».

 

La confrontación se recrudece. Estos discuten entre ellos, no le hacen preguntas a Jesús. No hablan a Jesús, sino de Jesús, a quien señalan con un despectivo «este»: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». A diferencia de ellos, Jesús busca el diálogo, rompiendo el círculo de la discusión acalorada.


Así comienza una nueva fase del discurso, centrada ahora en las imágenes de la carne y la sangre. Imágenes escandalosas: la carne del Hijo del hombre para comer evoca formas de canibalismo religioso, aborrecido por la fe de Israel; no menos impactante debía de sonar la petición de beber la sangre, además con su connotación de impureza.

 

Parece realmente que Jesús quiere provocar a su audiencia, sin andarse con rodeos. Y, de hecho, repite el mismo concepto dos veces, en negativo y en positivo: «Si no coméis…» y luego: «Quien come…». Una repetición con crescendo de dos verbos diferentes para decir «comer»: el primero de sentido más genérico, al que sigue un segundo que indicaría más bien el masticar, con la intención de subrayar la concreción de ese acto, suscitando una mayor repulsión.

 

Al comer y al beber se asocia desde el principio el efecto que ello produciría: obtener la vida. A quienes no comen ni beben, Jesús les dice: «No tenéis vida en vosotros». A quienes, en cambio, aceptan comer y beber, les declara: «Tienen vida eterna y yo lo resucitaré en el último día».

 

Todo está orientado a la vida, y esta es la clave para adentrarse en imágenes tan duras y difíciles de comprender. Como si dijera: ¡vida por vida! La vida que Jesús tiene para ofrecer no le viene de un poder mágico, sino de una transmutación de la vida: es su propia vida la que ofrece, simbolizada precisamente por el cuerpo y la sangre, por aquellas realidades que constituyen su existencia. La materialidad de la carne y la sangre indica la vida encarnada ofrecida como don: carne y sangre como el ser en su corporeidad.


La imagen de comer la carne y beber la sangre se retoma y se explica más adelante: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él». Así comienza a revelarse su significado simbólico, protegiéndola del peligro de ser malinterpretada.

 

No se trata de masticar carne humana, sino de entrar en una relación y permanecer en ella, tema especialmente querido por el cuarto evangelio. Ciertamente, desde una perspectiva eucarística, no se excluye el comer y el beber concretos, pero la intención es participar de la vida que es del Hijo. Y aquí la comparación entre la relación Hijo-creyente y la del Padre-Hijo aclara y disipa toda duda.

 

De hecho, dice Jesús: «Como el Padre, que tiene la vida, me ha enviado y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí». Una frase fundamental para comprender todo el discurso.

 

En primer lugar, Jesús dice que vive «para» el Padre, que recibe de Él la vida, en virtud de su comunión con Él; y es sobre ese modelo que construye la relación que propone a sus discípulos: comer de Él para participar de la vida que hay en Él.


Otro aspecto importante de esta afirmación es que Jesús pasa de la carne y la sangre al «yo»: «Quien me come», aclarando que se trata de entrar en una relación íntima con Él, con su existencia, con la vida que lo habita. De este modo evita también una mera cosificación: se trata de comer «al Hijo».

 

Captando, pues, también el significado eucarístico de estos versículos, podemos decir que, para San Juan, la participación en el sacramento es signo eficaz de una comunión íntima con Cristo y, a través de Él, con el Padre. Su finalidad es permanecer/morar en el Hijo, para recibir de Él esa vida que no tiene fin y que se manifestará en la resurrección al final de los tiempos.

 

Al final del discurso, Jesús vuelve al tema del «pan bajado del cielo» y a la comparación con lo que comieron los padres en el desierto. La conclusión reitera la capacidad del primero para infundir una vida que no pasa: «Quien coma este pan vivirá para siempre».

 

Al final de todo vuelven la imagen de la vida y el contraste entre la carne y la sangre, que presuponen una muerte, y la vida que perdura eternamente, para reiterar que en el centro de todo está el don de amor del Hijo, y del Padre a través de Él, para la vida del mundo.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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