La vida eterna se hace pan - San Juan 6, 51-58 -
La memoria del cuerpo y de la sangre es memoria de la Eucaristía que resume toda la existencia de Jesucristo. Y para ello nos acercamos a ese misterio inagotable a través de una parte del largo discurso en el que Jesús, en el capítulo sexto del Evangelio según San Juan, se revela como el «pan de vida».
Tras realizar el milagro de la multiplicación de los
panes (cf. Jn 6,1-13), en la sinagoga de Cafarnaúm Jesús anuncia a la multitud:
«Yo
soy el pan de vida, el pan de Dios que baja del cielo» (cf. Jn 6,32-41).
Los líderes religiosos de Israel reaccionan murmurando
contra Él, porque su ser plenamente hombre, su ser hijo de José, a sus ojos es
inconciliable con su proceder de Dios: nos encontramos ante el escándalo de la
encarnación, del hecho de que Dios se haya hecho hombre en Jesucristo.
Pero Jesús, profundizando aún más en su revelación,
afirma: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguien come de este
pan, vivirá para siempre, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del
mundo».
Este anuncio, hecho en términos crudos y realistas, parece enigmático: ¿cómo es posible que un hombre se entregue a sí mismo, su propia carne, para que otros la coman? Pero hay que tomarse en serio el escándalo suscitado por este «lenguaje duro» (Jn 6,60), hay que dejarse conmover por estas palabras, si se quiere llegar a una fe madura…
A esto nos invita Jesús quien, ante la perplejidad de
sus interlocutores, reitera en tono solemne: «En verdad, en verdad os digo: si
no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida
en vosotros… Mi carne es verdadero alimento y mi sangre verdadera bebida».
Se trata, pues, de comer la carne y beber la sangre
del Hijo (y no hay que olvidar que para los judíos rige la prohibición de beber
la sangre de cualquier ser vivo: cf. Gn 9,4), es decir, de comunicarnos con
toda su vida, para llegar a vivir como Él vivió.
Al mismo tiempo, estas palabras evocan también la
pasión y muerte de Jesús, su injusto final sufrido en la cruz, su cuerpo
quebrantado y su sangre derramada, don de una vida entregada en libertad por
amor, sacrificio del Siervo del Señor, del «Cordero degollado desde la fundación del mundo» (Ap 13,8; cf. 1 P
1,19-20).
El anuncio eucarístico es verdaderamente el gran misterio de la fe y del amor.
Es misterio de la fe en cuanto que se trata de comer y
beber nada menos que la carne y la sangre del Hijo de Dios, aquel que descendió
del cielo (cf. Jn 3,13) y volvió a ascender al cielo (cf. Jn 20,17).
Es misterio de amor porque nos llama a conocer, amar y
asimilar la vida de Jesús, con la certeza de que ella es el relato del amor de
Dios por los hombres (cf. Jn 3,16).
He aquí la gran posibilidad ofrecida a quien se
adhiere a Jesucristo, la de que Jesús mismo viva en Él y él en Jesús: «El
que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él».
No solo eso, Jesús añade: «Como el Padre, que tiene la vida,
me ha enviado y yo vivo por el Padre, así también el que come de mí vivirá por
mí»: ¡a través de Él, el creyente es llevado a participar de la vida
misma de Dios, la vida divina y eterna!
Sí, quien vive del amor de Jesús (cf. Jn 13,34;
15,12), vive ya aquí en la tierra de la vida misma de Dios, que es amor (cf. 1
Jn 4,8.16), un amor más fuerte que la muerte, según la promesa de Jesús: «Yo lo
resucitaré en el último día».
Esta revelación de Jesús nos hace comprender bajo una luz nueva también lo que se lee en el prólogo del Evangelio: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14), una carne que en la Eucaristía se asimila tanto bajo la forma de las palabras de Jesús como en la sacramental de su cuerpo y su sangre.
Y así llegamos a contemplar con los ojos de la fe el
gran misterio de la Eucaristía tal y como se anuncia en todo el Nuevo
Testamento: la Eucaristía es memorial de toda la vida del Hijo, de su
preexistencia junto al Padre antes de que el mundo fuera, de su existencia
terrenal culminada en su pasión y muerte, de su resurrección, de su actual
intercesión por nosotros ante el Padre, de su venida final en la gloria.
Por eso debemos acercarnos siempre a la Eucaristía,
sin duda llenos de gratitud por este don inconmensurable, pero también con el
temor y el temblor de quien se comunica a toda la vida del Hijo, la vida misma
de Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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