sábado, 23 de mayo de 2026

Recuerda todo el camino - San Juan 6, 51-58 -.

Recuerda todo el camino - San Juan 6, 51-58 -

Deja que las cosas canten.

 

Permite que la vida no se pierda en los límites de las explicaciones, no lo ocupes todo con el pensamiento; retírate ante el latido vital de la naturaleza, deja que los elementos inventen melodías inéditas.

 

Haz un paso hacia la escucha, no lo satures con tu presencia; recuerda que cada cosa es más de lo que parece.

 

Aprende que hay un canto enterrado bajo la sombra de las cosas y que incluso una piedra abandonada al borde del camino tiene un corazón que pide ser escuchado.

 

Escucha el mar, el viento y el último aliento del anciano que muere; aprende a seguir el llanto del niño, el vuelo de un pájaro, el aroma del atardecer.

 

El corazón enamorado escucha.

 

La hierba, el terrón de tierra, el descanso del animal. Y las estrellas. Todo canta.


No solo de pan vivimos, sino de esa palabra que sale de la boca enamorada de Dios y que se posa en el corazón de lo existente. Y espera. Espera a ser escuchada.

 

No solo de pan vive el hombre, transforma el tiempo en una ocasión para escuchar y hacer existir aquello que solo pide poder contar el beso de Dios que arde en el corazón.

 

Acaricia cada cosa con curiosa delicadeza, y espera.

 

«Recuerda todo el camino», de todo, nada es tan banal como para merecer el silencio, y no censures el dolor, impide que el tiempo lo arregle todo, escucha el ruido del desorden, el grito de las heridas y la muerte. Deja que hable incluso cuando quieras huir.

 

Rebélate, no permitas que el silencio te robe el discurrir de las lágrimas derramadas. Deja que el corazón se retuerza y se pierda. Respeta cada dolor, escucha su canto, lo necesitarás para descifrar los abismos de lo real.

 

Recuerda todo el camino por el desierto, no olvides el hambre, la sed, las serpientes venenosas y los escorpiones, ellos también cantan el beso divino, sin ellos el perfil del Señor estaría incompleto. Ilusorio. Patético.

 

Para recordarlo todo, para no tirar nada, para no creer que puedan existir instantes sin valor, debes aprender a enamorarte también de las partituras que no te son afines.

 

Se puede llorar de dolor, pero no se puede creer que haya instantes que no tengan la dignidad de ser escuchados. No le pidas a Dios que te libere del cansancio de vivir, pídele en cambio que agudice el oído del corazón.


Aprende el canto de las cosas enterrado bajo las apariencias, no tengas miedo de descubrir lo que hay en tu corazón. ¿De qué te sirve ese misterio en el fondo de tu pecho si no aceptas habitarlo?

 

Aprende el pentagrama de la creación y descubre que el pan que no canta ya está muerto; aprende a escuchar al Señor en el viento, en las abejas, en la noche, en el gorjeo, en un arroyo, en un silencio casi perfecto, en esta nada que se deja habitar. Lo que sale de la boca del Señor es un aliento incontenible y fantasioso, es el canto secreto de cada cosa.

 

Y luego escúchalo a Él, a Él que dice que es en la carne donde habita lo divino. No solo en las cosas, a lo que un corazón de poeta ya podía llegar, sino en esta carne que tantas veces nos apresuramos a considerar impura. En este cuerpo que a menudo no nos gusta, en esta nuestra historia tan ambigua y fatigosa. En esta carne que no nos concede paz.

 

Aprende a escuchar el sonido divino en el pan, busca el corazón del ser, descubre el Cielo en la Tierra, cree en el Cuerpo, de Cristo, de Dios y de cada hombre.

 

No solo el maná habla de Dios, no solo la Creación tan majestuosa y solemne, sino también esta pobre cosa que es el hombre.


Recuerda todo, no olvides nada, ni siquiera de ti mismo.

 

Recuerda todo el camino por el desierto, recuerda los pasos en falso, los errores y las humillaciones. Enseña a tus hijos a escuchar la vida vivida, el susurro de Dios no se conforma con el maná, ni siquiera con la hostia consagrada, sino que decide permanecer en cada hombre que se entrega al amor.

 

Aprende a inclinarte ante la custodia de Su presencia, que es el cuerpo que respira, que come, que hace el amor, que se esconde, que se arrastra, que herido muere.

 

Aprende a escuchar el susurro divino en los cuerpos de las personas con las que te cruzas; el hombre no vive solo de pan, sino de ese silencio misterioso que habita el secreto de cada vida.

 

Aprende a escuchar la nostalgia de lo divino en los silencios incómodos de los fracasados, en las palabras excesivas de quien reclama atención, en quien exige, en quien te desprecia o te insulta, en quien no logra amarte sin pretender la exclusividad.


No juzgues solo las apariencias, escucha el canto divino en esa necesidad de amor que te ha llevado a amar y a abandonar, escucha la necesidad de Dios en quien te ha herido. Escúchalo en los miedos del hombre que nunca se siente a la altura.

 

Escucha al hombre, escucha el cuerpo y la sangre. Escucha como escuchaba Jesús, escucha el hambre y la sed, escucha la necesidad de ser perdonado, escucha el miedo, escucha y haz espacio.

 

Crea espacios de silencio. Y nunca los llenes con palabras de condena.

 

Transforma tu cuerpo y tu sangre en un instrumento afinado.

 

Y haz cantar la historia de cada hombre, es la única manera de encontrar a Dios.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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