sábado, 23 de mayo de 2026

Diálogo personal con el Pan de Vida - San Juan 6, 51-58 -.

Diálogo personal con el Pan de Vida - San Juan 6, 51-58 -

Yo soy el pan vivo que ha descendido del cielo

 

Y yo soy el hambriento y el sediento,

yo te suplico cada día migajas de vida,

yo soy constantemente devorado por mis deseos,

yo soy masa de tierra que clama por que la vida no siga acabándose,

yo estoy atado a Ti por la cadena de la necesidad,

yo no soy nada si Tú no te dejas comer.


Si alguien come de este pan, vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo

 

Comerte es masticar lo divino derrumbado en la debilidad de la carne,

tuyo el cuerpo rechazado, incomprendido, masacrado, crucificado,

comer este pan me da miedo,

es como dejar que Tú me comas,

como si la eternidad fuera un molino de dientes,

y, sin embargo, sé que la existencia entregada

es la única luz capaz de eternidad.

Permanece el escándalo,

la duda permanece,

que todo se juegue aquí,

que la carne sea protegida, la vida prolongada, los sentimientos custodiados,

que sea el sentido común el que dilate el futuro.

Tú, en cambio, pides ser masticado y tragado.


¿Cómo puede este darnos su carne para comer?

 

Tienen razón los judíos,

somos nosotros quienes debemos sacrificarnos, nosotros quienes debemos inmolarnos, nosotros quienes debemos sucumbir en nombre de una vida sacrificial

que tal vez no tenga nada que ver contigo,

pero que llena de orgullo nuestra ilusión de santidad.

Somos nosotros, desde siempre,

quienes debemos inmolarnos ante nuestra idea de Dios.

Nosotros, no Tú.

Los judíos tienen razón.

Nosotros podemos entregarnos a ti.

Un Dios que se entrega no solo es inútil,

sino que es la negación de esa caricatura de lo divino que llevamos dentro.

Si nos pides que te debemos masticar y comer,

estás matando aquello en lo que siempre hemos creído,

estás matando a lo que llamamos Dios.


En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Quien come mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día

 

Comerte es convertirme en ti. Esto me asusta.

Comer no es llenar un vacío, sino dejarse transfigurar, una transformación visceral: yo mismo en ti, atreverme a un nosotros entre Tú yo.

Y así temo que mi carne no aguante,

yo querría retener mi sangre y no derramarla,

no sé si podré, Señor,

no hay nada heroico en esto,

asimilarme en Ti significa desaparecer, atravesar la pasión, significa el rechazo, significa el escándalo, la incomprensión, el fracaso,

significa que solo unos pocos, solo aquellos que me aman de verdad,

podrán intuir la resurrección.

No sé si podré, Señor,

quisiera protegerme, rebajar tus exigencias,

quisiera, en el fondo, no entregarme del todo.

Aquí ya no se trata solo de «creer», sino de ceder, de entregarse

y, al mismo tiempo, de masticarte, de tragarte, de comprenderte, de dejarse invadir. Aquí ya no se trata solo de creer

sino solo de callar y de abandonarse,

de ese encuentro amoroso,

de esa encarnación del Infinito aún aquí, hoy, en mí, en nosotros.

Aquí ya no se trata de creer, sino de lograr vivir gracias a Ti.


Quien come mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él

 

Y luego solo quedará permanecer.

Tú en mí y yo en ti.

Nada más que esto.

Que solo esto cuenta, al final.

Y tal vez también al principio,

porque solo este deseo de hospitalidad acogida,

solo esta promesa de intimidad eterna

permite encontrar la fuerza para no retroceder ante las fatigas de la vida.

La cruz solo se atraviesa en nombre de esta promesa.

Solo el miedo a no ser ya íntimo en Ti,

solo el terror a no encontrarte ya en el corazón de mi alma,

solo esto me impulsa a no retroceder ante el dolor, ante el rechazo,

ante lo que intenta separarme de Ti.

Así que, mientras tanto, cierro los ojos, respiro despacio, te imploro que entres.

Y volveré a partir el pan y beberé del cáliz

solo para descubrir cada vez más la intimidad contigo.

Solo para hacerte cada vez más espacio.

Solo para llegar a sentir que si Tú no permaneces en mí, yo no soy nada.


 


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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