Recuerda todo el camino - San Juan 6, 51-58 -
Deja que las cosas canten.
Permite que la vida no se pierda en los límites de las
explicaciones, no lo ocupes todo con el pensamiento; retírate ante el latido
vital de la naturaleza, deja que los elementos inventen melodías inéditas.
Haz un paso hacia la escucha, no lo satures con tu
presencia; recuerda que cada cosa es más de lo que parece.
Aprende que hay un canto enterrado bajo la sombra de
las cosas y que incluso una piedra abandonada al borde del camino tiene un
corazón que pide ser escuchado.
Escucha el mar, el viento y el último aliento del
anciano que muere; aprende a seguir el llanto del niño, el vuelo de un pájaro,
el aroma del atardecer.
El corazón enamorado escucha.
La hierba, el terrón de tierra, el descanso del
animal. Y las estrellas. Todo canta.
No solo de pan vivimos, sino de esa palabra que sale de la boca enamorada de Dios y que se posa en el corazón de lo existente. Y espera. Espera a ser escuchada.
No solo de pan vive el hombre, transforma el tiempo en
una ocasión para escuchar y hacer existir aquello que solo pide poder contar el
beso de Dios que arde en el corazón.
Acaricia cada cosa con curiosa delicadeza, y espera.
«Recuerda
todo el camino», de todo, nada es tan banal como para merecer el
silencio, y no censures el dolor, impide que el tiempo lo arregle todo, escucha
el ruido del desorden, el grito de las heridas y la muerte. Deja que hable
incluso cuando quieras huir.
Rebélate, no permitas que el silencio te robe el
discurrir de las lágrimas derramadas. Deja que el corazón se retuerza y se
pierda. Respeta cada dolor, escucha su canto, lo necesitarás para descifrar los
abismos de lo real.
Recuerda todo el camino por el desierto, no olvides el
hambre, la sed, las serpientes venenosas y los escorpiones, ellos también
cantan el beso divino, sin ellos el perfil del Señor estaría incompleto.
Ilusorio. Patético.
Para recordarlo todo, para no tirar nada, para no
creer que puedan existir instantes sin valor, debes aprender a enamorarte
también de las partituras que no te son afines.
Se puede llorar de dolor, pero no se puede creer que
haya instantes que no tengan la dignidad de ser escuchados. No le pidas a Dios
que te libere del cansancio de vivir, pídele en cambio que agudice el oído del
corazón.
Aprende el canto de las cosas enterrado bajo las apariencias, no tengas miedo de descubrir lo que hay en tu corazón. ¿De qué te sirve ese misterio en el fondo de tu pecho si no aceptas habitarlo?
Aprende el pentagrama de la creación y descubre que el
pan que no canta ya está muerto; aprende a escuchar al Señor en el viento, en
las abejas, en la noche, en el gorjeo, en un arroyo, en un silencio casi
perfecto, en esta nada que se deja habitar. Lo que sale de la boca del Señor es
un aliento incontenible y fantasioso, es el canto secreto de cada cosa.
Y luego escúchalo a Él, a Él que dice que es en la carne
donde habita lo divino. No solo en las cosas, a lo que un corazón de poeta ya
podía llegar, sino en esta carne que tantas veces nos apresuramos a considerar
impura. En este cuerpo que a menudo no nos gusta, en esta nuestra historia tan
ambigua y fatigosa. En esta carne que no nos concede paz.
Aprende a escuchar el sonido divino en el pan, busca
el corazón del ser, descubre el Cielo en la Tierra, cree en el Cuerpo, de
Cristo, de Dios y de cada hombre.
No solo el maná habla de Dios, no solo la Creación tan
majestuosa y solemne, sino también esta pobre cosa que es el hombre.
Recuerda todo, no olvides nada, ni siquiera de ti mismo.
Recuerda todo el camino por el desierto, recuerda los
pasos en falso, los errores y las humillaciones. Enseña a tus hijos a escuchar
la vida vivida, el susurro de Dios no se conforma con el maná, ni siquiera con
la hostia consagrada, sino que decide permanecer en cada hombre que se entrega
al amor.
Aprende a inclinarte ante la custodia de Su presencia,
que es el cuerpo que respira, que come, que hace el amor, que se esconde, que
se arrastra, que herido muere.
Aprende a escuchar el susurro divino en los cuerpos de
las personas con las que te cruzas; el hombre no vive solo de pan, sino de ese
silencio misterioso que habita el secreto de cada vida.
Aprende a escuchar la nostalgia de lo divino en los
silencios incómodos de los fracasados, en las palabras excesivas de quien
reclama atención, en quien exige, en quien te desprecia o te insulta, en quien
no logra amarte sin pretender la exclusividad.
No juzgues solo las apariencias, escucha el canto divino en esa necesidad de amor que te ha llevado a amar y a abandonar, escucha la necesidad de Dios en quien te ha herido. Escúchalo en los miedos del hombre que nunca se siente a la altura.
Escucha al hombre, escucha el cuerpo y la sangre.
Escucha como escuchaba Jesús, escucha el hambre y la sed, escucha la necesidad
de ser perdonado, escucha el miedo, escucha y haz espacio.
Crea espacios de silencio. Y nunca los llenes con
palabras de condena.
Transforma tu cuerpo y tu sangre en un instrumento
afinado.
Y haz cantar la historia de cada hombre, es la única
manera de encontrar a Dios.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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