El único pan que sacia - San Juan 6, 51-58 -
El Señor Jesús nos desafía.
No baja la cabeza resignado, no utiliza palabras
edulcoradas, no se rinde ante la situación.
Amargado por la reacción de la multitud a la que había
saciado y que no había entendido nada del significado del signo que había realizado, el Maestro inicia una
discusión con la gente que se le ha acercado.
Ha hablado con el estómago lleno, ha invitado a buscar
el único pan que sacia, ha respondido golpe a golpe a las objeciones de las
personas que, en el fondo, solo querían comer gratis, y desde luego no
convertirse.
El Señor sube la apuesta en lo que será el
enfrentamiento más duro con sus discípulos. Decisivo y definitivo.
No acepta medias tintas, no hace concesiones, ni mucho
menos. Va al grano porque está en juego la vida eterna, es decir, la vida del
Eterno.
Han puesto en duda la señal, han pedido otras, se han
burlado de su pretensión de ser más grande que Moisés. Ni hablar de maná.
El único pan que sacia, afirma, es Él. Jesús.
Confiar en Jesús, seguir sus palabras, creer en el rostro de Dios que nos revela, nos permite participar de la vida misma de Dios.
Para acceder a Dios, dice el Señor, debemos
alimentarnos de Él, de sus palabras, de su enseñanza.
Decidir convertirnos en discípulos significa tomar a
Jesús como modelo, como fuente de inspiración. Nuestro pensamiento, diría San
Pablo, se convierte en el pensamiento de Cristo.
Vemos el mundo, a los demás, a nosotros mismos, a
Dios, tal y como lo ve Cristo. Nos fascina su forma de ser, su clave de
interpretación de la vida es convincente y, al final, nuestro corazón se abre
de par en par a la verdad en su totalidad.
Frecuentar al Señor, escucharlo, rezarle, meditar sus
palabras, cambia inexorablemente nuestra forma de ser. Jesús se convierte en el
pan de cada día y lo hace para que el mundo tenga vida.
Dios es el alimento del mundo, es quien puede
llevarnos a un nivel de comprensión de la realidad inesperado y abrirnos de par
en par al compartir.
Al hacerse alimento, al nutrir nuestra alma, Dios nos da la vida y esta vida nos ayuda a resolver las grandes cuestiones sin resolver del mundo. Muchas de estas cuestiones —la pobreza, el hambre, la violencia, la guerra— nos corresponde a nosotros afrontarlas sin esperar a que sea Dios quien nos suene la nariz.
No solo nos alimentamos de sus ideas, de sus palabras, sino incluso de él mismo, de su cuerpo.
Es una reflexión delicada y audaz, que puso en crisis
a la audiencia y a los discípulos.
Jesús nos pide que nos alimentemos de Él, que comamos
su carne. ¿Estamos llamados a convertirnos en caníbales?
Con el término carne,
en Israel, se entiende la plenitud de la persona, incluida la fragilidad, el
cansancio, lo que nos inquieta. Ya no se trata solo de alimentarse de la
Palabra, de la doctrina del Maestro, sino de asumirlo en su totalidad. También
en su aspecto humano, efímero, poco llamativo, banal.
¿No es absurdo que estemos aquí hablando de un judío
marginal que vivió hace dos mil años y se perdió en la niebla de la Historia?
¿No es insignificante y marginal comparado con el caos que atenaza al mundo?
¿No deberíamos, hoy que ya no se nos aplaude como cristianos, asumir esta carne frágil que es
Cristo hoy?
La sangre indica el principio vital de los seres, lo
que los mantiene con vida (de hecho, los judíos aún hoy comen solo carne de
animales muertos por desangramiento).
Jesús pide que asumamos su esencia, que es la relación
con el Padre.
Comer de Él significa volverse como Él, «cristificarse»,
asumir la perspectiva del Maestro.
Darnos cuenta de que lo que nos da vida, lo que nos
mantiene vivos, es lo que daba vida y mantenía vivo al Señor: su relación
íntima con el Padre.
Esto es lo que el Señor pide a la multitud que le
sigue, que se ha alimentado y que ahora está invitada a atreverse más, a elegir
a Cristo. Pero la comunidad cristiana ha profundizado aún más en el significado
de este intenso discurso.
A nosotros, hoy, todo nos parece demasiado claro:
Jesús parte del pan repartido para hablar de otro pan que Él dará y que es su
carne para comer y permanecer en Él. ¿Cómo no pensar en la Última Cena? ¿Cómo
no sentir resonar en estas palabras el «haced esto en memoria mía» pronunciado
por el Maestro antes de ser asesinado?
Jesús habla de este don sencillo y tremendo, gozoso y durísimo, que nos obliga a la fe, que nos desarraigamos de las costumbres, que es la Eucaristía.
Cada Domingo nos reunimos para repetir la cena, un
gesto de cálido afecto y de obediencia al Maestro; cada Domingo nos alimentamos
del pan de la Palabra y del pan eucarístico; guardamos este pan en nuestras Iglesias
para nuestros enfermos, para señalar una Presencia en el caos anónimo de
nuestras ciudades.
Estamos aquí por esto, por esto nos reunimos, porque
tenemos hambre, porque tenemos una necesidad urgente de saciar el corazón, de
iluminar el camino, de creer, por fin, sin ambigüedades, sin reticencias. Creer
con todo el corazón y con toda el alma.
Jesús desvela un misterio: no solo alimentarnos de Él
nos nutre el corazón, no solo nos da la vida verdadera, la vida eterna, sino
que alimentarnos de Él con conciencia nos lleva a vivir para Él.
Lo veo en mi vida: cuanto más me acerco al Evangelio y
al Maestro Jesús, más me fascina, más me enamoro de Él, más aprendo a conocerme
a mí mismo y a los demás.
Por eso San Pablo puede decir que el encuentro con el
Maestro te cambia la vida, te cambia por dentro. Que ya no haces las cosas de
antes, por elección, con alegría, por solidaridad ética, sino por una
conversión profunda que comienza con el encuentro con Cristo y que dura toda la
vida, tratando de comprender cuál es la voluntad (siempre luminosa) de Dios
para mí.
Por ejemplo el libro de los Proverbios nos invita al
banquete de Dios, a comer juntos adquiriendo sabiduría, adquiriendo
inteligencia, la inteligencia que nos permite leer nuestra vida con la mirada
de Dios.
Fin del discurso, fin de la provocación.
Jesús dijo algo inesperado, una locura, algo
extraordinario.
No seguimos una filosofía, una tradición, una
religión.
Seguimos a un hombre al que proclamamos revelador del
Padre, narrador de Dios, el definitivo sí
de Dios a la humanidad.
Alimentarse de Cristo, acogerlo
en toda su humanidad y su divinidad, en toda su pretensión de ser el Hijo de
Dios, cambia la vida.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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