Si quieres, puedes vivir de mí - San Juan 6, 51-58 -
«Acuérdate del camino» (Deuteronomio 8, 2). ¡Acuérdate! Porque el olvido es la raíz de todos los males.
Acuérdate
del desierto y de la montaña, del viento de las pistas, de la belleza del alma
cansada por el llamado de cosas lejanas. Y luego del maná que cayó de repente,
cuando ya no lo esperabas. Acuérdate de tu desierto entre
escorpiones y serpientes, pero sobre todo del agua que llegó en forma de
respuesta, de un amor hermoso, de un amigo, de una música. De repente se
abrieron rendijas para decirte que no estás solo, que no estás perdido entre
las dunas del desierto.
Acuérdate
que Dios es agua y pan que se dirigen hacia tu hambre. Mi fuerza es saberme
buscado, con mi vida distraída y las respuestas que no doy; saberme deseado es
toda mi paz. Yo vivo de Dios. Recuerda
el camino: dialoga con la historia de tu vida, permanece en tu manantial
límpido.
El Evangelio tiene solo ocho versículos, y Jesús
repite ocho veces: «Quien coma mi carne vivirá para siempre». Casi un ritmo monótono,
una monotonía divina, al estilo de San Juan, que avanza por círculos
concéntricos y ascendentes, como una espiral; como una piedra que lanzas al
agua y ves los círculos de las ondas que se amplían cada vez más.
Es el discurso más disruptivo de Jesús: comed
mi carne y bebed mi sangre. Una invitación que desconcierta a amigos y
adversarios, y Él, que obstinadamente reitera, ocho veces, como en ocho
círculos, la motivación, cada vez más clara y directa: para vivir, simplemente vivir,
para vivir de verdad.
Una cosa es vivir, otra es dejarse vivir. Es la
convicción apremiante de Jesús de poseer algo que cambia la dirección y la
calidad de la vida. Es el don de Dios. El don de Dios es Dios que se entrega:
se entrega y se pierde dentro de sus criaturas como la levadura dentro del pan,
como el pan dentro del cuerpo.
«Carne, sangre, pan del cielo»
indican la totalidad de su historia humana y divina, sus manos de carpintero
con el aroma de la madera, sus lágrimas, sus pasiones, el polvo de los caminos,
la casa que se llena de aroma, la piedra que rueda. Y Dios en cada fibra. Un
pedazo de Dios en mí para que yo salve un pedacito de Dios en el mundo.
Su invitación apremiante significa: come
y bebe cada gota y cada fibra de mí. Vive de mí. Toma
mi vida como medida elevada del vivir, como levadura de tu pan, semilla de tu
campo, sangre de tus venas, entonces sabrás lo que es vivir de verdad.
Comer y beber a Cristo significa más que «hacer
la comunión» eucarística, es «hacerme comunión con Él». El Verbo
se hizo carne para que la carne se hiciera Espíritu. El Eterno busca nuestra
migaja de cielo tantas veces golpeada; para luego devolvérnosla, luminosa y
serena.
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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