Creer en Jesús es comer a Jesús - San Juan 6, 51-58 -
Hacemos memoria del cuerpo y la sangre del Señor, es
decir, del cuerpo entregado de
Jesús por la vida de los hombres.
Las palabras de Jesús: «Yo soy el pan vivo, bajado del
cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6,51) señalan
ante todo a Jesús como aquel que revela al Padre y que da vida al mundo con su
propia vida, con la interpretación de la vida humana que Él mostró en su
existencia concreta.
El «comerme» (cf. Jn 6,57), el «comer
mi carne y beber mi sangre» (cf. Jn 6,53.54.56) remiten al discípulo a
la operación espiritual de asimilar en su propia vida la vida de Cristo.
De esta operación forma parte la fe, el creer; forma parte la escucha de la palabra de las Escrituras; forma parte la praxis, el hacer
concretamente la voluntad del Padre. No forma parte de ella únicamente la
ingestión eucarística. La vida humana
de Jesús (su carne y su sangre), tal y como se atestigua en los Evangelios,
es el alimento del que todo creyente está llamado a nutrirse para que la vida
de Jesús viva concretamente en él.
Pero el pasaje evangélico tiene mucho que decirnos
también en referencia al misterio eucarístico.
«Quien me come, también él vivirá por mí»:
así reza literalmente la segunda parte del versículo 57 de Jn 6. El texto, que
forma parte de la sección «eucarística» (6,51c-58) del discurso
sobre el pan de vida (6,26-71), es realista hasta la dureza. ¿Cómo entender
esta «dureza» eucarística?
El realismo eucarístico se ha centrado en la presencia
real de Cristo en lo que se come, mientras que ha desmaterializado el «alimento»
que se come y ha des-corporeizado el acto de comer.
Yo creo que nuestra expresión requeriría más bien, en primer lugar, una reflexión sobre el acto de comer, sobre el sentido simbólico y antropológico de comer.
Porque en la
Eucaristía es el propio cuerpo de Cristo el que, en su plenitud como fuente de
gracia, viene a nosotros; y no es a través de un contacto más o menos
superficial y efímero, sino a través de la forma más íntima y duradera posible:
la asimilación de un alimento.
Y esa asimilación se realiza «masticando». Que es la
actividad esencial en el acto de comer y que implica la transformación de los
alimentos mediante la destrucción de las formas sólidas para hacerlos digeribles
y asimilables.
Por eso, creo, hay que subrayar el realismo del texto
y hacerlo elocuente hoy, reaccionando también ante esa tendencia verificada que
ha espiritualizado el pan eucarístico reduciéndolo a una hostia extremadamente
delgada que no debía masticarse, ni ser tocada por los dientes del comulgante
ni recibida en sus manos, y que ha omitido la comunión al cáliz, el beber ese
vino, símbolo de la sangre de Cristo, que Jesús, según los relatos de Mateo y
Marcos sobre la institución de la Eucaristía, había pedido que «todos» bebieran
(Mt 26,27; Mc 14,23).
Para el hombre, comer es un acto primordial. El acto
de comer remite a la actividad cultural del hombre: implica el trabajo, la
preparación de la comida, la sociabilidad, la convivencia. De hecho, el hombre
come junto con otros y el comer está vinculado a una mesa, lugar primordial de
creación de amistad, fraternidad, alianza y sociedad. En la mesa no solo se
comparte la comida, sino que también se intercambian palabras y conversaciones,
alimentando así las relaciones, es decir, aquello que da sentido a la vida
sustentada por la comida.
Comer es un símbolo
antropológico de singular significado que capta al ser humano en sus
profundidades más íntimas y ocultas y lo sitúa en el vínculo con la tierra, con
el cosmos, con la polis, con la sociedad, con el mundo.
Si pasamos del plano antropológico al teológico, lo podemos hacer con la misma palabra de Jesús: «Como el Padre, que está vivo, me ha enviado y yo vivo gracias al Padre, así también el que me come, vivirá él también gracias a mí».
El «comerme» se sitúa en una línea de
continuidad con el envío del Hijo por parte del Padre: es el acto extremo al
que llega la obediencia del Hijo hacia el Padre, es el resultado último de la
misión recibida del Padre, es el culmen del acontecimiento trinitario de la
revelación y la comunicación divinas al hombre.
Desde el plano antropológico del «que come» ascendemos así
al plano teológico del «yo» que se entrega como alimento al
hombre. El «comerme» es, pues, la expresión más radical del amor de Cristo y de Dios por la
humanidad.
Lo fundamental en este «comer» es, por tanto, el
don que lo origina: este «alimento», de hecho, no proviene del
hombre, sino que brota del amor de Dios por el hombre y tiende a la
comunicación del amor en el que consiste la verdadera vida.
Según el discurso sobre el pan de vida, Jesús es el
pan de vida en un doble sentido: en cuanto Palabra de Dios hecha carne, Lógos
que revela perfectamente al Padre, y en cuanto alimento y bebida eucarísticos.
Esto significa que el «comerme» no puede separarse, desde
el punto de vista del «que come», del «venir a Jesús»
(6,35.37.44.45), es decir, del «creer en Él» (6,29.36.40.47).
El paralelismo entre creer y comer
es significativo: «Esta es la voluntad
de mi Padre: que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo
lo resucitaré en el último día» (6,40); «El que cree tiene vida eterna»
(6,47); «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré en el último día» (6,54) ; «El que come este pan vivirá para
siempre» (6,58).
Al creer y al comer podríamos añadir el escuchar y el acoger la palabra de vida, la palabra en la que está la vida (1,4), que permiten a los creyentes ser engendrados a una vida nueva, a hijos de Dios (1,12-13).
Dirá Jesús: «Quien escucha mi palabra… tiene vida eterna»
(5,24). De este modo, la frase «Quien me come, también él vivirá por mí»
(6,57) expresa no solo el culmen de la entrega y la comunicación de Dios al
hombre en Cristo, sino también el momento más completo y realista de la comunicación
del hombre con Dios a través de Cristo.
La vida
eterna prometida a quien asimila la vida de Cristo (cf. Jn 6,51.54.58),
en realidad ya comienza aquí y ahora para el creyente. Se trata de integrar la
muerte en la vida haciendo de la vida un acto de entrega de sí mismo, un acto de amor siguiendo las
huellas de Jesús (cf. Jn 13,34).
Como acto de amor es aquel por el que Jesús se entrega
como alimento y bebida a los hombres. Como acto de amor es la muerte de Jesús,
amor que está en el origen de la resurrección y de la promesa de la vida para
siempre con el Señor en el Reino. La vida de Dios y la vida del hombre se
encuentran en el amor, en el ágape, alimento que
verdaderamente nutre al hombre y realidad que constituye la vida de Dios:
«Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). La
Eucaristía es el sacramento de la caridad, del ágape, en el que el don de Dios a los hombres es la
narración plena de su amor por ellos y la fuente de que se amen unos a otros
como Cristo los amó.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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