No apaguéis el Espíritu Santo
Betania, en Galilea, allí donde el Maestro había
desaparecido de la vista de los discípulos, parecía ser una especie de punto
final de la aventura terrenal y humana del Hijo de Dios.
Nadie podía imaginar lo que aún estaba por suceder, es
decir, que precisamente la humanidad del Hijo pudiera sentarse a la derecha de
Dios en los cielos y que los hombres se vieran investidos de una fuerza venida
de lo alto capaz de vencer las resistencias y los temores.
Ciertamente, el Maestro había dicho que era necesario
que Él se fuera, pues de lo contrario no vendría otro Consolador. Pero ¿cómo
podían llegar a conjeturar lo que la imaginación de Dios es capaz de realizar?
Al volver junto al Padre, Jesús no era como cuando
había descendido del Padre para estar entre nosotros.
Jesús lleva consigo a su esposa, nuestra humanidad,
aquella a la que ha unido para siempre a sí mismo mediante un vínculo que ni la
muerte ni la vida podrán romper jamás.
En el cielo, a su regreso, se ultiman los preparativos
para la fiesta de presentación de la recién llegada, la Mujer Humanidad. Y el
Padre —ya deberíamos saberlo— no puede sino estar entusiasmado. Ya se había
complacido cuando, en el bautismo de Juan, su Hijo amado no había rechazado
aquella extraña compañía de pecadores.
Puesto que conoce el esfuerzo que supone ser hombres
capaces de acoger el sueño de Dios sobre la historia, el Padre piensa en un
auténtico regalo de bodas: entrega su propio Espíritu a esta humanidad.
El hombre, por sí solo, no logra seguir los pasos de
Dios ni los latidos de su corazón. Lo confesamos con toda franqueza en la
Secuencia al Espíritu Santo: «sin tu
fuerza nada hay en el hombre».
En más de una ocasión, consciente de la fragilidad de
nuestras fuerzas, Jesús había reconocido: «por ahora no podéis soportar el peso». Otras veces había
hablado de la necesidad de alguien capaz de estar a nuestro lado, como quien
nos defiende y nos consuela y cuida. En otras ocasiones más, consciente de
nuestra falta de memoria, había hablado de la necesidad de alguien que mantuviera
viva nuestra memoria: «os recordará
las cosas que os he dicho».
La tarea del Espíritu Santo habría sido hacer que la Mujer Humanidad pudiera ser una esposa digna del Hijo de Dios, habría sido mantener a la comunidad cristiana siempre resplandeciente y digna de la confianza de Dios.
La tarea del Espíritu Santo sería asegurar la emoción
de los comienzos.
La tarea del Espíritu Santo sería asegurar la fantasía
propia de los niños, la capacidad de aventura y de iniciativa de los jóvenes.
La tarea del Espíritu Santo sería asegurar la
disposición a dejarse llevar por trayectorias aún no exploradas.
La tarea del Espíritu Santo sería asegurar las
intuiciones para no quedar atrapados en un pasado que mortifica y bloquea.
La tarea del Espíritu Santo es la fuerza para nuevos
comienzos, la disposición a no detenerse en la letra que mata.
La tarea del Espíritu Santo es no hacernos caer
víctimas de la rutina de quienes creen haberlo visto ya todo en la vida.
La tarea del Espíritu Santo es no hacernos perseguir
opciones que acaben por encerrarnos en una madriguera de protección.
Tarea del Espíritu Santo: no convertirnos en hombres y mujeres del arrepentimiento.
Tarea del Espíritu Santo: no hacernos vivir de
nostalgias, sino de esperanzas.
Tarea del Espíritu Santo: no hacernos caer en la red
de nuestros miedos.
Tarea del Espíritu Santo: la capacidad de amar
precisamente cuando todo aconsejaría preservarse.
Tarea del Espíritu Santo: la fuerza de esperar contra
toda esperanza.
Sí, la tarea del Espíritu Santo es hacernos reconocer
en los Viernes Santos de la historia los tímidos destellos de los amaneceres de
la resurrección.
Por eso, el Espíritu Santo está siempre actuando, sin
cesar, mucho más a menudo de lo que imaginamos.
Podría compararse con unas gafas: quien las lleva, ciertamente
no ve las lentes, pero a través de ellas logra enfocar la realidad tal y como
es.
Es solo gracias al Espíritu Santo que podemos creer,
esperar, amar, orar, volver a empezar, levantarnos. Es el Espíritu quien, día
tras día, moldea nuestra humanidad para que también sea digna de sentarse junto
al Padre, igual que el Hijo amado.
Para que esto suceda, solo se nos pide una cosa: no
apagar el Espíritu (cf. 1 Tesalonicenses 5, 19).
P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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