La Trinidad es amor - San Juan 3, 16-18 -
Los términos que Jesús elige para hablar de la Trinidad son nombres familiares, de cariño: Padre e Hijo, nombres que abrazan, que se abrazan. Espíritu es un nombre que evoca el aliento: toda vida vuelve a respirar cuando se siente acogida, cuidada, abrazada. Al principio de todo hay una relación; al principio, el vínculo.
Y si estamos hechos a su imagen y semejanza, entonces
la historia de Dios es al mismo tiempo la historia del hombre, y el dogma no
queda en una fría doctrina, sino que me aporta toda una sabiduría de vivir.
El corazón de Dios y del hombre es la relación: por
eso la soledad me pesa y me da miedo, porque va en contra de mi naturaleza. Por
eso, cuando amo o encuentro la amistad, me siento tan bien, porque entonces
vuelvo a ser a imagen de la Trinidad.
En la Trinidad se encuentra el espejo de lo más
profundo de nuestro corazón y del sentido último del universo. En el principio
y en el fin, origen y culmen de lo humano y de lo divino, está el vínculo de la
comunión.
Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo... En estas palabras Juan resume el porqué último de la
encarnación, de la cruz, de la salvación: nos asegura que Dios, en la
eternidad, no hace otra cosa que considerar a cada hombre y a cada mujer más
importantes que a sí mismo. Dios amó tanto... Y nosotros,
creados a su imagen y semejanza, «necesitamos mucho amor para vivir bien»
- Jacques Maritain -.
Hasta el punto de dar a su Hijo…: en el Evangelio, el verbo amar se traduce siempre
por otro verbo concreto, práctico, fuerte, el verbo dar - no
hay amor más grande que dar la propia vida...-. Amar no es un hecho
sentimental, no equivale a emocionarse o a conmoverse, sino a dar, un verbo de
manos y de gestos.
Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino
para que el mundo se salvara.
Salvado del único gran pecado: la falta de amor. Jesús es el sanador del
desamor.
Lo que explica toda la historia de Jesús, lo que
justifica la cruz y la Pascua no es el pecado del hombre, sino el amor por el
hombre; no algo que quitar de nuestra vida, sino algo que añadir: para que todo
aquel que cree tenga más vida.
Dios amó tanto al mundo... Y no solo a los hombres, sino al mundo entero, tierra
y cosechas, plantas y animales. Y si Él lo ha amado, yo también quiero amarlo,
custodiarlo y cultivarlo, con toda su riqueza y belleza, y trabajar para que la
vida florezca en todas sus formas, y cuente a Dios como fragmento de su
Palabra. El mundo es el gran jardín de Dios y nosotros somos sus pequeños
«jardineros planetarios».
Ante la Trinidad, me siento pequeño pero abrazado,
como un niño: abrazado por un viento en el que navega toda la creación y que se
llama amor.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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