Una nueva anunciación: el Espíritu Santo viene sobre nosotros
Cuando el
día de Pentecostés estaba a punto de terminar…
Esta sola frase es ya de por sí un auténtico tratado
de teología. La anotación cronológica que San Lucas recoge en los Hechos de los
Apóstoles es casi una clave de interpretación, un criterio que debemos tener en
cuenta de ahora en adelante para comprender la forma en que Dios actúa.
De hecho, precisamente cuando todo parece llevar los
signos evidentes del fin, ese es el momento en que Dios interviene.
Cuando el día llega a su fin y todo parece
definitivamente archivado, entonces Dios se hace presente infundiendo un nuevo
soplo de vida y poniendo las cosas en marcha según un nuevo orden.
Es cierto: Dios abre un camino donde parece que no lo
hay, da inicio donde todo parecería concluido.
Páginas y páginas de la Antigua Alianza ya habían
narrado cómo Él había abierto un camino en el desierto, había partido el mar,
había dado fecundidad a quienes no habían disfrutado de descendencia.
Y luego había hecho madre a una virgen.
Siempre imprevisible su acción, impensable su gracia, inimaginable su amor. Cuando el hombre diría que «es imposible», entonces Dios tiene libertad de acción: Abraham parte a los setenta y cinco años, Moisés a los ochenta a pesar de su tartamudez, David cuando era solo un muchacho.
Si reflexionamos atentamente sobre la forma en que
Dios interviene en la historia, nos damos cuenta de cómo tiene predilección por
los momentos de estancamiento, intercepta los instantes en que las limitaciones
son más evidentes y asume las situaciones en las que la imposibilidad es
evidente.
Con toda razón podrá decirle al Apóstol San Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi poder se
manifiesta plenamente en tu debilidad».
Dios entra allí donde confesamos nuestra impotencia
sin cambiarla, sino haciéndola mediadora de su acción; habita en nuestras
limitaciones sin eliminarlas, entra en nuestro pecado sin interpretarlo ya como
un obstáculo, sino como una ocasión para una revelación más abundante de amor.
Mientras el
día de Pentecostés estaba a punto de terminar…
Dios lleva a cabo la nueva alianza ya no a través del
don de una Ley grabada en tablas de piedra, sino mediante su Espíritu, que se
derrama sobre todos, otorgando a cada uno la capacidad de comprender la lengua
del otro.
La acción del Espíritu se expresa maravillosamente a través de sus siete dones.
La sabiduría es la capacidad de saborear las cosas tal y como las
ve Dios, de modo que ilumine no solo las propias elecciones, sino también las
de los demás.
La inteligencia es la capacidad de no quedarse en la superficie, sino
de escudriñar la profundidad de cada cosa para descubrir la verdad que puede
guiar al hombre.
El consejo es el don que indica el camino correcto para
orientarse con seguridad hacia el Señor y, por eso, discierne todo con tal de
no perder ese camino.
La fortaleza nos da la certeza de que nadie está a merced de las
dificultades: Dios siempre da la fuerza para seguir adelante hasta el final, de
modo que se supere todo obstáculo, toda tentación e incluso toda persecución.
La ciencia ayuda a descubrir el porqué de las cosas: quien está
dotado de ella es capaz de no confundir a las criaturas con el Creador y, por
eso, sabe reconocer en el otro el rostro mismo del Señor.
El espíritu de piedad nace allí donde se tiene certeza del amor del Padre y
se expresa con gestos de ternura, de consuelo y de respeto hacia quienquiera
que esté en necesidad.
Quien
acoge el don del temor de Dios
sabe cuán preciosa es la presencia del Señor en su vida y por nada en el mundo
está dispuesto a regatearla.
Si en Babel, a pesar de hablar la misma lengua, se llegó a no entenderse ya, en Pentecostés se entiende a pesar de hablar lenguas diferentes. ¿Cómo es posible?
En Babel todos están dominados por una necesidad de
autoafirmación (hacerse un nombre),
en Pentecostés, en cambio, todos están preocupados por anunciar las grandes
obras de Dios (santificar el nombre
de Dios).
Se trata de dos obras siempre en marcha. Depende de
nosotros elegir en cuál de las dos trabajar: ¿en la de la propia afirmación a
toda costa o en la de quien se alegra de cooperar en la llegada del Reino de
Dios?
La primera elección es fuente de incomprensión y
división; la segunda, artífice de unidad.
¿Qué elijo?
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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