La fuerza de lo débil y la grandeza de la fragilidad
El 13 de abril de este año 2026, el Papa León XIV,
durante la homilía pronunciada en la Basílica de Nuestra Señora de África en
Argel, afirmaba, entre otras cosas:
«Pienso
en particular en los diecinueve religiosos y religiosas mártires de Argelia,
que decidieron permanecer al lado de este pueblo en sus alegrías y en sus
penas. Su sangre es una semilla viva que nunca deja de dar fruto» .
Entre estos diecinueve mártires se encuentran los
siete monjes trapenses de Tibhirine, de cuyo sacrificio se conmemora el 21 de
mayo de 2026 el trigésimo aniversario.
En 2010 se estrenó la película «De dioses y hombres», del
director Xavier Beauvois, galardonada en el Festival de Cannes, que recorre de
manera admirablemente bella su historia.
El libro “La esperanza invencible” recoge
algunos de los escritos y pensamientos del Padre Christian de Chergé, prior del
monasterio trapense de Notre Dame de el Atlas en Tibhirine.
Su testamento espiritual - https://www.berriona.com/assets/adjuntos-noticias/449/Testamento%20espiritual%20del%20padre%20Christian-Marie%20Cherg%C3%A9.pdf
- fue redactado en diciembre de 1993, dos años antes de su martirio.
Christian de Chergé había nacido en Colmar, Francia, en 1937, fue ordenado presbítero en 1964, ingresó en la Orden Cisterciense en 1969 y, en 1971, fue enviado a Argelia, al monasterio de Tibhirine.
Fue secuestrado, junto con otros seis monjes, en la
noche del 25 al 26 de marzo de 1996; sus cabezas fueron halladas el 30 de mayo,
mientras que sus cuerpos nunca se encontraron.
Los funerales se celebraron en la Basílica de Nuestra
Señora de África, en Argel, el 2 de junio, junto con los del Cardenal
Léon-Étienne Duval (1903-1996).
El 8 de diciembre de 2018, los siete monjes mártires
fueron proclamados Beatos en el Santuario de Nuestra Señora de Santa Cruz, en
Orán, Argelia.
En la homilía de la Misa de Nochebuena de 1995 (cinco
meses antes de su muerte), el Padre Christian de Chergé comenzaba señalando que
no se sentía ni orgulloso ni tranquilo aquella noche, pero que se había dado
una señal, una esperanza, una garantía: Dios con nosotros.
La señal de la gloria de Dios y de la paz posible
ofrecida a los hombres es única: es un niño, un recién nacido.
Sabemos —añadía— que Dios ha hablado a los hombres, en el libro de los libros. Pero no todos sabemos leer bien. Se puede pasar junto a la Palabra de Dios sin escucharla. También se puede pasar junto al Hijo de Dios sin verlo. Dejemos que este niño nos ofrezca su mensaje en tres palabras: Gloria, Paz, Amor.
¡Gloria! Pertenece solo a Dios. Y he aquí que se proclama
sobre la cuna de un recién nacido. Dejar que Dios sea Dios donde el hombre
nunca iría a buscarlo, donde no habría podido imaginarlo. No hay otro Dios que
este Dios que ya no sabe cómo revelarnos su amor invencible.
¡Paz! ¿Y cómo? Es un signo desarmado: desnudo, sobre la
paja, indefenso, expuesto, dependiente. Podemos reconocer en él a todos
aquellos que avanzan con las manos desnudas en la vida, incluso ante los
asesinos ocultos en la sombra. Dios está desarmado también ante nosotros. Y es
un signo desarmador porque ante un niño se deponen las armas e incluso las
amenazas. Nadie puede, en nombre de Dios, tomar en sus manos armas que matan a
los hombres.
¡Amor! Es la palabra que lo aclara todo. No hay otros signos
de Dios o en Dios que no sean signos de amor. El niño nos habla de amor, exige
amor y da amor. El niño es el signo de que «Dios es amor» y de que también el
hombre, a su imagen, es amor. A ese Niño nos tocará seguirlo, con la mirada,
con el oído. Tiene algo que mostrarnos, que decirnos, que revelarnos. ¿Qué? Lo
que somos: creados para la gloria de Dios y para ser artesanos de la paz en la
tierra.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

No hay comentarios:
Publicar un comentario