lunes, 11 de mayo de 2026

Me gustaría aprender a creer.

Me gustaría aprender a creer

Trato de completar en esta reflexión aquello que decía en “Qué Dios” (https://kristaualternatiba.blogspot.com/2026/04/que-dios.html).

 

Desde Friedrich Nietzsche en adelante, hay quien habla de la muerte de Dios.

 

Es más, a decir verdad, hoy ni siquiera se habla de ello, porque el tema de Dios deja indiferentes incluso a no pocos que acuden a las Iglesias repitiendo los discursos convencionales.

 

O bien se debate sobre ello para desacreditar a Dios porque no resuelve la guerra, no elimina los dolores y las derrotas del mundo: es débil, impotente, por lo tanto inútil e incluso perjudicial.

 

Pero en todo esto, ¿qué tiene que ver Dietrich Bonhoeffer, el teólogo y pastor luterano que vivió en Alemania en los momentos más oscuros del siglo XX?

 

Dios no ha desaparecido del horizonte, sostiene él, pero es diferente del Dios del cristianismo tradicional, el de la religión, que es una forma histórica de la fe, donde Dios queda reducido a un tapagujeros, un Deus ex machina, que interviene cuando el hombre es incapaz de afrontar la realidad.

 

Él propone un cristianismo no religioso «como si Dios no existiera», que sepa leer e interpretar la Biblia con categorías nuevas, situando a Dios en el centro de la existencia y, al mismo tiempo, tomándose en serio lo profano de la realidad con los instrumentos intelectuales, históricos y existenciales que poseemos, en la gran fidelidad a la tierra.

 

«El hombre se ha hecho adulto» y ya no necesita un biberón consolador, no hay necesidad de un Dios como tutor de lo que no está resuelto.


 

Jesús no vino para eso.

 

Él mismo «se deja crucificar por nosotros» para invitar a «los suyos» a «vivir en plenitud el más allá», que es «hacer la verdad», no una especulación académica, sino esa verdad que hace libres (cf. Jn 8,22).

 

Esta es la condición de la identidad cristiana: vivir en la profanidad de la vida dentro de la historia, renunciando a huidas pseudo-religiosas como aquel que, por miedo, esconde el talento bajo tierra.

 

De aquí nace, para Dietrich Bonhoeffer, la «obligación» de sumergirse en la trágica realidad de su tiempo, como Jesús, «el hombre para los demás», que vive con los hombres, que muere por los hombres.

 

Así, en el Antiguo Testamento, se capta el carácter de lo terreno, las pasiones, la carne, las batallas, las victorias, los sufrimientos de Job y el erotismo del Cantar de los Cantares,…, una humanidad auténtica y verdadera.

 

De una teología que aplastaba al hombre mediante su omnipotencia, se puede llegar a una teología que hace del hombre un colaborador de la creación y de la redención: se trata de la nueva alianza por medio de Jesús en la unión entre el hombre y Dios.

 

A Dios solo se le reconoce a partir de ese vuelco de la vida que Jesús trajo en su libertad incondicional de su ser-para-los-otros.

 

Así, el hombre en el seguimiento de Jesús ya no es «en sí mismo y para sí mismo, sino que vive para los demás».

 

Y es la «vida para los demás» lo que impulsa a Dietrich Bonhoeffer a la acción dentro de la «situación» concreta de la conspiración (que fracasó) contra Adolf Hitler.

 

Es aquí, en el recurso a la violencia en el ámbito político, donde el teólogo elabora una ética «en situación»: no principios universales, sino una teología encarnada en un contexto preciso.

 

«Me gustaría aprender a creer». Así respondía el teólogo y pastor a un amigo que le preguntaba qué quería hacer con su vida.

 

En él, el compromiso de aprender a creer nunca se interrumpió: el Evangelio que hay que buscar siempre de nuevo, el don por el que hay que orar siempre, la puerta a la que hay que llamar siempre, la acción que hay que atreverse a realizar siempre, en la «obediencia de la fe». 



P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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