Asimilar y participar de la vida de Jesús - San Juan 6, 51-58 -
La lectura comienza con el versículo 51: «El pan que yo os daré es mi carne, para la vida del mundo».
Esta afirmación marca un punto de inflexión en la
catequesis que Jesús imparte en la sinagoga de Cafarnaúm: el momento en que la
imagen del pan es sustituida por la de la carne y la sangre, que al final
volverá a dar paso al pan.
Estos versículos se presentan como una profundización
en el tema del pan dado por la vida del mundo, con la intención precisa de
subrayar con mayor claridad el tema de la vida. De hecho, en los pocos
versículos se cuentan nada menos que seis apariciones del verbo «vivir»
y tres del sustantivo «vida».
A la afirmación de Jesús del versículo 51 le sigue una
reacción de ese mismo grupo al que Juan designa con el apelativo «judíos»,
que probablemente debe entenderse como los líderes religiosos: «Entonces
los judíos comenzaron a discutir acaloradamente entre ellos».
La confrontación se recrudece. Estos discuten entre
ellos, no le hacen preguntas a Jesús. No hablan a Jesús, sino de Jesús, a quien
señalan con un despectivo «este»: «¿Cómo puede este darnos a comer
su carne?». A diferencia de ellos, Jesús busca el diálogo, rompiendo el
círculo de la discusión acalorada.
Así comienza una nueva fase del discurso, centrada ahora en las imágenes de la carne y la sangre. Imágenes escandalosas: la carne del Hijo del hombre para comer evoca formas de canibalismo religioso, aborrecido por la fe de Israel; no menos impactante debía de sonar la petición de beber la sangre, además con su connotación de impureza.
Parece realmente que Jesús quiere provocar a su
audiencia, sin andarse con rodeos. Y, de hecho, repite el mismo concepto dos
veces, en negativo y en positivo: «Si no coméis…» y luego: «Quien
come…». Una repetición con crescendo de dos verbos diferentes para
decir «comer»: el primero de sentido más genérico, al que sigue un segundo que
indicaría más bien el masticar, con la intención de subrayar la concreción de
ese acto, suscitando una mayor repulsión.
Al comer y al beber se asocia desde el principio el
efecto que ello produciría: obtener la vida. A quienes no comen ni beben, Jesús
les dice: «No tenéis vida en vosotros». A quienes, en cambio, aceptan
comer y beber, les declara: «Tienen vida eterna y yo lo resucitaré en el
último día».
Todo está orientado a la vida, y esta es la clave para
adentrarse en imágenes tan duras y difíciles de comprender. Como si dijera: ¡vida
por vida! La vida que Jesús tiene para ofrecer no le viene de un poder
mágico, sino de una transmutación de la vida: es su propia vida la que ofrece,
simbolizada precisamente por el cuerpo y la sangre, por aquellas realidades que
constituyen su existencia. La materialidad de la carne y la sangre indica la
vida encarnada ofrecida como don: carne y sangre como el ser en su corporeidad.
La imagen de comer la carne y beber la sangre se retoma y se explica más adelante: «Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él». Así comienza a revelarse su significado simbólico, protegiéndola del peligro de ser malinterpretada.
No se trata de masticar carne humana, sino de entrar
en una relación y permanecer en ella, tema especialmente querido por el cuarto
evangelio. Ciertamente, desde una perspectiva eucarística, no se excluye el
comer y el beber concretos, pero la intención es participar de la vida que es
del Hijo. Y aquí la comparación entre la relación Hijo-creyente y la del
Padre-Hijo aclara y disipa toda duda.
De hecho, dice Jesús: «Como el Padre, que tiene la vida,
me ha enviado y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí».
Una frase fundamental para comprender todo el discurso.
En primer lugar, Jesús dice que vive «para»
el Padre, que recibe de Él la vida, en virtud de su comunión con Él; y es sobre
ese modelo que construye la relación que propone a sus discípulos: comer de Él
para participar de la vida que hay en Él.
Otro aspecto importante de esta afirmación es que Jesús pasa de la carne y la sangre al «yo»: «Quien me come», aclarando que se trata de entrar en una relación íntima con Él, con su existencia, con la vida que lo habita. De este modo evita también una mera cosificación: se trata de comer «al Hijo».
Captando, pues, también el significado eucarístico de
estos versículos, podemos decir que, para San Juan, la participación en el
sacramento es signo eficaz de una comunión íntima con Cristo y, a través de Él,
con el Padre. Su finalidad es permanecer/morar en el Hijo, para recibir de Él
esa vida que no tiene fin y que se manifestará en la resurrección al final de
los tiempos.
Al final del discurso, Jesús vuelve al tema del «pan
bajado del cielo» y a la comparación con lo que comieron los padres en
el desierto. La conclusión reitera la capacidad del primero para infundir una
vida que no pasa: «Quien coma este pan vivirá para siempre».
Al final de todo vuelven la imagen de la vida y el
contraste entre la carne y la sangre, que presuponen una muerte, y la vida que
perdura eternamente, para reiterar que en el centro de todo está el don de amor
del Hijo, y del Padre a través de Él, para la vida del mundo.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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