Diálogo personal con el Pan de Vida - San Juan 6, 51-58 -
Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo
Y yo
soy el hambriento y el sediento,
yo te
suplico cada día migajas de vida,
yo soy
constantemente devorado por mis deseos,
yo soy
masa de tierra que clama por que la vida no siga acabándose,
yo
estoy atado a Ti por la cadena de la necesidad,
yo no
soy nada si Tú no te dejas comer.
Si alguien come de este pan, vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo
Comerte es masticar lo divino derrumbado en la
debilidad de la carne,
tuyo el cuerpo rechazado, incomprendido, masacrado,
crucificado,
comer este pan me da miedo,
es como dejar que Tú me comas,
como si la eternidad fuera un molino de dientes,
y, sin embargo, sé que la existencia entregada
es la única luz capaz de eternidad.
Permanece el escándalo,
la duda permanece,
que todo se juegue aquí,
que la carne sea protegida, la vida prolongada, los
sentimientos custodiados,
que sea el sentido común el que dilate el futuro.
Tú, en cambio, pides ser masticado y tragado.
¿Cómo puede este darnos su carne para comer?
Tienen
razón los judíos,
somos
nosotros quienes debemos sacrificarnos, nosotros quienes debemos inmolarnos,
nosotros quienes debemos sucumbir en nombre de una vida sacrificial
que
tal vez no tenga nada que ver contigo,
pero
que llena de orgullo nuestra ilusión de santidad.
Somos
nosotros, desde siempre,
quienes
debemos inmolarnos ante nuestra idea de Dios.
Nosotros,
no Tú.
Los
judíos tienen razón.
Nosotros
podemos entregarnos a ti.
Un
Dios que se entrega no solo es inútil,
sino
que es la negación de esa caricatura de lo divino que llevamos dentro.
Si nos
pides que te debemos masticar y comer,
estás
matando aquello en lo que siempre hemos creído,
estás
matando a lo que llamamos Dios.
En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día
Comerte
es convertirme en ti. Esto me asusta.
Comer
no es llenar un vacío, sino dejarse transfigurar, una transformación visceral:
yo mismo en ti, atreverme a un nosotros entre Tú yo.
Y así
temo que mi carne no aguante,
yo
querría retener mi sangre y no derramarla,
no sé
si podré, Señor,
no hay
nada heroico en esto,
asimilarme
en Ti significa desaparecer, atravesar la pasión, significa el rechazo,
significa el escándalo, la incomprensión, el fracaso,
significa
que solo unos pocos, solo aquellos que me aman de verdad,
podrán
intuir la resurrección.
No sé
si podré, Señor,
quisiera
protegerme, rebajar tus exigencias,
quisiera,
en el fondo, no entregarme del todo.
Aquí
ya no se trata solo de «creer», sino de ceder, de entregarse
y, al
mismo tiempo, de masticarte, de tragarte, de comprenderte, de dejarse invadir.
Aquí ya no se trata solo de creer
sino
solo de callar y de abandonarse,
de ese
encuentro amoroso,
de esa
encarnación del Infinito aún aquí, hoy, en mí, en nosotros.
Aquí
ya no se trata de creer, sino de lograr vivir gracias a Ti.
Quien come mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él
Y
luego solo quedará permanecer.
Tú en
mí y yo en ti.
Nada
más que esto.
Que
solo esto cuenta, al final.
Y tal
vez también al principio,
porque
solo este deseo de hospitalidad acogida,
solo
esta promesa de intimidad eterna
permite
encontrar la fuerza para no retroceder ante las fatigas de la vida.
La
cruz solo se atraviesa en nombre de esta promesa.
Solo el
miedo a no ser ya íntimo en Ti,
solo
el terror a no encontrarte ya en el corazón de mi alma,
solo
esto me impulsa a no retroceder ante el dolor, ante el rechazo,
ante
lo que intenta separarme de Ti.
Así
que, mientras tanto, cierro los ojos, respiro despacio, te imploro que entres.
Y
volveré a partir el pan y beberé del cáliz
solo
para descubrir cada vez más la intimidad contigo.
Solo
para hacerte cada vez más espacio.
Solo
para llegar a sentir que si Tú no permaneces en mí, yo no soy nada.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
No hay comentarios:
Publicar un comentario